Nació en Coria del Río —como Bizcocho, como Ruiz Sosa, como Santiesteban, como Martínez de León el pintor, como el poeta Pineda Novo, como Pastora Soler, como el maestro Suárez Japón—. Y desde la orilla derecha del río grande llevó su forma de entender el fútbol —hombría, calidad y pasa el balón o el delantero— a todos los rincones que lo merecían.
Asentó sus reales botas de tacos en el barrio de Nervión, sobre el “verde césped del Sánchez Pizjuán”. Y mejor que nadie entendió lo que era el escudo del Sevilla Fútbol Club, “con el Rey don San Fernando en medio y dos santos al lado, con una raya roja, otra blanca, otra roja…”
Al primer equipo subió a futbolistas históricos del Sevilla como Francisco, Ramón, Jiménez, Rafa Paz… Porque él sabía que un equipo tenía que tener ganas de novillero. Y así, sin dárselas de nada, conformó el espíritu del equipo que conocemos hoy en día.
Servidor lo veía en los resúmenes de los partidos domingueros de Estadio Dos de la segunda cadena, las noches de los domingos.
Hoy no lo veríamos como entrenador de un club de primera división. Su figura oronda de pelotero antiguo, de Séneca de los campos embarrados junto a la banda, no es la que actualmente tienen los entrenadores, todos con traje y corbata o vestiditos de riguroso negro —¿luto?— con ropas modernas.
Manolo Cardo fue, quizás, el último entrenador clásico del fútbol español. Y lo disfrutó la ciudad de Sevilla, como no podía ser menos. Que hasta Silvio le dedicó uno de sus gritos de guerra cuando cantaba aquello de “Ay mi Sevilla, Club de Fútbol nada más… ¿Qué voy a hacer?”. Y es que “los domingos, cosa fina y vacilando yo…”
—“Manooolo Caaardo…”





