Rafael Peralta Pineda nació en la Puebla del Río y en la Puebla del Río ha partido para la los prados verdes de la gloria y la eternidad, rodeado de los suyos y seguido por dos caballos al paso: Famoso y Halcón. Su vida ha sido la marisma y el cabalgar libre, las aguas tibias y embarradas del Guadalquivir —que “con su Giralda de encajes copia temblando” el río— y una jaca elegante, que el mundo del toreo a caballo no se entiende sin el apellido Peralta ni el apellido Peralta se entiende si no es sobre un corcel de pura raza.
Junto a su hermano Ángel puso boca abajo el rejoneo en los años sesenta. Con él, con el jerezano Álvaro Domecq y con el portugués José Samuel Lupi formó el bien llamado “Cuarteto de los 4 Jinetes del Apoteosis”, y dieron valor a un arte que haba caído en el olvido, y en desgracia, una vez que el toreo se apeó de la montura campera y plantó las negras manoletinas en el albero de Alcalá.
Ayer, su gente le dio tierra en su tierra, enguacharná de leyendas y memorias. Días de calores tempraneras, de mediodías que encalman el alma y embotan la cabeza, que no son fechas de aguas, que no es tiempo de que en Sevilla huela a “salitre y espumas cuando el Guadalquivir huye por los aires” (Eva Díaz Pérez, dixit). Pero ahí queda la historia del sueño eterno de dar con la sangre perfecta del animal ideal, del toreo a caballo campero y la cría de equino, como Poseidón crió sus animales para que tiraran de su carro, como aquel que trajinó a los troyanos.
Rafael Peralta ha sido el Fernando Villalón del siglo XX en lo que amor a la naturaleza, al campo, y al caballo se refiere. Hoy que el mundo del toreo y el arte se visten de duelo, me he acordado de él y de sus cosas que parecen escritas para un día de negro luto como el de hoy. Que como el poeta de Morón, yo “no creo ni en el uno ni el dos”, que “el misterio del cero se apernacó a mis espaldas”, como a la del hombre que amaba a los caballos, y con él corro, “centauro de pena, por las calles concurridas”, que Rafael Peralta ya va abriéndose “paso entre las llagas que separan los pechos de las espaldas”.
La Puebla de Río —la de los Romeros, la de Morante, la de las carretas del Rocío, la de las marismas y los arrozales, aquella a la que “se fueron los moros que no se quisieron ir”, la de la Cañada de los Pájaros, la de Macarena del Río, la de Diego Ventura, la de las fiestas de San Sebastián, la de Nuestra Señora de Granada— está de luto riguroso y la verdad de los hombres cabales ondea a media asta. Su despedida ha sido de pañuelos blancos pidiendo la última vuelta al ruedo, de campanas tocando en el campanario, de ramos de flores, de coronas y de un ramillete de versos de su hijo Rafael, que revuelve las palabras con pergaña en las botas, el corazón traspasado por un lazo negro y el olor del río en los labios.
Pst: ¿Qué te digo, Rafael? Que estos son momentos cruciales en la vida de un hombre porque cuando a uno se le va el referente… solo queda seguir adelante con su memoria en el recuerdo. A partir de hoy, tu padre será, si es posible, aún más tu bandera meciéndose al compás de la mareíta de Sanlúcar. Un abrazo muy grande para ti y los tuyos, amigo.





