La cena de la vergüenza
Acabará su mandato y el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, se marchará sin cumplir con las expectativas que sobre él depositaron aquellos que no le conocían, como policías y guardias civiles que quisieron ver en el magistrado en excedencia y ex alcalde de Sevilla el aliado perfecto para solucionar algunas de las reivindicaciones de aquellos que están llamados a proteger nuestros derechos y libertades. Zoido sigue siendo aquel alcalde que exprimió como nadie el arte del abrazo, de las buenas palabras y de las promesas incumplidas. Le acompañaba, además, su aspecto de bonachón, simpático y accesible. Pero, al igual que le ocurriera en Sevilla, el efecto Zoido durará en el Ministerio una legislatura. Es el precio que los políticos deben pagar por no cumplir con sus promesas y/o mentir. Con los policías y guardias civiles el ministro Zoido tiene una promesa que cumplir: dignificar sus salarios y condiciones de trabajo. Se comprometió a ello al inicio de la legislatura y de momento lo único que hace es reunirse con ellos con la única finalidad conocida de hacerse la foto y colgarla en las redes sociales.
La verdadera dimensión de Juan Ignacio Zoido como ministro la estamos encontrando en el conflicto catalán. Al margen de las decisiones operativas adoptadas, que tiempo habrá de analizar cuando las cosas se calmen, si es que se calman alguna vez, en aquella comunidad autónoma, el tratamiento a los agentes de la autoridad desplazados a tierras catalanas es un despropósito mayúsculo, una sainete que lejos de dignificar a los policias y guardias civiles, los humilla. Los avergonzó metiéndolos, como sardinas en lata, en un buque pintado de dibujos animados que quiso ocultar montando unas gigantescas lonas para apartar de la vista lo que todo el mundo vio. El barco de Piolín se marchó y ahora otro buque, mucho más pequeño, aloja a nuestros policías y guardias civiles. Unos profesionales alejados de sus hogares desde hace meses que sufrieron, en la Nochebuena, el enésimo despropósito del Ministerio de Zoido: una pobre cena indigna de la noche más especial.
El ministro, de buen año, disfrutaría con toda seguridad de una cena digna del cargo que ostenta al calor de su hogar sevillano, de donde no se mueve de jueves a martes, en un alarde de ingeniería del escaqueo digna de todo elogio mientras aquellos a los que manda denunciaban en las redes sociales el rancho cuartelero que les sirvieron a modo de cena de Nochebuena. Al estilo Zoido, nuestro ministro pretende solucionar el asunto con una nueva reunión con los sindicatos policiales para hablar otra vez, sí, otra vez, de la equiparación de salarios y para anunciar la apertura de una información reservada que explique lo ocurrido con la polémica cena de Nochebuena.
Y ahí se quedará la cosa, en reuniones, palabras, fotos, muchas fotos, sonrisas y abrazos que se prolongarán hasta donde llegue la paciencia de Rajoy o la de aquellos que favorecieron una legislatura que, con tanto lio catalán, nos hemos olvidado de la debilidad de un gobierno en clara minoría.




