El jerezano del barrio de Santiago, con 71 años bien cumplidos pero siempre en forma, puso en pie al Maestranza. Y eso que la de anoche no fue su noche. Ni falta que hizo. Mercé es mucho Mercé y está acostumbrado a tirar de oficio, a aprovechar sus facultades naturales y a que el público, trufado de guiris o no, se le entregue sin reservas.
Con el ecuador de la Bienal ya bien sobrepasado, la propuesta Toquen a rebato vino a reivindicar “el flamenco de raíz”, en palabras del cantaor, que estuvo dialéctico a lo largo de toda su actuación y que agradeció la capacidad de su público de saber escuchar. “Saber escuchar es más difícil que cantar”, llegó a decir, porque Mercé, que fue alternando guitarristas, su propio cuadro de palmeros y contó con la colaboración de David el Gasolina a la percusión, no tenía mucha intención de mudarse de silla, sino que le sirvió siempre la misma para alternar los palos de siempre y que mejor se le dan.
Después de subrayarse a sí mismo, agradecido, como Hijo Predilecto de Andalucía, arrancó sin tapujos con una malagueña de Enrique El Mellizo, aquel matarife de Cádiz que murió hace ahora 120 años, cuando el flamenco ni siquiera había terminado de configurarse como tal aunque ya hubiera cincelado los palos que venía anoche a defender, como la soleá, “que es la madre de todos los cantes” o la seguiriya, “que es el padre”, sentenció Merced. Sin embargo, fue mucho palo esa primera malagueña para arrancar el concierto, porque José no tenía aún la voz al cien por cien, como tampoco la tuvo en las bulerías por soleá para la que salió ya su cuadro habitual de palmeros.
Lo acompañaba hasta entonces uno de los “chiquillos” de la sonanta que él conoce tan bien desde pequeño en la peña flamenca que lleva su nombre en Chipiona, Manuel Cerpa, que de chiquillo tiene solo la edad, 23 añitos, aunque Mercé los llamó así a todos por el cariño que les profesa, también a José del Tomate, el hijo del gran Tomatito que fue uno de los guitarristas de este mismo número cuando hace justo una década lo estrenó Mercé junto a otros maestros de la sonanta como Pepe Habichuela y Alfredo Lagos.
José del Tomate apareció cuando Mercé se decantó por los tientos de su admirado Juanito Mojama, aquel discípulo de Chacón “que pegaba unos pellizcos que para qué”, y que el mismo Mercé fue capaz de arrancarnos cuando nos azotó con aquello de “A mi lengua le eché un núo / quiere que esté callao. / Esta gente son capaces / de hacer hablar a un múo”. Los tientos se volvieron tangos en los que Mercé se acordó de la Niña de los Peines, aunque de las banderitas republicanas del puente de Triana prefirió esa otra versión de banderitas gitanas, que no está el horno para bollos.
El maestro David de Arahal
Fue cuando la soleá, por derecho, el momento en el que salió por fin David de Arahal, al que lo de chiquillo le viene ya pequeño incluso aunque fuera dicho con cariño. Se trata de un guitarrista de una jondura tan clara, de una ejecución tan preciosista y de una proyección tan indudable, que no solo fue capaz de marcar la pauta del espectáculo de anoche, sino de sobresalir incluso cuando a Mercé ya le respondió la voz con todas las de la ley, nos llevó al cielo con una seguiriya en la que se acordó de su niño Curro y al espectáculo empezaron a asomarse ciertos duendes.
Las alegrías suponen casi siempre un momento de desenfado ante tanta gravedad, pero Mercé es un genio en saber gestionar esas diferencias, y la lio con la cómplice colaboración de toda su gente, a la que le sobró talento para sonar a Jerez por bulerías. Esos compases, en los que el Tomate se acordó de su padre y el cantaor iba sobrado de compás, también porque con David de Arahal es difícil perderse, terminaron de llevar al éxtasis a un pueblo que no tenía ya dudas de su entrega.
El de Jerez tenía bien preparada su propina, así que una vez que tuvo delante a todo el Maestranza de pie, como él ya había planeado, nos regaló tres fandangos para sus tres geniales guitarras. El respetable quedó tan embelesado, de pie aplaudiendo, que cuando en la pausa los artistas se habían marchado, no atinaron a seguir aplaudiendo, deseoso de otra propina más, hasta que fue tarde. Mercé ya se había quitado la camisa entre bambalinas. Pero la miel la dejó donde debía.

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