Aunque en lo que se ha escrito tras su muerte se mencionaban asuntos estrella que sin duda tenían que ser traídos a colación para valorarle como se merecía, desarrolló José Antonio una entregadísima labor en muchos otros casos, que es lo que caracteriza a un gran profesional. Otros casos que, si bien carecieron del eco político y mediático de aquellos donde se investigaba a sujetos con trascendencia pública, en absoluto eran de menor importancia, pues en ellos la oportunidad y acierto de la actuación policial podía significar evitar la muerte de algún implicado. Como pude comprobar personalmente en un grave asunto que ya le había costado la vida a una mujer, y que también pudo haberle costado a varias personas más, de no intervenir a tiempo José Antonio y su magnífico equipo (Miguel, Pepe, etc.), abortando los planes siniestros de un siniestro personaje.
Era un tiempo en que aún no había saltado a la palestra el caso de Juan Guerra y sus cafelitos de la Plaza de España, que finalmente se llevaría por delante a su hermano Alfonso en el Gobierno de Felipe González, exponiendo a partir de entonces a José Antonio y a sus hombres a un incómodo acoso político. Como después no seguí toda su trayectoria policial, desconozco si su trabajo llegó a ser reconocido y premiado en vida como se merecía en justicia. En un mundo tan sucio y feo como aquel en donde Vidal se veía obligado a moverse por su actividad laboral, siempre serán necesarias personas como aquel hombre de apariencia seria, sobrio en palabras y de probada eficacia profesional. Un gran hombre cuyo ejemplo de magnífico policía ojalá haya dejado huella entre sus compañeros como la que dejó personalmente entre quienes le conocimos y recordamos agradecidos por su excelente labor.
Descanse en Paz.





