Crónica y fotografías de José Ignacio Martínez Rodríguez, desde Accra (Ghana), periodista al que concedió su última entrevista hace unos meses en Banjul, la capital de su pequeño país.
Biri Biri me recibió en un coqueto oasis sevillano en medio de Banjul, la capital de Gambia. Sólo hay 14 países en todo el mundo más pobres que Gambia, un pequeño estado situado en África Occidental, dentro de Senegal, y que comparte nombre con el río que lo cruza de punta a punta. Un oasis sevillano porque las paredes lucían fotos de cuando jugó en el Sevilla y los adornos de su casa bien podían ser los de cualquier vivienda de Triana. En una de las fotos aparecía él sobre el césped del Sánchez Pizjuán a punto de comenzar un encuentro, en otra él, su mujer y su hijo, éste vestido de flamenco con su sombrero cordobés, también justo antes de disputar un partido. “Recuerdo que sólo había tres negros ese día en el estadio; mi mujer, mi hijo y yo”, me dijo.
Hoy ha muerto Biri Biri en Dakar, Senegal, a la edad de 72 años, me dicen amigos y periodistas de allí que después de luchar durante los últimos meses contra una dura enfermedad. Cuando lo entrevisté para la revista Panenka, hace ahora algo más de un año, no dio síntomas de estar enfermo, aunque cojeaba, andaba despacio y realizaba todos los movimientos con excesiva cautela. Entonces lo achaqué a sus 71 años (pocos llegan a esta edad en su país natal). Ahora me doy cuenta de que quizás fuera algo más.
Biri Biri (o Alhaji Momodo Njie, su nombre real) me contó con detalle toda su carrera deportiva; su aterrizaje en Sevilla, sus primeros días en el club, sus idas y venidas con entrenadores varios, los goles que recordaba con más cariño (uno a Iribar lo guardaba en la recámara con especial orgullo y también uno que le marcó al Real Madrid en el Pizjuán), su amistad inquebrantable con Pablo Blanco (“me llevaba a todos los sitios con su coche. Gracias a él conocí Sevilla”, me dijo), cuando lo sacaron a hombros del estadio tras un partido contra el Rayo Vallecano… Y sobre todo, la gente de Sevilla. “No sé como unas personas donde yo sólo jugaba al fútbol pudieron quererme tanto. Mucho, mucho. Los del Betis, también. Ni en Gambia me han querido tanto”, me confesó.
Biri Biri no escondía su orgullo. No en vano, años antes había sido nombrado “mejor jugador de fútbol gambiano del último milenio y de todos los tiempos” por su nación. También fue el primer negro en fichar por el Sevilla y uno de los africanos pioneros en jugar en Europa con cierto éxito(Dinamarca fue su primer destino y, después de Sevilla, probó suerte en Bélgica, aunque en ningún sitio trascendió tanto su fútbol como en la capital hispalense). Me habló también de los viajes que hacía a su país mientras jugaba en el Sevilla que hacían que se perdiera algún partido que otro. “Es que quería mucho a mi padre y a mis hermanos y necesitaba verlos de vez en cuando”, afirmaba en un español más chapurreado que dominado pero con un marcado tono andaluz en acento y en expresiones.
Cuando acabamos la entrevista, no mostró ningún reparo en ir a un campo de fútbol cercano y hacerse unas fotos con un balón en los pies. Todavía tenía cierto toque, algo oxidado por el paso del tiempo. Y seguía respirando sevillismo. Prueba de ello es que sólo interrumpió la entrevista una vez para atender una llamada a su teléfono móvil y el politono no era otro que el “Con el Biri, Biri, Biri” que se canta en el Pizjuán con la melodía del Vito. Hoy se marcha un mito que se convierte en leyenda. Alguien que fue capaz de meterse en los corazones de miles de personas.
Que descanses en paz.

…





