Gracias al irresponsable efecto llamada gubernamental, incesantes aluviones de (in)migrantes arriban sin cesar colapsando centros y servicios de acogida, y amenazando ya hasta nuestra integridad territorial. Asistir al desembarco de pateras, cayucos, barcazas y hasta lanchas motorizadas accediendo a nuestras playas, lleva camino de convertirse en un macabro incentivo turístico que cualquier «emprendedor» ofertará como un producto novedoso para los que gusten de emociones fuertes mientras toman el sol.
¿Y este aluvión afecta a todas nuestras costas? No. Hay un reducto privilegiado, que nos piratearon hace siglos y da nombre a la comarca donde se ubica, que aun gozando de un elevadísimo índice de riqueza debido a negocietes de muy dudosa legalidad, ni siquiera resulta salpicado por la llegada de algún inmigrante despistado. Un reducto elitista que bajo bandera extranjera nos mira por encima del hombro pavoneándose de una falsa superioridad, pero que no muestra una mínima solidaridad para recibir a inmigrantes; aunque lo cierto es que tampoco estos muestran un mínimo deseo por llegar hasta allí.
Y esta anómala falta de interés resulta muy perjudicial para la «migrantía», pues de tan selecto lugar podrían salir hablando inglés. ¡Con la de puertas que abre eso hoy en día, no se explica tamaña anomalía!





