Es Día de Reyes y Sevilla ha amanecido con el papel dorado de los regalos roto en mil pedazos. En lugar de mirra, oro e incienso para las cofradías, sus Majestades de Oriente nos han dejado carbón en las gastadas botas puntiagudas de los rockeros. La noticia seca de la muerte de Antonio Samuel Rodríguez, Antonio Smash, músico fundamental en el devenir cultural de la ciudad de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa, nos ha rasgado las vestiduras. La subida a los cielos de don Antonio, brújula secreta de la movida sevillana, nos sabe a una putada más a aquella generación de músicos que aprendieron a arder sin permiso de nadie.
Ayer, cuando comenzaba a clarear el día, se apagó una esquina del río donde el rock se mezcló con el barro, donde Smash, Triana, Silvio y Pata Negra eran nombres propios y verbos, donde la ciudad descubrió que podía mirarse en otro espejo que “huele al moro que te suelta la lengua y la mente”.
Antonio —Antoñito, pues nunca dejo de ser el niño prodigio que con doce años tocaba con los mayores— llevaba en sus bolsillos la sensibilidad como quien lleva y trae el agua fresca de la fuente en una cántara de barro, descubriendo horizontes inexplorados: una forma nueva de andar por el mundo.
Antonio tenía el perfil de Dylan sin imitarlo —que su padre le decía que “ese tío es muy desagradable”; una voz por delante de los tiempos antiguos; una palabra mandona sin levantarse nunca; y una guitarra a la que él acompañaba —no al contrario—. Sus formas eran las de un animal fiel que sabe cuándo ladrar y cuándo callar. Sus manos, acordes que sostenían el instante, parían una música que no es grito, sino cante y lírica.
Hoy —maldita sea— el carbón pesa y mancha, pero también recuerda que ahí hubo fuego, que hubo noches donde Sevilla se atrevió a escucharse distinta. Día de Reyes de carbón por las calles de la ciudad, por sus cuatro puntos cardinales. Desde el Club Dom Gonzalo a La Carbonería pasando por la barbería de don Curro. Desde la Triana petardera a la Alameda de las mil puertas que se abrían a nuevas experiencias, pasando por la Glorieta de los Lotos.
Su vida fue su vida vivida y los grupos por los que pasó, a los que aportó sus inimitables formas y modos: Five Singers, formado por niños del Tardón; Foren Dhaf, con Carlos Fernández; Fly, “con Henrik y dos americanos”; Goma con su 14 de abril;, breves incursiones con Flamenco y con Granada; además de la famosa formación de Matito —que antes que músico había sido “monje y legionario”—, Henrik, Manuel, Gualberto y Antonio tocando “El Garrotín”. Y, por supuesto, como batería de Lole y Manuel, de Luzbel —que ya solo nos queda su apoderado, Pive Amador—, de Pata Negra o de Kiko Veneno, por ejemplo. Y sus discos en solitario hasta el último, Viéndolas venir.
Se nos ha ido una forma de vivir y de sentir con los vaqueros ceñidos y el paquete de Winston americano en el bolsillo de la camisa de manga corta. Cueros y panas. Pelos largos y temple con la guitarra, que como él dijo “fue la música y no las drogas lo que nos liberó a todos”. Se nos ha marchado para siempre “el batería que pudo con todos”, “El verso suelto de la experimentación”, según Pepe Arenzana.
Antonio Smash es el epitafio de una época en la que Sevilla brilló y vibró al calor del mítico poema de Javier Salvago:
“Guardo de aquellos días
el denso olor a yerba
quemada y el amargo
sabor de anfetaminas.
Aún el bar Jardines
conservaba su encanto
y se hablaba de Kerouac,
de Ketama y del Tíbet.
Por las ondas de Radio
Sevilla, en FM,
ofrecía Joaquín
Salvador nata y fresas.
No sé si lo recuerdas
también tú: cada noche
cruzábamos el río
para ir a Dom Gonzalo,
donde tocaba Smash:
We come to smah this time”.
Descansa en paz, Antonio, que la fiesta no termina en un rincón del cielo y la guitarra aún sigue tu paso a Antonio Smash.





