
“La Virgen de los Dolores, llegando al cancel, pide música.
Como música le puso el Maestro del martillo,
Manuel Carrión Cansino, a su Cristo y a su Virgen”.
Extracto de la Presentación del Cartel de la Semana Santa de Paradas de 2026.
Bajo un cielo que ya huele a gloria bendita, por entre los olivos de las Peñuelas, en aquella calle donde el blanco del azahar asoma tras el verde de los naranjos y en camarín donde se presiente la cera derramada, ha quedado un silencio conventual ante la voz de un hombre que mandaba los pasos con el alma. Tenía que ser en Cuaresma. Tenía que ser al mediodía. Tenía que ser el día del padre…
Se nos ha ido Manuel Carrión Cansino, y en el pueblo de Paradas, como en la mañana luminosa del Viernes Santo, algo se ha quebrado sin remedio, como un palio que se queda sin viento que lo meza o una levantá que ya no encuentra quien la recuerde.
Nació entre los naranjos de la calle Olivares —como su hermana Serafina— donde la tierra no es sólo sustento, sino escuela. Perteneciente a una familia arraigada en el campo —agricultores de toda la vida de Dios— aprendió pronto el idioma antiguo del surco: el mirar al cielo esperando la lluvia, el medir el tiempo por las manos y el entender que la vida, como la Semana Santa, es paciencia, compás y fe. De la tierra le vino la verdad. Del cielo, la esperanza.
De muy joven estudió en los Salesianos de Alcalá de Guadaíra, junto a su camarada Eduardo Benjumea y su amigo de la infancia Javier Salvago. Se hizo hombre en Sevilla, entre los muros de la nueva Escuela de Magisterio de Ciudad Jardín. También estudió y trabajó de Ayudante Técnico Sanitario (ahora Cuerpo de Enfermería), porque su vocación nunca entendió de límites: enseñar, cuidar, levantar al caído.
Maestro en el colegio San Francisco de Paula, caminaba a diario por esa Sevilla donde todo respira historia. Junto a Sor Ángela de la Cruz, como si la santidad le rozara el hombro, y al lado de la Plaza de la Encarnación, donde la vida bulle y se mezcla con la memoria. Allí, entre aulas, callejas y coroneles, también latía la sangre compartida con su primo Antonio Carrión —túnicas bordadas, cosas de cofradías y sobremesas eternas bajo los pinos de El Palomar—, con quien devolvió a la Hermandad de Jesús Nazareno de Paradas el pulso y el tiempo de lo que nunca debió dormirse.
Pero fue bajo los pasos donde su nombre se hizo eco eterno. Capataz de Jesús Nazareno y de la Virgen de los Dolores, Manolito —como lo llamábamos cariñosa y respetuosamente— no mandaba, rezaba en voz alta. Su martillo no era de plata, era de carne viva, abierta en mil pedazos, en mil heridas. Cada golpe llevaba dentro la hondura de su vida —que nada se le quedó en el tintero—, la templanza de quien ha mirado mucho al cielo y la firmeza de quien ha sabido pisar la tierra con fuerza y sin complejos. A los dos pasos de la hermandad les imprimió su sensibilidad, su verdad sin artificio, su manera de entender que el arte no está en el lucimiento, sino en la entrega —“tenemos que vaciarnos como una pila antigua”, nos decía—. Había en su forma de mandar torería sin alarde, flamencura sin exceso, compás de cante jondo en cada orden. Y los costaleros, como si lo supiéramos, nos dejábamos el alma en cada chicotá.
Se casó con Aurora Ruiz en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, a los pies de la Virgen de los Reyes, como si quisiera sellar su vida bajo las bóvedas más altas, donde la luz entra como una promesa. De ese amor nacieron Ángela y María, raíces nuevas que crecieron a su sombra. Y más tarde sus nietas —Lola, Estrella, Ana y Ángela—, brotes de futuro en una vida que nunca dejó de sembrar. Si no, que se lo digan los “yernazos”: Miguel Ángel y Juan.
Conversador magnífico, lealtad a fuerza de bombas, los ojos chispeantes, la ilusión por bandera, las risas, las miradas… Único en todo lo que hiciese. Me aventajaba en treinta años pero viví con él momentos, que precisarían de un libro de los gordos, para contar las mil anécdotas y disfrutes: la Amargura, lo del Arzobispado cuando dio —con Álvaro Pastor— con la fundación de la hermandad, la Plaza de los Carros, aquello de “don Luis”, ratos con sus sobrinos Jesús y Alejandro, sus correrías con su amigo don Germán, las noches en la Cafetería tras los ensayos, El Rinconcillo, lo del Perejil, aquello de la Triana del Zurraque con su amigo Alfonso Orce, la Urbión, “ponme esta marcha, niño”, el primer pregón de la Semana Santa de Paradas —que él lo pronunció—, el garrotal, los mediodías en el césped de El Portón… yo qué sé. Qué sé yo… tantas y tantas cosas vividas a su lado…
Trabajador incansable en el Hospital de San Lázaro, cruzaba cada día frente a la Venta de los Gatos, donde aún parece que Bécquer susurra historias al oído del viento. Allí, entre enfermedad y esperanza, Manolo volvió a ser lo que siempre fue: un hombre que sostiene, que acompaña, que no se aparta.
Dicen que trajo la Semana Santa de Sevilla a Paradas. Pero no fue sólo eso. La sembró. La hizo crecer. La modernizó sin romperla, la engrandeció sin disfrazarla. Le dio voz, su voz recia y firme, esa que ahora parece que resuena en la memoria de cada esquina, en cada plaza, en cada tertulia capillita que ya no será igual.
Hoy está en el cielo de Paradas que tanto miró buscando lluvia. Y quién sabe si ahora, desde allí, sigue midiendo nubes, preparando la tierra invisible donde germinan los recuerdos. Quizá esté dando una orden callada, marcando el paso de los que aún caminan. Quizá, cuando el martillo golpee este año y el silencio se haga, alguien sienta que no se ha ido del todo.
Porque hay hombres que no mueren. Se quedan. Permanecen en el compás, en la voz, en la forma de andar de un paso, en la emoción contenida de un pueblo…
Y Manuel Carrión Cansino, capataz de la vida, seguirá mandando —con arte y verdad— mientras haya un costalero que cierre los ojos y escuche, en lo más hondo de su alma, su llamada. La llamada inimitable e inigualable de “El maestro del martillo”.
—¡Pararse ahí! Los cuatro zancos a tierra por iguá.





