Como dijiste en tu pregón de Semana Santa…
ya llegó el día que esperabas, ansioso, de encontrarte con Ellos,
“que enlazan muerte y vida por un puente”.
Ya llegó el momento trascendental de la muerte de la carne, Ignacio. No te has podido salir con la tuya. Y mira que has luchado junto a tu familia y tu gente. Pero ha salido cruz y esta puta enfermedad es así de traicionera y de canalla. Aunque tú te lo has tomado con una verdad al alcance de pocos, que con estas cosas de la muerte y la fe verdadera entendéis los que entendéis. Y no hay más que hablar.
Ya te alcanzó la negra parca, a las que has esquivado durante tantos años a fuerza y golpes de genio y de fe. La hora te ha llegado y, a nosotros, nos has dejado muertos. A todos y cada uno a los que les diste esperanza cuando la necesitábamos, la noticia de tu subida al cielo de Sevilla nos ha dejado con la garganta helada y los labios morados. Aún es pronto —muy pronto— y no lo merecías, que te quedaban muchas cosas por hacer y por decir. No era este aún tu momento pero… así lo han querido Ellos y tú, como buen costalero, has obedecido las órdenes del capataz celestial, que en San Lorenzo está de moraíto vestío. Yo, por muchas vueltas que le doy, no alcanzo a entender esto de llevarse tanto bueno tan pronto a la Gloria. Y es que yo soy solo triste carne mortal y no llego ni a las suelas de tu fe.
Nos conocimos por motivos profesionales pero nos conocíamos antes de conocernos. Nos presentó don Antonio Rodríguez Hidalgo —siempre hilando fino en las amistades— en plena pandemia. La profesión nos dio la mano, pero lo que de verdad nos unió fueron los cuadros de tu despacho, los rostros de nuestras Vírgenes y nuestros Cristos. Ya lo dijiste en el Teatro de la Maestranza la gloriosa mañana del Domingo de Pasión, que “la Semana Santa es el eje de nuestras vidas”, que “Sevilla y Semana Santa son dos realidades inseparables, que es el alma y el ser de la ciudad”.
Hoy, sin tu presencia paseando por Sevilla, a la ciudad le falta parte de tu alma porque no suena una marcha baratillera en tus labios. Nosotros, sin ti, somos unos pobres sin alma. Más pobres. Más tristes. Más faltos de todo, por estar más faltos de ti.
La fe del sevillano en Dios y en su Madre Bendita la has llevado hasta las últimas consecuencias, hasta el final de los finales. ¡Qué enseñanza nos has dado! ¡Qué clase con tu clase! ¡Qué lección de fe y devoción! ¡Qué verdad más grande! Porque tu muerte es eso, una lección de teología y verdad a los que no somos capaces de nada. Y es que a tu lado, el valle de lágrimas lo era menos. Te confieso que a tu vera la confianza se llevaba por delante las penas y los problemas.
Llegará la hora de tu resurrección. Ahora has partido, a toda vela, de Sevilla al cielo. Y eso que aún no te has ido, ni te irás, de nuestros pensamientos. Y es que tu felicidad será —si la Virgen de la Caridad quiere— la nuestra.
Gracias por tanto, Ignacio.





