Beatriz Galiano, pintora sevillana, fue la primera voz en atreverse a declarar públicamente, desde SevillaInfo, que la Macarena tenía solución. Lo hizo el mismo día 21 de junio en el que la venerada imagen fue devuelta a su camerino tras la intervención de mero mantenimiento encargada a Francisco Arquillo, y los devotos no daban crédito a lo que contemplaban: la Macarena no era la Macarena, la de siempre. Volvía irreconocible en su esencia y en su mirada, también en su policromía, habiéndole sido usurpada su tez morena, regresando blanquecina, pálida… Y las pestañas: encima unas desmesuradas pestañas que modificaban escandalosamente sus ojos inconfundibles, secuestrados en el mensaje de su Esperanza. La joven artista, tan pronto como tuvo conocimiento de la que se había formado en cuanto los fieles descubrieron a la «nueva» Macarena, se trasladó de inmediato hasta la Basílica para comprobar personalmente in situ lo que estaba ocurriendo y crecía como un auténtico clamor popular en todas las redes sociales.

¿Cuál fue su primera impresión al ver a la Macarena en la Basílica?
Para empezar comprobé que cientos de personas, testigos presenciales, llevaban toda la razón. Y sentí un vacío desgarrador, como si me hubiera asomado a un altísimo precipicio. Ella no estaba. Regresó desconocida. Puede servirle como bastante ilustrativo que hasta la Macarena de Madrid, a la que visito en su Iglesia de San Isidro cuando estoy en la capital, era más Macarena que la original. Y debo aclarar algo tan relevante como honesto por mi parte: yo contemplé a la Virgen en la tarde de aquel fatídico sábado 21 de junio, festividad de San Luis Gonzaga por más señas, porque, aunque quise hacerlo por la mañana, al desplazarme hasta la Basílica a eso de las doce y media me encontré con sus puertas cerradas. Al parecer, y en vista de lo evidente para los devotos, la Junta de Gobierno decidió retirarle con urgencia las pestañas y mostrarla por la tarde y desde su camarín al público. Fue entonces cuando yo pude verla, cuando me embargó una triste desolación, como le estaba pasando a todo el mundo.
Sin embargo, tras contemplar de primera mano el desastre, usted ya volvió de la Basílica con la convicción de que la Macarena tenía solución.
Así es. Porque era una convicción basada en mi experiencia académica y profesional, no me sostenía ni guiaba ninguna ilusión sin fundamento sólido y real. Se habían sobrepasado los límites de lo que supone conceptualmente un mantenimiento, pero era posible desandar un camino equivocado y, por lo que he podido escuchar y leer, un camino en absoluto autorizado.
Su rotunda e inmediata afirmación de que la Macarena no estaba perdida, publicada enseguida por SevillaInfo, generó una gran esperanza en la recuperación total de la Virgen, pues miles y miles de lectores se hicieron eco de sus palabras, acabó usted en todas partes con el enlace de este diario; incluso la televisión requirió que se explicara en directo. ¿Hubiera provocado este ambiente de optimismo careciendo de la idea fija y perfectamente posible de una reparación de tanto daño?
No. En la vida a todos nos gusta dar esperanzas a los que las necesitan. Pero yo hubiera sido incapaz de ofrecer esperanzas infundadas, y mucho menos en un caso tan serio y tan grave como este. Además, en el dolor, el llanto y el sufrimiento que vi en tantas personas, yo no me quedaba fuera ni ajena, porque me encontraba igual de asediada que ellas por una pena infinita. En este sentido he de dejar claro que yo tengo una gran y profunda devoción a la Esperanza Macarena. Debo sentar de manera indudable que Ella me ha llevado muchas veces a la explicación y a la fe en Dios en esas circunstancias difíciles, por las que atravesamos todos, cuando Dios se nos hace inexplicable y hasta increíble. Ella tiene las llaves de las puertas de Dios. Ella misma contiene un sagrario, el fruto bendito de su vientre. He de hacer constar que la hoja de ruta de mi vida, por joven que sea, ya está muy marcada por la Macarena en destinos muy decisivos. Si no llego a contar con mi exigente formación pictórica, de gran práctica además en la especialidad del retrato, yo no habría señalado la más mínima forma de salir y escapar de este agujero negro y hondo, de esta terrible pesadilla. Sintiéndolo mucho desde la caliente herida de tantos en todo el mundo y la mía propia, no habría dicho que la Virgen de la Esperanza tenía solución.
Su dictamen visual le llevó a declarar que la Macarena había quedado plana.
Y es la verdad. Por los medios que fueran, ignorados pero manifiestos, se le había retirado su volumen expresivo, le habían desprendido su carácter y personalidad, y por supuesto saltaba a la vista de toda contemplación de sus devotos que le habían robado su mirada, la que ha sostenido y levantado a diario la vida de miles de personas durante siglos. Dije que la dejaron plana porque ignoraron de una forma intolerable que la pintura también esculpe, como igualmente esculpe el tiempo. Le sustrajeron su profundidad en los ojos, en sus pómulos, en su boca; fue como si se hubieran atrevido a deshacer la mascarilla de su historia.

Beatriz Galiano
Sin embargo, usted no es restauradora como para que se lanzara a aventurar con tanta audacia la solución de la Macarena.
Cierto, yo no soy restauradora; ignoro dónde puede hallarse un xilófago o localizar y resolver una estructura necesitada de correcciones y sustituciones; no dispongo de medios técnicos de última hora que rastreen los peligros más ocultos e insondables de una talla del siglo XVII. Pero si el primer ataque visible está más que patente en la policromía, como pintora apoyada no en una afición, sino en una trayectoria académica y profesional como técnica superior de artes plásticas, sabía que el rostro de la Macarena iba a tener, por supuesto en buenísimas manos, una marcha atrás, un regreso al punto de partida del desastre, una recuperación, si no de la sustancia más original, sí de la apariencia y del mensaje artístico y religioso. Por otra parte, he de confesar -que no lo he hecho hasta esta entrevista- que casi al instante en que se publicaron mis palabras, yo ya pude guardar un interesante as en la manga, pues recibí el mensaje privado de una máxima autoridad en la materia aplaudiendo saberme en un acertado vaticinio, no en una alocada equivocación buscando protagonismo. Nunca busqué protagonismo, no lo necesito al precio de una insensatez. Busqué dar la luz de la solución a tantas personas sufriendo.
Supongo que no querrá revelar el nombre de quien se puso en contacto con usted.
No debo hacerlo, porque su manifestación me fue enviada en el ámbito de lo privado y éticamente así he de mantenerla. Esa comunicación muy personal merece el anonimato y el respeto a su confianza en no temer que yo desviara su valiosa opinión hacia una vanidosa publicidad. Pero desde luego significó para mí toda una garantía, un completo respaldo moral, que corroboraba mis declaraciones y me tranquilizaba aún más en ellas. Fue muy bonito descubrir así que no estaba sola en la convicción de que el mundo recuperaría a la Macarena.
Los acontecimientos le fueron dando la razón, porque hasta el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico cree en la total restauración, lo mismo que el restaurador, Pedro Manzano, propuesto y elegido en Cabildo General Extraordinario.
Sí, pero la razón aquí, tratándose de la Macarena, ¿a quién le importa? A mí no, ni mi propia razón me importa. Lo que me importa, como a todo el mundo, es que a su regreso de varios meses la Virgen sea perfectamente identificable en su fisonomía y, por supuesto, en su mirada.
Mientras el proceso técnico ya ha comenzado esta semana, usted aporta un argumento visual más sobre las modificaciones sufridas por el semblante de la Macarena. ¿Intenta influir desde fuera en su restauración?
De ninguna manera. Esa sería una pretensión arrogante, engreída, además de inútil. Tengo una incapacidad natural para el engreimiento o la soberbia artística. ¿A qué me llevaría esa posición, a hacer creer que me hubiera gustado formar parte de las comisiones de trabajo o de seguimiento, incluso a recelar de sus cometidos? No, por Dios; estoy muy sosegada sabiendo que la Virgen ha quedado en manos de unos verdaderos profesionales que suman a sus formaciones la del espíritu religioso, la de la sensibilidad con el alto y honroso encargo que han recibido. Van a trabajar varios meses para muchos siglos. Lo que realizarán, lo que están realizando ya, lo hacen con una fuerte conciencia de lo trascendente. Yo siempre, y por experiencia propia, he tenido muy claro que la Macarena es una de las más importantes sedes que Dios tiene en este mundo.
Entonces, ¿de qué le vale cotejar en estos momentos dos primeros planos de la Virgen, uno hecho antes de que la tocaran y otro ya tocada?
Para demostrar con otra prueba irrefutable que la Macarena, como usted ha dicho, fue tocada, exactamente eso: tocada; y le digo y añado que fue tocada en exceso más allá del encargo de un mantenimiento y, cómo no, más allá del cambio de unas pestañas. El término elegido para el informe del IAPH es muy concreto: Arquillo se extralimitó. Y con suma modestia, entendiendo que por esta pista ya ha pasado el IAPH, aporto un detalle indiscutible que no deja dudas a que la Virgen (aunque ahora se pretenda hacer creer lo contrario) llegó modificada antes de su entrega el día 20 y, por lo tanto, antes de la madrugada del sábado 21 al domingo 22, porque una de las fotografías comparativas que aporto está hecha la tarde del sábado en el camarín, cuando abrieron la Basílica tras cerrarla urgentemente por la mañana tan pronto como terminó la celebración de una boda. Queda palpable en el entrecejo de su cara que se cometió una invasión pictórica osando cerrar y estrechar, aunque fuera mínimamente, la anchura de ese entrecejo tan característico. Se eliminó una claridad cromática con cierta forma de V, como señalo gráficamente sobre la foto del primer plano, esa hecha el domingo. Se extendió un tono de sombra desde el contorno de sus ojos hasta el inicio de su ceja izquierda. Pero esa mínima forma de rebasar un matiz oscuro merece evaluarse como muchísimo tratándose nada menos que de la expresión singular e inequívoca de la Esperanza Macarena. Tal error, junto a otros más evidentes como añadirle pasta de madera en los párpados, o lágrimas sin total transparencia por usar «adhesivos inadecuados», resultó suficiente para que una mirada universal y reconocida en el mundo acabara en una alteración manifiesta y desconcertante. Por desgracia, se trata sólo de un detalle más entre tantas causas. Y es un detalle que hace insostenible el argumento a la defensiva de Arquillo acerca de que sólo cambió las pestañas, entregando a la Macarena de siempre. No puedo creerlo. En realidad no lo cree nadie, ni él mismo se lo cree, pues ese detalle diluye y fulmina de inmediato cualquier velada acusación de que el desastre se causó en la madrugada del sábado al domingo por quienes en una contra reloj encomiable y de buena fe lograron que la Virgen fuera venerada el día 22 ante el presbiterio, ofreciendo a la vista de todos una notable recuperación física respecto del día anterior. No completa, pero notable; y se ve que con las prisas que hubieron de actuar se dedicaron a corregir lo más destacable, y esa observación tan sutil que yo hago no estuvo incluida en el apremio con el que se vieron obligados a mostrarla con el máximo parecido posible. Yo volví a estar en la Basílica, la fotografié, y la Virgen ya estaba señalando el comienzo de un camino para conseguir rehabilitar su identidad. Había empezado lo que yo califiqué entonces, con más precisión, como «un largo camino de detalles» para restablecer por completo la expresión total de la Macarena.
Una última pregunta, ¿es hermana de la Hermandad?
No. Discúlpeme que yo le responda con otra: ¿Es condición sine quanon estar en la nómina de hermanos para sentir una profunda devoción por la Macarena? La filiación no implica la vinculación. Entonces no se contarían 18.000 hermanos. El censo sería abrumadoramente impresionante. En Sevilla no somos mayoritariamente hermanos del Gran Poder, El Cachorro, la Esperanza de Triana o la Macarena, por citar unos casos. Si así tuviera que ser, destruiríamos el amplio y extenso tejido sentimental de nuestra Semana Santa.







