(Extracto de “¡Qué sabe nadie! Autobiografía sentimentá de Juan Moneo El Torta” (LaBaja Andalucía, 2024)
Esto que te voy a contá, que lo viví pero que lo recuerdo como un sueño, como en una nube, es la primera vez que se escuchó por aquí lo del Paula, que sabes que es como una religión en Jeré. Y más allá de Jeré.
Yo tendría cuatro o cinco años y aquel día, desde por la mañana, no se escuchaba por el barrio otra cosa: que si por la tarde toreaba con caballos en la plaza de toros de la calle Circo un muchacho de Santiago, un gitano del barrio de Santiago. Le decían Rafaé, el hijo del Cochero. Y claro, los chaveas tos locos con aquello que, ya desde por la mañana, parecía en Jeré un día de fiesta. Como si fuera día de feria o un día de Semana Santa.
Y allá que nos fuimos tos buscando al torero; Rubichi, El Pilili, mi primo Mijita, El Garbanzo… los que nos juntábamos. Y fuimos a Santiago, a la calle Sangre, pa ver cómo salía vestío de torero aquel gitanito. Porque era una cosa grande en Jeré. Y pa nosotros, gitanos como él, más todavía. Y mira, cuando salió a la calle, cuando pisó el empedrao de la calle, nos quedamos tos con la boca abierta. Era un niño, diecisiete o dieciocho años tendría, no más, y parecía un príncipe: un príncipe gitano vestío de torero, con un traje grana y oro que parecía que tenía magnetismo. Nos atraía, oye. No podíamos dejá de mirarlo.
No se cabía de gente en la puerta de la casa; la gente tocándole las palmas, y él mu serio y mu puesto en su sitio, con el capotito de paseo en el brazo y la montera en la mano. Parece que lo estoy viendo.
Lo llevó su pare en el coche, que antes no había tantos coches como ahora, y pa eso su pare era cochero. Y los chiquillos detrás del coche, que no se podía andá de la de gente que había en las calles. La gente en las aceras puesta pa ver al torero aquel que, decían, iba a resucitar a Jeré y a los gitanos. Y nosotros detrá, por la calle Porvera, tocando las palmas… por la calle Zaragoza, hasta la Plaza de Toros.
Y cuando aquello terminó y el niño gitano había cortao las orejas a los novillos del maestro Juan Belmonte, que dijo de él que era el único torero en el que se veía reflejao, Jeré era un manicomio, pero un manicomio. Otra vez to er mundo detrás de Rafaé de Paula, que era un niño, tocándole las palmas, dando oles, dando vivas al toreo grande y a un niño que nos había hecho resucitá… un gitano había levantao la ilusión de to Jeré ante tantas penas, tantas miserias y tantas jambres.
Y to eso lo viví, pero lo recuerdo como en un sueño. Era muy chico muy chico pero tengo aquí grabá la felicidá de la gente, de sus caras. Unas risas mu anchas to er mundo. Y la coló que tenía aquel día el cielo de Jeré, mu bonito, mu alegre… un Jeré feliz, de día de fiesta. Y la gente contenta. Gente que no estaba acostumbrá ni a ser feliz ni a que les saliera cara en la monea de la vía porque a nosotros, los gitanos, casi siempre nos ha salío cruz.
Lo que me pone los vellos de punta, mira, mira…, de este recuerdo que parece un sueño, es cómo estaba la gente, las caras de felicidá, la alegría por las calles. La ilusión de un pueblo gitano porque tenían torero. Y mañana otra vez jambre y penas. Pero hoy hemos cortao dos orejas y tenemos torero grande y antiguo pa rato. ¡Viva El Paula!, que decía Luis de la Pica. ¡Viva El Paula y Terremoto! Qué dos, ¿eh? Güeno; qué tré…






