Desde la bahía de Cádiz a la campiña sevillana, desde la playa cántabra de Ruiloba hasta Madrid —la que pasó “De Corte a checa”, según Agustín de Foxá—, me ha llegado la negra noticia de la muerte de Alfonso de Ussía y Muñoz-Seca, que para eso su abuelo era el “fénix de los ingenios del siglo XX”.
Finales de los años noventa y servidor hacía como que estudiaba Derecho en la recién inaugurada Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Pero en verdad, más que ponerme con los administrativos y los canónicos, lo que hacia era leer a Antonio Burgos, a Cernuda, a Manuel Barrios, a Villalón, a cantar los versos de Javier Salvago, a escuchar las cosas de Silvio o de Sabina y a disfrutar del desenfado serio de Alfonso Ussía, que siempre daba con la tecla metiendo su cuarto y mitad de gracia gaditana, que en la sangre la llevaba.
Escribió: “El que anda ligero por Sevilla o es mensajero, o se está haciendo pis o es tonto”. Afirmaciones como estas te decían que Ussía era un gran observador, que sabía mirar a la calle con los ojos del que disecciona. Así eran sus artículos, el de un hombre inteligente que contaba la vida desde el velador de un bar en la Puerta de Jerez. O el título de una de sus columnas: “Real Maestranza”, para luego seguir en el texto “de Sevilla, que en el título no cabe”. Cosas de su abuelo y de los que parieron la gracia del sur del sur.
Ahí trató uno de beber. Pero es demasiada agua para tan poca sed y no aprendí nada. Nada se me pegó, que decimos por mi tierra. Eso sí, rematé la carrera a trompicones y el maestro no terminó ni la de Derecho ni la de Periodismo, que le aburrían los libros con letras tan pequeñas y hojas tan finas como el papel de fumar.
La literatura del Ussía, ahora que se nos ha ido a los cielos azules, podría estar entre Góngora y Quevedo —sablazos de acero y de jurdeles, mediante—, pasando por la de su abuelo, que cuando lo despojaron del reloj y cuatro cosas más en Paracuellos para darle el último paseo, le dijo a sus verdugos, sin inmutarse: “Me lo podéis quitar todo, menos una cosa: el miedo”.
Ussía no se metió en las camisas de once varas donde todos los que escribían en los papeles hacían. Nunca quiso ser un politólogo ni, mucho menos, un autor al que no entendiera nadie por lo grave que decía las cosas, por usar palabras difíciles de encontrar en los diccionarios. Una cosa como la de Paco Robles en su Tontos de capirote o en El fútbol es algo más que veintidós individuos corriendo detrás de una pelota, que hace tiempo hubo una literatura sarcástica amasada con un humor fino y elegante (léase a Edgar Neville o a Enrique Jardiel Poncela). Lo suyo fue siempre hablar claro y tomarse el chocolate espeso. Como hicieron sus compañeros de tantos años en aquella histórica página de ABC —¡Ay, quién te leyó y quién te ve!—: Antonio Mingote y Jaime Campmany.
Muy pocos escritores pueden sentarse en la mesa de Alfonso Ussía. Muy pocos, pues para ello tendrían que reunir factores tales como escribir muy bien, decir las cosas con gracia —o con guasa, según conviniera— y se leal a sí mismo. También es difícil ponerse a su mesa porque “En la finca La Jaralera, Mamá come en la parte de la mesa de la provincia de Cádiz y Don Cristián Ildefonso María de la Regla Ximénez de Andrada, Belvís de los Gazules, Valeria del Guadalén y Hendings, VIII marqués de Sotoancho, en la parte de Sevilla”. Las cosas de Ussía. Un comedor dividido en dos mundos, que ya lo dijo Fernando Villalón.
Paz halle el maestro en el cielo de estas dos provincias de la baja Andalucía.





