La tormenta de polvo blanco que envolvió al espía cubano

Se acaban de cumplir tres años, el pasado mes de enero, de la llegada a Madrid como embajador de Cuba en España de Gustavo Machín Gómez, apodado “Tavito”, como su padre, Ricardo Gustavo Machín Hoed de Beche, guerrillero por elección en el Congo y en Bolivia junto al Ché Guevara y abandonados ambos a su suerte por Fidel y por las células comunistas de aquel país en 1967.

“Tavito” el guerrillero, padre de “Tavito” el embajador, fue un recalcitrante que se sumó a la columna del Ché Guevara en la sierra del Escambray y participó con él en la toma de Santa Clara. Fue tanto su entusiasmo y su entrega al afán benefactor del malandro argentino, que le acompañó como viceministro allá donde el perturbado estudiante de Medicina se desempeñó, incluido el Ministerio de Industria, para hundir la economía cubana en una fosa de la que jamás se recuperaría por los siglos de los siglos, amén.

“Tavito” el embajador, hijo de “Tavito”, aquel guerrillero por seguidismo que escribió una carta lisérgica y lamebotas rogándole a su héroe benefactor que le admitiera en la patrulla de alucinados que aspiraba a crear un nuevo Vietnam en las sierras bolivianas como antes lo intentaron en el Congo, fue expulsado de EE.UU. en 2002 como persona non grata, acusado de espionaje, cuando ocupaba el cargo de primer secretario de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington DC (es sabido que ambos países no tienen Embajada en su contrario, de modo que cumplen sus funciones esa clase de oficinas, simulacro de Embajada, pero que son en realidad cuevas de espías y de contraespionaje recíprocos).

Resulta cuando menos inquietante contemplar la foto del Jefe del Estado español, S.M. el Rey Felipe VI, aquel 18 de enero de 2018, departiendo, sentado y tan tranquilo, junto a “Tavito”, el hijo del guerrillero combustible, separados por una jarra de agua a la que, debemos suponer, nadie del servicio de seguridad y protocolo quitaría ojo durante los exiguos minutos de conversación el día de la recepción y presentación de credenciales en Madrid como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Cuba ante el Reino de España.

 

 

Sea como fuere, antes de acabar ese mismo año, Pedro Sánchez viajó a Cuba, el 22 y 23 de noviembre, 32 años después de la última visita de un presidente de gobierno español a la isla, cuando Felipe González visitó La Habana. Y justo un año más tarde, coincidiendo con las pasadas elecciones generales, el 20-N de 2019, el gobierno español obligó al Rey a salir de España para asistir a los actos del V Centenario de la fundación de la capital cubana y, cuando permanecía allí, aún sin haberse proclamado los resultados oficiales ni haber recibido propuesta alguna del Rey como prevé la Constitución, Pedro Sánchez anunció la firma de un pacto con Pablo Iglesias y que formaría gobierno con Podemos. Nunca antes se habían ninguneado de este modo las formas constitucionales. “Tavito”, en la sombra, a buen seguro sonreiría complacido.

A “Tavito”, el nuevo embajador, su papá se le fue a los cielos del comunismo internacional (ese lugar tan parecido al infierno del gulag) demasiado pronto, cuando contaba apenas 6 años de edad, así que todo lo que aprendió de la vida le llegó a través del castrismo, su gran padre putativo. Y de esta clase tuvo varios…

El primero vino como segundo marido de su mamá, el comandante en jefe de las tropas en Angola, Raúl Díaz-Argüelles García, fallecido en combate en África en 1975, cuando “Tavito” recién había cumplido los 14 años.

 

 

Le sustituyó en ambas tareas, la de dirigir aquel mismo destacamento africano y la de, “putatis putandi”, apadrinar a “Tavito” y a su hermano Julio, el general Abelardo Colomé “el Furry” Ibarra, quien puso a “Tavito” bajo su cobijo casi como un compromiso con el compañero de armas en Argelia, Guinea-Bissau y Cabo Verde. Andando el tiempo -lo veremos enseguida-, el “Furry” llegaría a ocupar el todopoderoso Ministerio del Interior (MININT).

Pero no se me adelanten, porque “Tavito” sumaba ya entonces dos padres fallecidos a manos del internacionalismo comunista, y ahora el “Furry”, viejo amigo de la primera hora del papá biológico (en la sierra contra Batista y en el Congo junto al Ché), sería el tercer padrinazgo interpuesto por solidaridad revolucionaria entre ex combatientes.

“Furry” tomó al por dos veces huérfano “Tavito” debajo del ala y lo envió bien pronto a la escuela Voroshilov de la KGB en Moscú. A su regreso a la isla, a “Tavito”, el futuro embajador, lo pusieron a desempeñarse en las Tropas Guardafronteras, por curtirlo un poco, y luego de eso, “Tavito”, el futuro espía antes que embajador, pasó a graduarse en el Instituto de Relaciones Internacionales y de ahí al CIMEX, la empresa estatal de comercio exterior, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores, encargada de obtener cualquier suministro útil para la Revolución, ya fuesen divisas para el Estado, armas para los grupúsculos internacionalistas, trigo o papel de limpiarse el culo para la plebe o caviar, Rolex y medicinas para los altos mandos de la cúpula castrista.

A su regreso de Angola, Colomé Ibarra, el “Furry”, era ya el jefe de la 10ª División de Inteligencia Militar que se ocupaba de las actividades de espionaje entre países socialistas y miembros de la OTAN y a “Tavito”, el chivato antes que espía y antes que embajador, lo integró en el Grupo llamado MC (Moneda Convertible) en Panamá de los hermanos La Guardia, Tony y Patricio, los jimaguas (mellizos), cuya misión principal era burlar el embargo norteamericano, la misión más importante de todas en este período de perestroikas y descomposición definitiva de la URSS, bajo el mando de otro intocable, el ex general en jefe de las tropas cubanas en Etiopía y Héroe de la Revolución Arnaldo Ochoa Sánchez, en el que todos vislumbraban, por su carisma y predicamento militar, al sucesor natural de Fidel.

El Grupo Moneda Convertible de Ochoa y los La Guardia, bajo la estrecha observancia del hermanísimo Raúl Castro, vicepresidente y ministro de las FAR, encontró en Nicaragua y Panamá la manera de proporcionar al régimen una fuente de divisas que parecía inagotable al establecer relación con los colombianos de Pablo Escobar Gaviria, amo absoluto en los años 80 del tráfico de cocaína hacia Estados Unidos, que incluso quiso negociar con el Estado colombiano la compra de la deuda de su propio país, lo que habría supuesto la formación del primer narcoestado oficial del planeta.

El negocio era tan sencillo como prestar la isla de Cuba de plataforma para las nuevas rutas de la droga, que estaban siendo colapsadas en México por la acciones de la DEA: 2.000 dólares por cada kilo de cocaína transportado y otros 200 más por su depósito era, al parecer, el precio pagado por el narco de Medellín a cambio de usar los aeródromos cubanos y había vuelos con hasta 20.000 kilos (20 toneladas).

Y allí estaba “Tavito”, en mitad de aquella tormenta de polvo blanco, apadrinado por el jefe de la Contrainteligencia Militar Abelardo Colomé Ibarra, bajo la coordinación de los Ministerios de Interior, de José Abrantes, y del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de Raúl Castro, pues no se olvide que Ochoa era el general de División más condecorado de la historia de Cuba, héroe de la batalla de tanques del Ogadén en Etiopía, y Tony la Guardia el coronel al frente del batallón conocido como Tropas Especiales, encargado de cualquier tarea sensible, ya fuese el adiestramiento de tropas e infiltración subversiva en terceros países, la protección del comandante en jefe Fidel Castro en ocasiones singulares o la violación del embargo norteamericano con la obtención de suministros de toda especie, lo que incluyó en determinado momento la importación ilegal de los primeros equipos médicos de Resonancia Magnética, utilizando para ello lanchas rápidas procedentes de Florida.

En aquellos turbios negocios de obtención de divisas por cualquier medio y de violación del embargo comercial, estaban todos cuando Ochoa fue requerido en 1987 para ponerlo en el mando supremo de los 55.000 hombres desplazados a Angola en mitad de una situación crítica, con el mayor y más largo despliegue de una misión militar cubana fuera de sus fronteras, donde habría de enfrentarse a la contraofensiva de los guerrilleros de la UNITA de Jonas Savimbi y del ejército de Sudáfrica en la decisiva batalla de Cuito Cuanavale.

Así pues, Ochoa, al frente de las fuerzas armadas cubanas en Angola se encontraba fuera de Cuba ya a finales de 1987 y entre enero y marzo de 1988 tuvo lugar la gran batalla que pondría fin a la guerra de independencia angolana.

Al término de la misma, en la que resultaron victoriosas las fuerzas angolano-cubanas con el apoyo táctico de la URSS, Ochoa regresó a Cuba e inmediatamente fue procesado por cargos completamente ajenos al desarrollo de los hechos en Angola.

Tras su procesamiento por un Tribunal de Honor (consejo de guerra) y por un Tribunal Especial Militar en la llamada Causa número 1, Ochoa fue condenado a morir fusilado basándose en los cargos de traición a la Patria por haber montado un operativo corrupto para enriquecerse y haber establecido la isla de Cuba como punto estratégico en las rutas del cartel de Medellín, lo que, en todo caso, se habría hecho con el conocimiento meticuloso de sus superiores (y con la participación del grupo en el que estaba integrado “Tavito”, el futuro embajador) y se produjo antes de que Ochoa fuese enviado a Angola.

 

 

La cuestión es que, a la vez que se producía la victoria angolano-cubana y soviética en la guerra, y tal vez en respuesta a ello, la Agencia Antidrogas de EE.UU. (DEA) reveló tener pruebas indelebles de la participación de Cuba en el tráfico masivo de la coca de Escobar y el cartel de Medellín, lo que colocaba al castrismo en la diana como delincuente internacional.

De forma harto significativa, el chivo expiatorio serían Ochoa y sus hombres del MC, aunque no todos. Tras dictarse la sentencia a pena de muerte contra el general Ochoa, contra el coronel Tony La Guardia, el mayor Amado Padrón y contra el capitán Jorge Martínez Valdés, el Consejo de Estado, presidido por Fidel Castro, realizó el paripé de estudiar si les debía ser conmutada la pena, ocasión que Castro aprovechó para hacer un extenso y abusivo relato sobre las supuestas dejaciones e indisciplinas de Ochoa en Angola, lo que no era, ni mucho menos, el motivo formal de su procesamiento, que se centró en las acusaciones en torno a la red de narcotráfico, montada en fecha muy anterior.

Por la boca muere el pez… y aquello resultó una verdadera confesión de parte, pues a Ochoa se le habían juntado el hambre con las ganas de comer y se amontonaban todas las circunstancias convenientes para su eliminación. Ochoa y La Guardia se autoinculparon en el juicio, quizá porque sabían de sobras que estaban condenados de antemano.

Fueron detenidos el 12 de junio de 1989 y, justo un mes más tarde, el 13 de julio de ese mismo año, fueron fusilados, tras haberse celebrado el juicio más stalinista que se recuerda en la segunda mitad del siglo XX.

-Continuará-




3 Comments

  1. Victor Fernandez Calzadilla dice:

    ¡Excelente trabajo de investigación! ¡Felicidades!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *