La peripecia de película del saqueo del tesoro de la Catedral de Toledo
La Custodia de Arfe fue salvada, las coronas de la Virgen olvidadas y el manto de las 50.000 perlas se lo pulió Indalecio Prieto

4 de septiembre de 1936, mediante una orden verbal del presidente de gobierno, José Giral (de Izquierda Republicana), que fue sustituido ese mismo día en el cargo por Francisco Largo Caballero (del PSOE) y que ocupaba ese puesto desde el día siguiente a la sublevación del 18 de julio, se procede a la incautación inmediata del Tesoro íntegro de la Catedral de Toledo para su traslado a Madrid, a los sótanos del Banco de España.

Diez días más tarde es el propio Largo Caballero (junto a Negrín, Indalecio Prieto y Luis Araquistain, todos ellos del PSOE) el que ordena saquear más de medio millón de kilos de oro en lingotes para su traslado a Rusia.

Aquella misma mañana se personan en la Catedral Primada de Toledo José Vega López (Gobernador de Toledo), Emilio Palomo Aguado (diputado a Cortes de IR por Toledo), Manuel Aguillaume (presidente del Frente Popular en Toledo), Urbano Urbán (representante del Partido Comunista) y Eusebio Rivera Navarro (Capitán de las Fuerzas de Asalto)…

Lo que sigue a continuación y en los próximos días es digno de una película de terror con la que tendrían que haberse construido horas y horas de cine.

Sucedió que ese mismo día cayó en manos de las tropas sublevadas la localidad de Talavera de la Reina, puerta hacia Madrid, y desde el 16 de agosto varias brigadas de mineros traídos expresamente desde Asturias cavaban dos minas día y noche bajo el Alcázar para dinamitarlo tras el asedio del Ejército republicano que se inició el 21 de julio.

El 18 de septiembre, al fin, Largo Caballero asistió personalmente desde un puesto de observación al otro lado del Tajo a la voladura prevista, que causó muchos daños, derribó una torre y mató a dos personas. Pero el general Moscardó no rindió la plaza.

Pero quedémonos en aquel viernes, 4 de septiembre, cuando mediante una orden verbal se presentan aquellos tipos dispuestos a incautar el tesoro catedralicio.

Elaboran en dos folios un reducido inventario para el primer envío que consta de 61 objetos: broches, cálices, copones, superhumerales, esmeraldas, diamantes, una bandeja con “El rapto de las Sabinas” de Benvenuto Cellini, el San Francisco de Pedro de Mena, un Lignum crucis, pectorales, el copón de Cisneros, anillos, cruces, portapaces, además de las coronas y los mantos de la Virgen del Sagrario, entre ellos el llamado de las 50.000 o las 80.000 perlas.

 

Documentos firmados el 4 de septiembre donde se certifica el envío a Madrid del expolio del tesoro de la catedral, ordenado verbalmente por el presidente del gobierno el mismo día que fue sustituido por Largo Caballero.

 

En la segunda hoja se anotó un añadido: “Por la presente se hace constar que, además de la relación reseñada en documento aparte, de esta misma fecha, se envía a Madrid, procedente de la Catedral de Toledo, los tres tomos de la Biblia de San Luis”.

El saqueo en el interior de la Catedral continuó en los días subsiguientes y fueron descolgados de la Sacristía y embalados “El Expolio”, de El Greco, y todas las obras allí presentes de Goya, Tiziano, Rubens, Caravaggio, Rafael, etc.

 

Dos imágenes de la Sacristía de la Catedral, antes y después del expolio de obras de El Greco, Goya, Tiziano, Rubens, Caravaggio, Rafael…

 

Pero previo a todo ello, a finales de julio, apenas iniciado el levantamiento, se había ordenado el expolio de otra de las grandes joyas catedralicias: la gran Custodia del alemán Enrique de Arfe, autor también de las custodias de las catedrales de Sevilla, Córdoba y Cádiz (ésta última procedente en gran parte de la catedral de León, ciudad donde vivía la familia Arfe).

Un mes antes del 4 de septiembre buscaron al arcediano de la Catedral, Rafael Martínez, y al tesorero, Ildefonso Montero, a los que a punta de pistola exigieron que les entregaran el manual que el propio autor, Enrique Arfe, había redactado en el siglo XVI con las instrucciones de montaje y desmontaje de aquella obra colosal. Una vez con el manual en su poder, ambos fueron fusilados, el 31 de julio y el 1 de agosto, respectivamente.

18 kilos del primer oro que vino de las Indias, 183 kilos de plata sobredorada, 5.600 piezas, 12.500 tornillos, 260 estatuillas, 2,5 metros de altura, casi 18 arrobas de peso, esmeraldas de Colombia, zafiros de Ceilán y un bosque prodigioso de filigranas, pináculos, columnas y doselillos para una de las grandes joyas de la Historia mundial de la orfebrería.

Para gran disgusto suyo, el gran maestro de forja Julio Pascual recibió la encomienda del desmontaje y le confiaron el manual de Arfe. Para gran suerte de todos, cuando las tropas del general Varela a las órdenes de Franco tomaron Toledo, el 27 de septiembre, la Custodia estaba aún a medio desmontar, en embalajes y con todos los herrajes en cajas, de modo que Julio Pascual recibió esta vez el encargo de volverla a montar y dejarla como al principio.

 

La custodia de Arfe, con 5.600 piezas y 12.500 tornillos, fue rescatada antes de que pudiera ser desmontada del todo para su expolio.

 

Las otras grandes piezas saqueadas en aquel Tesoro catedralicio eran los mantos y las dos coronas de la Virgen del Sagrario, que viajaron escondidas junto a miles de cuadros, esculturas y joyas de todo tipo extraídas de los museos y catedrales de media España.

 

 

Ante el continuo avance de las tropas franquistas, aquel tesoro fue trasladado por el gobierno republicano primero a Valencia, permaneciendo en las Torres de Serrano y en el Colegio del Patriarca, pero en 1938 fue movilizado a los Castillos de Perelada y Figueras y a las minas de talco de La Vajol.

En cada uno de los traslados, aquel y todos los demás tesoros fueron sufriendo mermas considerables producto de sustracciones y latrocinios de los milicianos y de oficiales de la tropa. Y ya al final se tiene certeza del robo sin cuento ni pudor llevado a cabo por los cabecillas comunistas, entre ellos un comandante de Líster, que sacaron camiones enteros llenos de maletas de joyas con destino incierto de los mencionados castillos catalanes, cuando ya el gobierno republicano había accedido a firmar con el gobierno franquista el compromiso de febrero de 1939, conocido como Acuerdo de Figueras, mediante el cual se trasladarían todos los tesoros disponibles a Ginebra y al terminar la guerra serían devueltos a las nuevas autoridades.

Los tesoros llegaron a Ginebra en un inmenso convoy ferroviario el 14 de febrero de 1939, el mismo medio utilizado con las obras del Museo del Prado. Allí se realizó un primer inventario en el que se encontraba la estatua de San Francisco, de Pedro de Mena, pero no las coronas ni los mantos de la Virgen del Sagrario.

 

El San Francisco, de Pedro de Mena, expoliado de la Catedral, única de las grandes obras saqueadas que llegó a Ginebra.

 

Ni unos ni las otras habían seguido el mismo itinerario… El 20 de agosto de aquel mismo año, cinco meses después de concluida la contienda, apareció por sorpresa una caja escondida en el Castillo de Pedralbes que contenía las dos coronas de la Virgen del Sagrario, una del siglo XV y la otra de 1926, cubiertas de harapos.

 

 

En cuanto a los mantos de la Virgen, entre ellos el del cardenal Cisneros, conocido como de las 50.000 o de las 80.000 perlas, se sabe que no siguió esta misma peripecia, pues se incluyó junto al Lignum Crucis en el inventario que elaboró el socialista y luego comunista Amaro del Rosal como director de la Caja General de Reparaciones para llenar de los tesoros que Juan Negrín sustrajo del Banco de España el yate Vita con destino a México, donde se dio de bruces con el muy delincuente Indalecio Prieto, que se encontraba en aquellos días en el país, quien se apropió del contenido de aquel cargamento y escupió por carta al propio Negrín, presidente de la República en el exilio al que más tarde hizo destituir del cargo honorario y expulsó del PSOE, y nunca más se supo del inmenso cargamento de joyas y obras de arte que viajaban en el yate.

El resto de sus días Indalecio Prieto vivió como un sultán después de fundir todo el oro y de vender las piezas histórico-artísticas del yate Vita, repartiéndose el producto de aquel expolio mediante acuerdo con diversas autoridades mexicanas. No sabemos si durante algún tiempo, hasta venderlo, Indalecio usaría aquel manto prodigioso como alfombrilla de baño o para secarse sus partes íntimas, pero jamás volvió a mencionar nada sobre aquel acto de latrocinio feroz, hasta que Amaro del Rosal, una vez que murió Franco, en 1984, relató en un artículo publicado en la revista Historia16 el inventario que de su puño y letra elaboró de urgencia en aquella jornada ignominiosa. El artículo, una verdadera confesión en toda regla, lo tituló: “El tesoro del Vita: es hora de rendir cuentas” y otro día contaremos aquella otra peripecia infame.




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