La indumentaria femenina, una interpretación de la moda internacional en Sevilla
Fragmento de la obra de Bárbara Rosillo Fairén sobre "La moda femenina en la Sevilla del siglo XVIII"

Los preceptos de la moda femenina a través de los siglos están en estrecha consonancia con los acontecimientos y el ambiente de cada momento. La vestimenta de la mujer es un nítido reflejo de la sociedad, aparte de constituir un lenguaje en sí mismo. El afán femenino por alcanzar belleza no es en absoluto un hecho actual, la escritora Josefa Amar, a finales del siglo XVIII, argumentaba:

 

“La inclinación en las mujeres a adornarse y componerse ha sido de todos tiempos, de todos países y de todas clases. Se adornan las que viven en las cortes, en las ciudades, y hasta en las aldeas» [y continuaba] «sepan finalmente lo extravagante y caprichoso de la moda, que como funda su estimación en lo nuevo, continuamente está destruyendo sus mismas obras.”

 

Francia condujo los designios en moda a lo largo de todo el Siglo de las Luces. El atuendo de la dama dieciochesca alcanzó unas cotas de riqueza y sofisticación absolutas a través de la creación de nuevos tipos de vestidos con una extensa gama de colorido y novedosos complementos. Asistimos a una serie de transformaciones constantes cuando no extremas a finales de la centuria. En tan solo unos años los cambios se sucedieron a una velocidad hasta entonces desconocida; aún así podemos distinguir tres épocas diferenciadas que van aparejadas al devenir histórico: las primeras décadas en las que persisten las formas barrocas y que coinciden con la época final de Luis XIV y el comienzo de la Regencia; el Rococó que abarca el reinado de Luis XV y principios del de Luis XVI y el Neoclasicismo que ocupa aproximadamente los últimos veinte años del siglo.

 

 

El Rococó surgió en Francia confirmando su reputación como líder indiscutible en materia de gusto. Luis XV no tenía el mismo carácter que su bisabuelo el rey Sol. El joven monarca regresó de nuevo el gobierno de la nación al palacio de Versalles y aunque dependía de un protocolo ya codificado, se construyó un mundo privado que reflejaba los gustos más ligeros y menos graves que se prodigaban en la sociedad. El rey relajó la observancia de las normas suntuarias fomentando una época de aparente abundancia. En 1730 mandó redecorar sus habitaciones privadas que claramente revelaban los nuevos aires. Durante su largo reinado (1715-1774), las damas de la corte y las nobles parisinas ejercieron el papel de árbitros y creadoras de moda. El gasto de las mujeres se duplicó al de los hombres, siendo la marquesa de Pompadour (1721-1764), su favorita durante veinte años, la promotora del nuevo estilo y su establecimiento. El Rococó vence al Barroco, en palabras de Werner Sombart:
“Triunfo que no significa otra cosa que la definitiva victoria de la mujer, que conscientemente usa su sexo para apuntalar su posición dominante. El estilo rococó, eminentemente femenino, llego a dominar sobre todos los ámbitos de la cultura. Todas las creaciones artísticas y decorativas de esa época reflejan el triunfo de la mujer.”
El influjo de Versalles se irradió a París y desde ella a toda la nación, donde una pujante y educada clase burguesa comenzó a cobrar un gran protagonismo social a través de los salones y cafés. El salón se convierte en el principal elemento de la sociedad, casi una institución al frente de la cual se encuentra la gran anfitriona que recibe en su casa desplegando refinamiento y cortesía. Estas reuniones están regentadas por damas principales y a ellas acuden literatos, filósofos, aristócratas, artistas y un largo elenco de personalidades de los más diversos ámbitos. El «gran mundo» se mueve en estas veladas donde prima la conversación y la galantería.

 

 

El modelo de salón francés llegó a Gran Bretaña, Alemania, Austria, y también a España, aunque en nuestro país las tertulias fueron más frecuentes, ya que este tipo de reunión intelectual solamente fue presidido por algunas damas ilustradas como la de doña Josefa de Zúñiga y Castro, condesa viuda de Lemos y luego marquesa de Sarriá con la Academia del Buen Gusto, tertulia que comenzó en la madrileña calle del Turco en 1749. También regentaron tertulias la duquesa de Osuna, la condesa de Montijo, la duquesa de Alba y la marquesa de Fuerte Hijar. El salón, que surgió en Francia en el siglo XVII, fue en sí mismo el paradigma más destacado de una sociedad ilustrada donde se encontraba no solamente la aristocracia, sino también la burguesía y la intelectualidad; y es precisamente en este espacio donde la mujer era la anfitriona. La dama francesa cobra un papel activo y se convierte en el eje de esta sociedad galante y educada que busca el placer de los sentidos y promueve una manera de vestir acorde con sus conveniencias.
Pero no solamente ejerce su predominio en los salones, sino que interviene en política asumiendo una significativa preponderancia: No hay nadie que disfrute de cualquier empleo en la corte, en París o en las provincias, que no tenga detrás a una mujer por cuyas manos pasan todas las mercedes y en ocasiones todas las injusticias que pueda hacer. Esas mujeres están todas relacionadas entre sí, formando una a manera de república, cuyos miembros, jamás inactivos se ayudan y se sirven mutuamente: es como un nuevo Estado dentro del Estado.

 

 

La nueva moda produjo un gran impacto no sólo en las casas reales y la alta nobleza, sino también en las clases medias y bajas. De las ampulosas formas del tardo barroco se pasó a un aligeramiento de la silueta femenina. El momento histórico posee aspectos aparentemente contrastados: excentricidad y búsqueda de simplicidad, colores claros y materiales pesados. Nos encontramos ante un estilo muy rico, diverso, refinado y alegre. Los sastres que confeccionaban los diseños a la última moda tuvieron una gran influencia, ya que la buena sociedad trataba de vestir los modelos más recientes. Las revistas de moda, que surgieron durante estas décadas, originalmente iban dirigidas a lectores cultivados, pero poco a poco captaron rápidamente la atención de las clases medias con sus ilustraciones y noticias actualizadas de moda.

 

 

Lady´s Magazine salió al mercado en Londres en 1770. Destinada a mujeres de acomodada clase media, su objetivo residía en entretener a través de contenidos sobre vida social, moda, cultura, literatura, biografías, relatos por entregas, recetas etc… Los textos iban acompañados de elegantes grabados, partituras, patrones de bordado, y algo más adelante, incorporaron láminas de moda en color. Los lectores podían participar con sus escritos, lo que proporcionó a algunas señoras una plataforma para el reconocimiento que les permitió acceder a un mundo hasta ese momento restringido al hombre.

En Francia se publicó entre 1778 y 1788 Galerie des Modes et Costumes Français. Considerada como una de las mejores colecciones de grabados de moda de la historia, fue comercializada y publicada en series de seis. Los cuatro artistas responsables de la obra fueron: Claude-Louis Desrais, que diseñó las primeras sesenta y ocho planchas de la serie, seguido por Pierre-Thomas Leclère y François- Louis- Joseph Watteau. En su último año, Augustin de Saint-Aubin contribuyó con dieciocho. Por desgracia, muchas de las planchas originales fueron destruidas durante el curso de la Revolución Francesa, como objetos asociados a la decadencia del Antiguo Régimen. Unos años más tarde se publicaron Cabinet des Modes o Les Modes Nouvelles (1785-1789)14 y Journal de la Mode et du Gout (1790-1793), hasta la aparición de este tipo colecciones fue difícil conocer las últimas novedades en materia de vestimenta por la sociedad en general.

 

 

La primera serie de grabados de indumentaria publicada en España fue la Colección de trajes tanto antiguos como modernos de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, compuesta por 74 estampas sobre papel avitelado.18 En 1801 se publicó Colección General de los Trages que en la actualidad se usan en España: principiado en el año de 1801, compuesto de ciento doce estampas con representaciones de distintos vestidos de muy diversos lugares de España. Por tanto, nuestro país ya seguía la estela de Inglaterra o Francia en este tipo de iniciativas que se desarrollarán plenamente en el siglo XIX.

 

 

Estamos en el momento de los colores suaves. Los tonos pastel y los estampados con motivos de la naturaleza, se pusieron de moda en la indumentaria de las clases altas ya que deseaban diferenciarse de los tonos vivos, ya asequibles por el pueblo. Los colores rosa y celeste entraron en los guardarropas de ambos sexos. La creación de estos tonos conllevaba un proceso complejo y costoso. Cuando los nobles consideraban que sus ropajes estaban gastados, los donaban a la Iglesia. En aquella época, el color rosa no tenía ningún significado especial, pero en 1729 se declaró color litúrgico.

 

 

Las nuevas formas enfatizan las líneas de la silueta de la mujer a través de amplios escotes, cinturas de avispa y anchos «paniers» bajo las faldas. El «panier» o tontillo, que se puede considerar heredero del guardainfante y el sacristán, llegó a París procedente de Inglaterra en 1719 a través de un vestuario teatral. Parece ser que el artefacto fue objeto de burla, pero rápidamente se puso de moda y no solamente en las capas más altas, siendo protagonista durante cuarenta años. Al principio se fabricó con hierro o madera, pero estos materiales se sustituyeron por las ballenas más ligeras y dúctiles. El «panier» era redondo y estaba formado por cinco o seis aros unidos por una tela encerada. Más adelante su forma se alteró dejando emerger todo el volumen hacia las caderas. El gran espacio ocupado por cada dama como consecuencia de su uso ocasionó todo tipo de molestias, tal y como sucedió en la España del siglo XVII con el guardainfante. A lo largo de la centuria las faldas presentan diversas variaciones mientras que la forma del cuerpo se mantiene prácticamente invariable.

Bárbara Rosillo. La moda en la sociedad sevillana del siglo XVIII. Diputación de Sevilla. 2020. pp. 177-183.




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