Capítulo I de “Criatura Secreta” de Diego De Los Santos. Una inquietante novela para tiempos extraños

Hoy traemos a nuestros lectores el capítulo I de la inquietante novela breve “Criatura Secreta”, nada más oportuno para los tiempos extraños que corren que esta pequeña novela acerca de la intimidad perdida, que expone entre líneas muchos de los desafíos a los que tendremos, inevitablemente, que enfrentarnos, en una nueva realidad que se ha instalado en nuestras vidas desde hace ya bastante tiempo.

SINOPSIS

Rodolfo convive con el cadáver de Matilda hasta que el olor de la corrupción de su cuerpo se hace insoportable. En sus días en prisión, recordará la relación que mantuvo con ella, y cómo la “palabra maldita” hizo que todo saltara por los aires de manera irreparable. Con un final inesperado, que probablemente provoque una sonrisa en el lector, cuando no un pellizco en el estómago, esta pequeña obra aparentemente tan “incorrecta” lo es aún más, mucho más, de lo que aparenta ser. Le corresponde al lector descubrirlo.

CRIATURA SECRETA

Diego De Los Santos

Un verano entre rejas

Las danzas animales de apareamiento derivan de gestos de espanto. El espanto de la amenaza, tomando los gestos de las secuencias de la hostilidad, exagerándolas hasta el énfasis, llama al combate sexual.

Pascal Quignard

Capítulo I

Cuerpo presente

Día 2

Me despierto sobresaltado en medio de la noche, con la impresión de que alguien me ha besado en los labios. Entonces la miro. Y la beso a ella también, pero ya no es lo mismo. Ahora su boca está fría, igual que su corazón. Cuando hace un rato la besé, todavía quedaba algo de esa calidez suya en sus labios, tan carnosos como siempre, todavía era a ella a quien besaba, y su hermosura pudo más que lo dantesco de la situación. Tan era todavía ella, que tuve un espejismo; el pálpito cierto de que, de un momento a otro, abriría los párpados, me miraría indolente, y pronunciaría mi nombre así, como dormida, como tantas veces había hecho:

-Rodolfo…

Ahora sé que este cuerpo no es ella, porque ella ya no está. Y el frío de este beso se cuela hasta el fondo hueco de mi alma, cuando comprendo de repente lo que tanto tememos. Que en un cuerpo sin calor no queda nada; qué sin el cuerpo, de la pasión solo quedan un destello fugitivo y la inmensidad oscura del vacío. Y sin embargo la amo tanto, aún en su frialdad, que la cojo entre mis brazos, y la abrazo, y ella se me escabulle hacia el suelo, como enamorada de la gravedad, y golpea el parquet con su cabeza con un sonido opaco, un sonido sordo que me hace estremecer, ¡como si el daño no estuviera ya hecho del todo!  De pronto parece como si la tierra la amara más que nunca, parecen ser de hierro sus huesos, de plomo sus músculos con los que, siendo tan delgada, casi no puedo cargar. Del dormitorio nos vamos al salón, ese que tantas veces compartimos; y la televisión -que yo le regalé por su cumpleaños- nos observa ahora como un agujero negro, ojo ciego inquisidor de este silencio mío ignominioso.

Solo ahora que es demasiado tarde puedo mirarla con infinita ternura. Y admiro con calma esa belleza suya de chiquilla salvaje y perversa de buen corazón. Su cabellera ondulada se esparce y contrasta suavemente con el tono marrón del sofá, como una llamarada encendida en la penumbra lúgubre de esta habitación, un fuego más oscuro en su interior, que va clareando a medida que nos acercamos a las puntas de sus tirabuzones. Ahora que no ha podido plancharse el pelo se le ha encrespado con la humedad, como a mí me gusta. Recuerdo el primer día que fuimos juntos a la playa. Al secarse al aire, sus cabellos se le encresparon de pronto, enmarcándole el rostro con una plenitud primigenia hasta entonces para mi desconocida. Creo que desde ese mismo instante quedé rendido, a pesar de su azoro, y de que fui incapaz de convencerla de que dejara de plancharse el pelo; era tan desconfiada que pensó que mi pretensión era justo la contraria: que se viera más fea. Y yo pensé: “pues mejor así, con el pelo liso nadie descubrirá a la otra Matilda”, tal era la turbación y el miedo que tuve de pronto a que, por no merecerla, el destino me la arrebatara. Y quizás fue aquel primer pensamiento indigno, el comienzo de nuestro envilecimiento. Ahora puedo contemplar en paz este cabello ondulado, y ahora que ya no representa un peligro puedo al fin amarla como siempre quise, como sabía que en el fondo la amaba, pero que la palabra maldita no me dejó expresar nunca, ¡ni siquiera ante mí mismo, ante mi propia desnuda y patética soledad! Solo ella, quizás, tan lista era, sabía cuánto la amaba.

Viéndola así, como dormida, parece que ha recuperado la paz primera que tuvo a mi lado, cuando tras el inicial desconcierto, se sosegó. Como al principio de conocerla yo le huía, y me escurría de su presencia porque ya notaba “algo” inquietante en ella, ese “algo” se le despertó por dentro, como una especie de rebeldía que no aceptaba un no por respuesta. Quién sabe si quizás eso fue todo lo que sucedió. Pero una vez despierta por primera vez esa rabia, ella misma se vio arrastrada, hasta el extremo de que se transformó su cuerpo, se alargaron sus piernas, se abrió el arco de su pelvis, los hombros se le terminaron de cuadrar y hasta le crecieron los dientes; creció incluso en altura, y sus glúteos se elevaron hasta que ya no pude resistirme a su arrolladora y discreta insistencia caníbal. Y aquí y ahora, en este amargo silencio, contemplo de nuevo la belleza que descubrí en los ángulos oscuros de su cuerpo, y recompongo sin interferencias la imagen fiel que de ella se formó mi cerebro tras su extraña transformación. Formas recreadas entonces en la soledad de las tardes de estío y de mi habitación, caricatura amable de su belleza arcaica, recién aflorada, y preludio de lo que vendría poco después.

Cuando ya fuimos “pareja”, me quedaba casi todos los días a dormir en su casa, en esta misma casa, de la que ella me abrió las puertas (tuve hasta una llave una vez de esta casa, pero después de la palabra maldita, ella me pidió que se la devolviera). Yo, mucho tiempo atrás, ya había soñado con ella, y ahora, por primera vez, un sueño no me defraudaba. Y no solo no se descomponía en presencia de la luz como todos los demás, sino que éste brillaba hasta cegarme el entendimiento. Yo creía entonces que aquello era la felicidad. Fueron un septiembre, un octubre, y un noviembre de crepúsculos dorados, donde nos olvidábamos de todo, puro presente para mi hasta entonces desconocido, ese desnudo y recto camino hacia la virtud que buscaban los estoicos. Y así, virtuoso y feliz, sentí el soplo divino durante aquel brevísimo otoño, que me erizaba la piel del cuerpo y del alma. Pero ya basta, ¿a qué viene ahora esta lucidez inútil, que acude a despejar las neblinas de la mente cuando ya nada importa?  Mejor hubiera sido gozar de la ignorancia para siempre. Igual que entonces. Ella olvidaba, yo olvidaba, empezábamos a creer y todo fluía con las estaciones, como a veces, antes de conocerla, había imaginado que deberían ser las cosas. Ahora, al recordar aquellos días noto casi una intención libidinosa en mí, más fuerte incluso que cuando estaba viva, que extraño es todo…. Sí, ahora que ella no representa una amenaza mi cuerpo se libera, y se expresa, en su libertad desnuda de animal primigenio. Pero no, no llegaré al extremo terrible de profanar un cadáver, y menos aún el suyo, me limito a poner la mano sobre su nalga fría como un témpano, y comprobar de nuevo su textura interior, el tono muscular de carne comprimida en el envase ajustado de su piel, un tono que ni ahora ha perdido. ¡Oh criatura maravillosa!

Todo parecía tan ideal que se presagiaba lo peor. Y llegó. Llegó diciembre, y el año se despidió con la palabra maldita. La palabra que Eva quiso conocer, a pesar de la advertencia de su intuición divina. La palabra que quiso oírse decir en la soledad de su eco, frente al espejo. Y la que, finalmente, como fruta prohibida, me hizo oír a la fuerza, compartiendo conmigo la expulsión del paraíso en ese otoño que ya agonizaba. ¡No tuve a mano la cera de Odiseo, ni la sagacidad del hijo de Ítaca para impedírselo! La tentación de Eva de ejercer el poder de la palabra maldita, en un juego macabro, la tentación de sentir el poder del espanto, ese que no le correspondió en la noche de los tiempos, fue mayor, durante un segundo, que toda la luz dorada del otoño. Y en ese instante salimos del sueño inconcluso que estábamos tejiendo. Solo había que cambiar el Universo para borrar aquel nuevo pecado original. Para recomponer los mil pedazos del espejo quebrado, aun frágilmente en pie, solo había que desandar el tiempo. Yo traté de hacerlo. Casi lo consigo. Pero llegué demasiado tarde, como casi siempre ocurre.

Y, sin embargo, quizás todo podría haberse visto de distinta manera, y entonces yo no estaría aquí y ahora, en esta habitación, desnuda ya de todo. Yo podría no haberla provocado para que la pronunciara. Podría no haberla puesta a prueba. Podría no haber conferido poder a la palabra maldita, y entonces todo hubiera sido distinto. Podría … sí. Y ella podría haberse mordido los labios, igual que mordía los míos cuando se veía poseída por su ancestro. Pero la fascinación del espanto triunfó sobre nosotros. Los colmillos de la fiera que nos habita siempre quieren tener la última palabra.

¡Ay!, ¿cómo es que ahora, que nada tiene ya remedio, comprendo de repente tantas cosas? ¿Cómo es qué, en vez de verle el lado bueno, solo veía el malo? Al poco de conocerla ya me decía, insolente: “Es qué tú eres muy mayor para mí”, pero luego, cuando notaba mi enfado –o mi tristeza, no recuerdo bien- enseguida acudía a lamer las pequeñas heridas que tanto le gustaba provocar.  Pequeñas porque yo aún estaba libre de su influjo, así que un día le dije tranquilamente y casi sin mirarla: eres un bicho Matilda, y me haces gracia…. pero conmigo no…. Una tibia advertencia que quizás fuera una provocación, quizás fuera el bicho lo que mi vacío anhelaba, o al menos así se la tomó ella. Porque le faltó tiempo para darme el primer mordisquito cariñoso, que me supo a dientes de cocodrilo. Y aunque me recordó sin atisbo de duda que yo aún estaba vivo, también me asustó, y me revolví sobresaltado en la cama. Y ese ejercicio mío de desconfianza acabó convenciéndola de su poder; y, finalmente, de su malignidad; impulsándola a actuar en lógica consecuencia. ¿O no fue así? Sí, yo construí mi propio monstruo, mi propio Frankenstein hembra con tirabuzones, con esta curiosidad inmunda que tengo por desentrañar las vísceras de las cosas, ¡hasta alcanzar la podredumbre que toda vida inevitablemente encierra! ¿Tan importante era llegar al fondo de su alma, dejando a un lado el discurrir silencioso de la vida, el latir deslumbrante del sol, incluso el gélido escalofrío de los besos de hielo? Que necedad perderse en las explicaciones sin fin mientras las cosas se nos escapan entre los dedos. Pero era el miedo, él es siempre quién exige las explicaciones. Para tranquilizarse. Y éstas nunca son suficientes, porque el miedo, por definición, es una pobre criatura irracional que solo desea huir, aunque se enmascare con sus circunloquios; solo pretende justificar esa huida con explicaciones interminables, porque se avergüenza de sí mismo. Para vencer al miedo hacen falta algo más que razones; hace falta lo contrario de ellas: corazón, un corazón que se olvide “de que tienes cuerpo”, como decía el maestro Belmonte. Sí, debí haberme olvidado de que tenía cuerpo, haber tenido fe, y haberme entregado a la vida bajo esos rayos de sol que secreta y divinamente amparan al que no teme perder su vida. Porque sólo los que temieran perderla ¡ay!, la perderán.

¡Qué ansia de perfección tenían mis temores!  ¡Qué absurda pretensión de idealidad que ni los dioses contemplan! Qué odiosa vanidad, causa de mi perdición. Desde el principio una pequeña mota era algo gigantesco, en mi necia indignación de que, por culpa de esa mota, todo no fuera perfecto, una perfección que, creía, me garantizaba salir indemne. Pero solo la muerte es perfecta, sin matices, y ahora que la tengo junto a mí, que puedo incluso cogerla entre mis brazos, ¡como añoro aquellas imperfecciones que, estando tan vivos, era inevitable que cometiéramos cada día!

De repente el sordo ronroneo de mi mente parece esfumarse, dando paso a un silencio limpio, como de cristal, como de iceberg quebrado a punto de romperse. Un silencio perfumado que siempre estuvo ahí, pero que ahora amenaza con estallar, y seccionar las pocas arterias que aún me mantienen vivo. Un silencio desnudo, de amanecer salvaje, de gruta y olores vespertinos, de criatura aún no emancipada de la Tierra, que pende de los ruidos más insignificantes para sobrevivir. Es éste un silencio inmenso, esencial, como de quieto océano submarino, en el que la mínima contingencia será amplificada hasta lo insoportable para las ballenas. Pero no, no es éste el silencio de la calma, sino aquel terrible que sigue y aún precede al desastre, a punto de estallar. La conciencia del mundo hecha silencio, y de su finitud inminente, y de la nuestra. Si estuviera viva, podría oírsele ahora latir su corazón inquieto en esta calma, oscura prolongación de una eternidad que permea lentamente las paredes de esta casa cual mancha de humedad que solo el alma ve. ¡No más discusiones! ¡No más reconciliaciones! No más oportunidades para decirnos lo que no nos atrevimos a decirnos, ahora que entre nosotros se interpone este silencio, simplemente helado, inabordable, como sus labios fríos y resecos. Igual debe estar ahora su garganta, si ella quisiera hablar ya no podría articular sonido alguno por falta de saliva, es tan importante cualquier detalle de la vida que nunca apreciamos. Aunque podría escribir las palabras en un papel y yo las leería…. ¡Ay!, creo que debería dormir un poco, ¿pero junto a su sueño? ¡No! Con su sueño es bastante para los dos, me corresponde a mí permanecer despierto hasta que todo acabe, ¿o es que acaso no ha terminado todo ya?

Creo que he dormido una hora, dos…. tres… y me incorporo en la cama con una insoportable sensación de miedo y soledad. La habitación está a oscuras, así que no puedo verla; me acerco y tanteo, ¡el lecho está vacío! Todo está gélido a mi alrededor, ¡incluso yo empiezo a estarlo!, y tiemblo de frío cuando debería hacerlo de locura. Lentamente me acomodo a este aire helado, nos hacemos amigos, y él me insufla su lucidez cristalina, como de mil espejos. Tras el destello de una intuición fugaz, se trasmuta la oscuridad de mi mente en luz pura, inequívoca, dando forma nítida a mi calvario. ¡Lo ves todo tan claro cuando ya no hay remedio! Más que verlo, se te presenta en pie, frente a ti, como una verdad de piedra inapelable. Por eso ahora veo claramente a la Sombra. Es la silueta de un hombre, alto, con sombrero de ala ancha y capa sobre los hombros, apoyado en el quicio de la puerta. Está ahí mismo, ni siquiera me mira; sé que ha venido a por ella. Intento mover un brazo, pero no puedo. La extraña presencia me ha paralizado de terror. Mi cuerpo reconoce algo, reconoce el poder oculto de esa cosa con sombrero, y solo trata de pasar inadvertido. De acuerdo. Pero mi mente desesperada en más fuerte que la cosa. Miro de nuevo y la Sombra ya no está. He ganado una prórroga, aquí, junto a Matilda, que de pronto está otra vez presente. Aunque ya es inconcreta, está dispersa por la habitación, en las esquinas del techo, cosquilleándome en la cabeza. Puedo oler su perfume, casi sentir su aliento cerca, muy cerca del mío. Parece que la presencia de la cosa con sombrero la ha hecho salir al fin de su cuerpo, como una criatura sale al fin de su guarida azuzada por el humo y los perros. Pero ella se ha quedado por aquí cerca, en los aledaños de su pobre cuerpo, triste y hermoso tirado en el suelo del dormitorio -ha debido resbalarse de la cama- y, quién sabe si quizás se ha quedado también por mí. He ganado un poquito de tiempo para entenderlo todo hasta el final, y en el pecado de la curiosidad irá la penitencia de saberlo.

¡Todo es tan evidente ahora! Hasta los más nimios detalles adquieren su color preciso en el cuadro de lo acaecido hace solo unos meses, unos días, unas horas. Está es la venganza más refinada del destino, el mantenernos ciegos mientras haya esperanza, para abrirnos los ojos cuando ya nada es posible. ¡Ay!, ojalá pudiera llorar y desangrarme en llanto. Pero ni eso me es concedido por el cielo, el mismo cielo que amé, que todo me lo dio, y todo me lo arrebató, finalmente. Estaba escrito que así sería, pero no de este modo, no demasiado pronto, no de esta forma inesperada y brutal. No con esta extinción de nuestra estirpe. Me levanto y apago el climatizador, mi cuerpo está tiritando. Ya no me queda nada que hacer sobre esta bola gris que gira, y esa certeza es mi único consuelo, ahora que todo ha terminado. Todo parece fácil de repente.




 

 

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2 Comments

  1. Victoria dice:

    Buenísimo, para cuándo el próximo capítulo?

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