Solo algunos recuerdos a oscuras

Podríamos decir que esto no es un artículo sino una acción de gracias.

Mis primeros recuerdos, los más antiguos y vividos, van ligados a una sala oscura, a una sala de cine, cuando el acudir a una de esas grandes salas a ver un estreno, o ni siquiera eso, pues en aquellos años existía la laudable costumbre de reponer películas clásicas en salas de estreno, era toda una fiesta.

Recuerdo haber visto de pequeño, por ejemplo, a Vivien Leigh, de la que me enamoré locamente, diciendo aquello de «A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre» en  Lo que el viento se llevó, al menos cuatro veces en el cine, aparte de las otras muchas que, después, la habré disfrutado en televisión.

Eran tiempos en que cada Semana Santa era una nueva oportunidad de ver Ben- Hur, Quo Vadis o La Túnica Sagrada en una pantalla enorme y con sonido cuadrafónico. Y en que cada año, ya lo he referido en alguna otra ocasión, los curitas salesianos del querido colegio de la Trinidad de mi infancia y adolescencia nos llevaban al vecino y hoy transformado en ya no se qué horror de hipermercado, cine Alkazar de la calle María Auxiliadora, a ver, y cada año parecía distinta, Los Diez Mandamientos, del gran Cecil B. Demille, aquel que había dicho la mítica frase “una buena película debe comenzar con un terremoto y a partir de ahí ir subiendo”, o algo así…

Recuerdo que mis padres nos llevaban a todos los hermanos a ver toda película musical que se estrenase. Sonrisas y Lágrimas cada año, era un fijo en la quiniela, un clásico familiar, podríamos decir, y sus canciones se convirtieron en himnos cantados al unísono en casa, pero también el Oliver de Carol Reed o incluso El Violinista sobre el tejado con Topol o La Leyenda de la Ciudad sin nombre con un maravilloso Lee Marvin cantando con una voz que olía a whisky del malo “Wand’rin star…”.

Antes que eso, cuando yo apenas tendría seis o siete años recuerdo haber ido con mi abuelo Antonio a ver Doctor Zhivago del maestro David Lean al querido cine Delicias, al lado de la avenida de la Cruz Roja, donde tanto él como, cuando él falleció, mi tío Pepe, me llevaron a ver clásicos como Los Tres Mosqueteros de George Sidney, que también parecía un musical, pero sin canciones, y que protagonizaba un D, Artagnan hecho a base de pasos de bailarín por un genial Gene Kelly, o Lawrence de Arabia, también de Lean e incluso esa larguísima película sobre el desembarco de Normandía que se llamó, claro, El día más largo y que integraba en su reparto toda una constelación de estrellas del cine clásico, desde John Wayne pasando por Henry Fonda, Robert Mitchum o Richard Burton.

Y cada de una de esas sesiones de cine era una celebración, algo inédito, irrepetible, pero que volvía a suceder cada semana, si había suerte y nos portábamos bien.

Cuando se aproximaba el fin de semana yo comenzaba con mi estrategia de cara a que mis padres entendieran que quería ir al cine. Esta consistía en tararear incansablemente y a todas horas, fuera en las comidas o viendo la tele o en la ducha, la sintonía de aquella compañía de distribución de anuncios en salas de cine que precedía en aquellos años a los trailers y las películas, era una sintonía pegadiza que incluía el nombre de la empresa, algunos de ustedes la recordaran, Cinedis. Casi siempre sucumbían a mi persistencia que era más bien pesadez, sobre todo porque a ellos también les encantaba ir al cine.

Para calmar mis ansias cinéfilas mi padre me llevaba cada domingo a unas sesiones infantiles matinales en aquel cine que se llamaba Lux, también del barrio de mi infancia, en el barrio de Pio XII, entre la Cruz Roja y la avenida de Miraflores, y donde se proyectaban programas dobles siempre consistentes en péplums italianos y de clase B protagonizados por el culturista y no demasiado mal actor Steve Reeves y similares, o en films protagonizados por él en aquel tiempo famoso luchador mexicano que llevaba como sobrenombre Santo, el enmascarado de plata. Pero donde a veces se colaban clásicos como el Barrabas de Richard Fleisher protagonizado por Anthony Quinn y Silvana Mangano o el Ulises de Mario Camerini y Mario Bava con Kirk Douglas y otra vez la bella Silvana Mangano y el rudo Quinn.

Pero casi siempre lo mejor de esas sesiones dominicales eran los cortos que precedían a las películas. Ahí conocí y comencé a amar a Charlot, al Gordo y el Flaco, a Harold Lloyd o a Buster Keaton y a disfrutar de los cortos del Pato Donald, Mickey o Tom y Jerry, que aún no era fácil ver en televisión. Cuando me recogía mi padre a la finalización de la sesión (entraba a las diez de las mañana y salía a las dos de la tarde) era, casi, el niño más feliz del mundo. Y digo casi porque, para serlo del todo, faltaba la guinda del pastel, que consistía en el ritual inexcusable de cada domingo consistente en, tras el cine, acudir con mi padre al quiosco de la esquina de mi casa y comprar el numero semanal del Capitán Trueno y el de El Jabato con los que, tras almorzar a toda prisa, me encerraba en mi habitación para devorar sus viñetas e imaginármelas, ellas también, proyectadas en una pantalla enorme y en sonido estereofónico, y así, seguir soñando…

A mí, como a tantos otros niños de entonces, el cine y aquellas salas oscuras donde unas cortinas, al recogerse, nos descubrían una pantalla gigante donde se proyectaban sueños, me enseñó a crearme una vida distinta a la de los demás, una vida en la que podíamos ser, dependiendo del día, centurión romano, marine en Normandía, Comandante del Séptimo de Caballería, mosquetero en la Corte de Luís XIII o el Horatio Hornblower de El hidalgo de los mares de Raoul Walsh.

Eso hizo por mí el cine, y por eso ese niño que fui y que desearía seguir siendo un poco hasta el final de mis días, le estará eternamente agradecido.




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