Que se salgan ellos, yo no

Resulta irónico pasar toda una vida “defendiendo a la Iglesia” contra los exabruptos de anticlericales y progres y cínicos, de hablar o callar según fuera posible escuchando burlas e improperios (y el panorama político y social no ofrece perspectivas vitales muy distintas, más bien la misma agudizada)… y luego, en diversos momentos, tener que exclamar internamente: “Pero, ¡si parece que, ante mi horror, tienen razón! (los cínicos)”.

Toda una vida tratando de desmontar, con escasa fortuna (los cínicos no están dispuestos a dejarse convencer, quieren sólo ofender; tratar de razonar con ellos es batalla perdida) los topicazos anticlericales más burdos… y al final comprobar con espanto que muchos se cumplen.

Uno de los más comentados es el que llaman irónicamente “el divorcio católico”, tan practicado por ricos y famosos, el del Tribunal de la Rota. Los singulares casos de las segundas bodas eclesiásticas y católicas de Camilo José Cela, de la Preysler, de los hermanos Rivera Ordóñez ambos dos… se comentan con comprensible sorna. Hay estampas grotescas. Se cuenta que la ex de nuestro rollizo Premio Nobel exclamó con cierto humor: “¡A mis años, y me he convertido en madre soltera!”. Parece que el empeño brutal en anularse, a esas alturas, era para que Marina Castaño pudiera ser marquesa… En fin: los casos histriónicos se multiplican, para deleite de cínicos anticlericales, y sufrimiento de los pobres sinceros devotos de a pie…

Y quien, por puro instinto de fidelidad, trataba de justificar como fuera tales desmanes, se dedicaba a argumentar: “Bueno, si la gente le miente a los curas –primero, a la hora de casarse, dicen: “Sé lo que hago”, luego aseguran que “en realidad no lo sabían”, pues ellos (la Rota), ¿qué van a hacer? Deben presuponer que se les dice la verdad…”. ¡Cuántas, cuántas veces hemos sacado algunos la cara en defensa de lo indefendible!

Y un buen día llega el momento del chasco monumental, el que jamás se esperaba ni en las peores previsiones. Que una institución de la Iglesia – la Rota en este caso- fuera benévola con los poderosos… pues es criticable, sí (y para muchos, entre los que jamás me he contado, muy entretenido de criticar), pero bueno, siendo realistas, comprendiendo las debilidades humanas, pues… todavía hay que antropológicamente  comprenderlo. Hace falta mucho heroísmo para resistirse a tantas presiones; en un momento dado, hay que ser un poco benévolo ante actitudes que tampoco reflejan una gran maldad, sólo una inevitable acomodación al mundo… Vale, vale, sí. No censuramos.

Pero llega, como digo, el super chasco. Habíamos medio aceptado esa acomodación, esa complacencia con el poderoso tan difícil de evitar en todo tiempo y lugar. Pero llega la otra cara. Resulta que la Rota, para disimular, para hacerse perdonar (seguramente ante ellos mismos más que nada, no engañan a muchos más) el “pitorreo” en que se han convertido las anulaciones, pues se ve que cada X número de peticiones concedidas decide rechazar una (con la misma arbitrariedad con la que en el aeropuerto registran una maleta de cada diez), sólo para no quedar como tan blandos. La que toca rechazar, eso sí, nunca es la de un poderoso. Y, una vez seleccionada, da igual que sea un caso nulo “de libro”, de boda juvenil apresurada con cara de circunstancias en entornos de costumbres sociales bien distintas de las de ahora (un caso de los catalogados por el Papa como nulos sin discusión). Es la que toca; no lleva presiones especiales (no hay de por medio una futura marquesa ni una exclusiva de boda con el Hola; no hay amaños pagados de falsos testimonios, ni retorcidos informes psicológicos); por tanto, con la misma injusticia supina con la que ejercen la máxima benevolencia en unos casos, pues juegan ahora a un inconcebible rigor. La idea de buscar la verdad parece que ni se les ocurre. “El caso es que no se diga que las concedemos automáticamente. Ya hemos dado este año un No. Ya estamos con el camino más despejado para el torero o el aristócrata que venga”. 

Una hasta “disculpaba” el halago al poder, tan dificilísimo de evitar. El pisotón al débil ya tiene menos excusa. Sonreírle al poderoso es “sólo” una acomodación blandengue. Pero abofetear al débil indica falta de escrúpulos, incluso una cierta maldad.

“Pero, ¿y cómo no te sales (de la Iglesia)?”, repiten una y mil veces, asombradas, voces amigas.

Pues NO me salgo. 

Es como decirle al Apóstol San Juan (sí, por una vez, como licencia poética, comparémonos “modestamente” con el bello y fiel discípulo predilecto), como decirle a San Juan: “¡Hombre, salte del club! ¿No ves que ahí está Judas?”. Pues San Juan contestaría: “Que se vaya Judas. Yo me quedo”.

Lejos de invitar a la apostasía, este artículo encarece a los pocos católicos convencidos que hay a que no se dejen echar. Los que creemos nos quedamos. Que se vayan ellos.




1 Comment

  1. Maloma dice:

    Muy bien dicho (y escrito), Gloria. No prevalecerán.

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