Los menores inmigrantes no acompañados llegados a las costas andaluzas tienen difícil solución. Al contrario que los subsaharianos, muchos con una formación técnica y ganas de abrirse paso en el mundo del trabajo, los menores son casi todos marroquíes. Al ser tutelados de la Junta de Andalucía ésta es la responsable de su custodia, formación y futuro. Y está desbordada. A pesar de que el Gobierno de Sánchez ha negado una y otra vez que no existe el efecto llamada, ahora visto lo visto, reclama más ayuda de la Unión Europea y una solución conjunta. Eso es reconocer que la política de hacerse la foto progre con el barco Aquarius no ha funcionado. Los centros de menores inmigrantes son difíciles de gestionar. No son un correccional, pero tampoco un campamento de vacaciones. Cualquiera que haya hablado con sus directores sabe que los menores se escapan con una facilidad pasmosa. Una vez en la calle lo más inmediato es acudir a sus contactos, los cuales les ofrecen para ganar algo de dinero el trapicheo de lo prohibido. Luego vuelven para que les den protección y alojamiento. Su futuro profesional es más bien escaso. Se puede perder parte de una generación que África necesita para afianzarse su futuro. Es ya una cuestión de supervivencia. Los falsos mitos de que en Europa todo es gratis, se hace uno pronto rico y podrá integrarse fácilmente funciona. Nuestra capacidad de acogida es limitada. No podemos crear falsas esperanzas porque nos estallarán en la cara. A la Junta de Andalucía ya le ha ocurrido: clama ayuda desesperadamente a otras comunidades para pasarles menores. Hay que buscar otras alternativas y no mirar más de lado este gran problema.