El plástico y la moral (I)

En una revista, dentro de un reportaje dedicado a la malignidad de los plásticos, una celebérrima y joven actriz declaraba con aire serio: “Nunca me veréis con una botellita de plástico en la mano”.

Magna afirmación, similar a las de otras figuras célebres cuando defienden, a su peculiar manera, la causa ecológica. ¿Su peculiar manera? Sí, ese aire solemne, virtuoso, de cierto reproche; que parece apelar a la moral, a lo que de más noble y generoso pueda correr por nuestras venas…

Habría que preguntarse: ¿Es éste el tono más adecuado para ayudar, en este caso, a reducir el consumo de plásticos?

Muchos opinamos que en cuanto a principios morales regidores de nuestra vida, lo mejor es que éstos sean pocos y que merezcan la pena. Los escuetos Diez Mandamientos son una buena orientación. Pero la inmensa mayoría de normas y regulaciones que nos acosan no tiene mucho que ver con la moral. No es intrínsecamente “inmoral” aparcar ahí mismo el coche, pero no debemos, pues lo tenemos prohibido por una pura cuestión práctica de organizar el tráfico de alguna manera. Mañana cambia el sentido de una calle, y lo que ayer estaba prohibido hoy es obligatorio, y aquí ni la moral ni la ética han intervenido en nada. Como eso, centenares de leyes y normas y plazos y requisitos y formularios y permisos y de todo. No es por “moral”; es por organizarse.

Y pasemos al plástico. Los objetos de uso cotidiano a bajo precio hechos de este material fueron un notable invento del siglo XX.  Decenios más tarde, se cayó en la cuenta del daño que esto causaba al medio ambiente. Diríase que la reacción lógica por parte de gobiernos y autoridades competentes sería la de fijar normas (¡será por normas!) para limitar la fabricación de los productos más nocivos, y promover alternativas. En efecto, se ha tomado alguna medida, por ejemplo limitando las bolsas de plástico, cosa a la que nos hemos habituado sin más aspavientos. Pero parece que es la única. Es decir: diríase que en vez de solucionar el asunto con medidas prácticas (con lo poco que se arredran a la hora de regular, cambiar, multar, disponer en todos los ámbitos), quieren llevarlo al campo de la moral. Quieren “concienciar”.

Desde hace años se nos bombardea con mensajes morales y educativos para hacernos caer en la cuenta de cuán malos somos – sí, de que consumimos yogures, y, ¿sabe cuánto tarda en desintegrarse un envase de yogur? También les damos a los niños pajitas para beber y, ¿no sabe el daño que hacen millones y millones de pajitas de plástico?

Se me ocurre que estas son cuestiones que entran en la categoría del “prohibido ir sin cinturón de seguridad”. Si tan malísimas son, por ejemplo, las pajitas para beber, pues prohíbanse sin más (no amo las prohibiciones, pero nuestros gobernantes muchísimo). Salvo el fabricante, nadie lo lamentaría en exceso, nos acostumbraríamos enseguida. ¿Por qué entonces prefieren hacer una lenta campaña como de evangelización, pretendiendo transformar el corazón de cada persona para convencerla, y que, motu proprio, aborrezca el desperdiciar una cañita? ¿Tenemos que acudir a la parte más noble de nuestro ser, la que medita en la justicia, la que hace examen de conciencia, para cosa tan absurda…?

Tal vez ven que hay un vacío tan enorme de verdaderos principios, que ofrece un buen campo para rellenar… Impongamos dogmas; se absorberán, “como en tierra reseca agostada sin agua”.



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