El agua del grifo

La civilización occidental es la única que se critica a sí misma constantemente. Es lo más distintivo nuestro.

Y llega un momento en que tanta recriminación, como si fuéramos muy malos por el hecho de haber nacido aquí (seremos malos por otras razones, porque, como todas las personas, del primer y segundo y tercer mundo, padecemos rencores y envidias y vanidades y concupiscencias. Pero no por recibir electricidad), tanta autoflagelación puede exasperar a veces.

Pocos se atreven a decir, aunque la idea, como un relámpago, se les cruce por la cabeza, algo así como: “Señores: O somos muy malos y nuestro sistema no hay que imitarlo; o, ya que todos quieren vivir como nosotros, nuestro modo de organizarnos tendrá algo de bueno; algo digno de estima será el procedimiento por el que hemos llegado a nuestro estilo de vida”.

Continuamente nos autoflagelamos criticando el consumismo (las almas inocentes tememos la Navidad por la ola censuratoria que se nos echa encima desde todos lados, sardónico-escépticos por una parte, moralistas-censuradores del consumismo por otra. A tratar el próximo día).

A veces se oyen frases como: “Es una vergüenza para Occidente que en muchos países no se disponga de agua corriente”. No dudamos de la buena intención de estas palabras, impregnadas, suponemos, de un deseo de ayudar al prójimo (o al lejano, mejor dicho; lo que siempre es más neutro y más cómodo. Personas que no pueden molestarnos ni caernos mal). Pero, ¿meditamos esa frase?

¿Por qué los europeos disponen en todo momento de un grifo de donde sale agua potable (hasta los indigentes disponen de eso, en cualquier edificio público, o hasta pidiéndolo en un bar)? Pensemos un momento, ¿por qué? Pues… hay fontaneros, ingenieros; detrás de ellos, químicos y científicos de todo tipo; detrás de ellos, un sistema de gobierno, de impuestos, de organización; detrás de eso, un desarrollo de la seguridad social, de políticas sanitarias; también (por antipático que resulte), un sistema bancario. La evolución social, económica y política, unida al progreso científico, unida a mil elementos, todo eso provocó en Occidente una evolución que hizo que al día de hoy (y no mucho antes. Hasta finales del siglo XIX, nadie en este planeta, ni reyes ni emperadores, tenía un grifo de agua potable) exista un servicio de agua corriente que llega prácticamente a todas partes. Un avance increíble, un progreso material enorme, una comodidad inimaginable hace sin ir más lejos doscientos años.

Es algo que no surgió por las buenas. Técnicos topográficos, Confederaciones Hidrográficas, revisores del contador del agua, reuniones de la comunidad de vecinos, fontanero de guardia el sábado por la tarde y… si enumeramos todas las personas implicadas en que gocemos del lujo de tener agua corriente, a lo mejor resulta que estamos incluidos hasta todos. Todos la disfrutamos, pero todos colaboramos. No nos cae del cielo. La de la lluvia, sí. La de nuestro lavabo, no.

La disfrutamos y por ende queremos que esa facilidad llegue a todo el planeta (del mismo modo que queremos que todos dispongan de vacunas, etc.). Múltiples ONGs se esfuerzan por ello, pero no resulta tan fácil. Instalar unas tuberías desde un pozo en un país “en desarrollo” se puede hacer y se hace, pero el mantenerlas requiere una evolución armoniosa de todos los elementos del país en cuestión.

El ayudar a los que tienen materialmente menos es algo loable (y principio característico de la civilización occidental – obedecido más o menos, pero sin duda instalado como principio). Pero las frases grandilocuentes con autoflagelaciones ridículas (puestos a hablar así, ¿no es una “vergüenza” que en Europa nos pasáramos tantos siglos sin agua corriente?) no ayudan a nadie.




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