Afirmaciones falsas y pomposas

Viajar en autobús, al menos para quien no ha de hacerlo con excesiva frecuencia, tiene mucho de placentero. Hay una fruición, una calma especial, en eso de ubicarse donde sea posible, desentenderse del tráfico y de la conducción, y contemplar el panorama de la vida a través de las ventanas. El itinerario, las paradas, tienen algo de romántico… Y a veces, a algún niño de los que aún no han perdido la capacidad de asombro se le oye preguntar: “Mamá, ¿el autobús cómo sabe adónde vamos?”. 

Cercena bastante esa fruición y romanticismo la megafonía actual de los autobuses de Sevilla: “Se ruega se abstengan de hablar en el autobús”. Sí, han oído bien, no dice absténganse de fumar o de distraer al conductor, las clásicas prohibiciones tan razonables… Está diciendo: Hablar. Ahora en los autobuses no se permite hablar.

(Y los libros de texto de nuestros hijos, insistiendo sobre lo absurdo y fanático que era el Antiguo Régimen, y lo injusta que era la idea de la monarquía absoluta, antes de que se “descubriera” la libertad…)

Pero otros detalles vienen también a herir nuestra instintiva simpatía hacia ese gran vehículo, el autobús. Por ejemplo, la leyenda en letras enormes, imposibles de no leer aunque no se desee, que vemos, con horror, en la trasera  de uno de ellos. “Mientras más protegidos estamos, más confianza tenemos; y mientras más confianza transmitimos, más hacemos que el mundo avance”. 

Nos enfrentamos aquí (lo que anuncian no he querido averiguarlo) a una de esas sentencias cuyo simple aire moralista y bondadoso parece que debe producir una adhesión indiscutida.  Empezamos diciendo que la frase parece bienintencionada, y que lamentamos el quedar como antipáticos oponiéndonos a algo que suena tan inocente. Pero hay cosas más importantes que el caer bien…

En la enseñanza moderna apenas se hacen afirmaciones contundentes. No hablo ya de moral ni ética, sino de conocimientos básicos de todo tipo, por ejemplo: “París es la capital de Francia”. Justo en la edad en que los niños están más prestos a absorber verdades esenciales, y basta el enunciarlas solemnemente para que las crean… pues se evita el exponerlas con claridad. En los libros de texto para niños de seis años se les dice: “Vete a Internet y busca cuál es la capital de Francia”. La idea es “que aprendan a buscar información”. La realidad es que entonces las ideas centrales se dispersan; crecen pensando que no hay nada concreto y seguro; el tiempo empleado buscando y copiando y comparando con lo que hace el compañero, y acaso hallando resultados dispares, hace que la atención se disperse… La misma nefasta idea pedagógica lo dice: lo importante es el método, que aprendan a buscar, que aprendan a dialogar, que aprendan a… Que existan unos contenidos básicos que deben saber, eso diríase que hasta se duda.

Acostumbrados a esa vaguedad, esa vaporosidad (lo que no impide que “estudien” a veces muchísimo… eso es otro tema), resulta que las primeras afirmaciones claras que oye una persona, así contundentes, dictadas como sentencias morales indiscutibles, como grandes verdades, sean justamente las de este tipo: las de la publicidad, las que aparecen escritas en el exterior de un autobús, por no hablar de las pomposas citas. reales o inventadas, que se reeenvían en las redes sociales. 

Los contenidos académicos se enuncian como con aire de duda. Si hablamos de grandes personajes históricos, hay que “desmitificarlos”. Si se explican los principios de la física, el profesor añade: “Bueno, desde Einstein sabemos que todo esto es mentira, pero en fin hay que explicarlo”. En matemáticas, en lengua, en Historia, da la impresión de que todo se acaba de descubrir que “es falso”… Con la idea de transmitir “espíritu crítico”, con el horror  a la idea del maestro hablando desde su pedestal, pues finalmente lo que se transmite es un vacío pavoroso.

De ahí que la más absurda frase –volvemos a la mencionada del autobús- seguramente muchos la reciban como si oyeran a Aristóteles… sin soñar en ponerla en duda, tan potente es el hecho de enunciar cosas con solemnidad.

Si reflexionamos, la frase es de lo más falso que decirse pueda. “Mientras más protegidos estamos, más avanza la sociedad”. Casi se podría decir, aunque no exactamente, que es justo al revés. Esa idea del Estado protector, o de las compañías de seguros protectoras, o de quien sea que nos tiene que cuidar y proteger en todo momento, que nos tiene que subvencionar, y compensarnos si nos roban, o defendernos si somos nosotros los que delinquimos… esa idea de sobreprotección es la que invita al ciudadano a pedir más protección todavía, y le quita toda iniciativa, capacidad de riesgo y aventura. Le infunde una actitud victimista y reclamadora que es esencialmente destructiva.

Mal momento para decir esto, sin duda, cuando por una vez sí que haría falta una protección de los gobiernos a tantísimos trabajadores arruinados, y justo cuando es más necesaria (y es excepcional que sea realmente necesaria) pues brilla por su ausencia. Pero precisamente aun sin ella están saliendo muchos adelante –los que sobrevivirán serán justo los que nunca ser creyeron esa premisa absurda, que “Mientras más protegiditos estemos, mejor para todos”.

No hay frases inocuas. Si son mentira, siempre hacen daño.




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