La dignidad europea del Sevilla Fútbol Club

El Bayern de Munich se ha proclamado campeón de la Supercopa de Europa, competición que enfrenta al campeón de la Liga de Campeones contra el vencedor de la Europa League, el Sevilla Fútbol Club. La final se disputó en el estadio Puskás Aréna de Budapest y en él se dieron cita 20.000 espectadores.

La victoria alemana era lo esperado, eso indicaban las casas de juego y los lugares especializados como apuestas-deportivas.es y muchos otros, pero el Sevilla sacó todo su carácter y a punto estuvo de dar una sorpresa mayúscula.

El Bayern, justo campeón

El conjunto bávaro se alzó campeón con todo merecimiento. Basó su éxito en la seguridad y la flor de Neuer; la eficacia defensiva de Pavard; la corpulencia de Süle; la salida de balón de Alaba; el oficio y la perseverancia de Lucas Hernández; la distribución y clarividencia de Kimmich; la fuerza, la presencia y las llegadas de segunda línea de Goretzka; el don de la ubicuidad y la inteligencia de Müller; el desborde de Gnabry; la velocidad de Sané; y el juego de espaldas y aéreo de Lewandowski.

A las virtudes de sus jugadores hay que añadir el vértigo de su juego, los desmarques constantes al espacio, las llegadas desde atrás, la sencillez en la elaboración de sus jugadas, las dejadas de cara para seguir progresando y, sobre todo, una condición física de atletas de élite.

Mientras la mayoría de los equipos se arrodillan y comienzan a rezar un Padrenuestro cada vez que el equipo alemán saca toda su artillería, el Sevilla resistió los envites con una dignidad infinita, haciendo frente a un enemigo al que todo el mundo otorgaba un favoritismo tal que la historia del partido parecía ser cuántos goles encajarían los sevillistas y en qué minuto estaría el partido resuelto; pero los andaluces resistieron y plantaron batalla, cerraron todos los caminos hacia su portería y concedieron pocas ocasiones de gol. Mucha culpa de esto la tuvo Fernando, siempre bien colocado, siempre acudiendo al rescate de sus compañeros, contundente: un crac.

El Sevilla jugó demasiado alejado del área del Bayern y le faltó constancia para generar situaciones de peligro con continuidad. El equipo entrenado por Julen Lopetgui echó de menos la calidad y el mando de Éver Banega, aunque ahora es muy fácil decirlo, pero también hay que mencionar que es muy probable que el ritmo del equipo alemán hubiese superado al medio argentino. Su sustituto, Iván Rakitic, no tuvo su mejor noche como sevillista, a pesar de haber provocado el penalti que transformó Ocampos y que abrió el marcador.

La dificultad del rival también se pudo apreciar en la poca incidencia ofensiva que tuvieron unos laterales que están muy acostumbrados a llegar a la línea de fondo y que, en Budapest, pocas veces pudieron pasar del medio campo.

Del Sevilla, hay que destacar la capacidad que tuvo para sufrir durante los 120 minutos que duró el partido, en su primer partido oficial de la temporada y ante el peor rival posible. Y es que el Sevilla, que estaba condenado desde antes de empezar el partido, fue capaz de llevar el partido a la prórroga. Pudo haberlo evitado En-Nesyri, que en el minuto 88 de encuentro no fue capaz de batir a Neuer en un mano a mano que hubiese dado el título a los sevillistas.

Dicen que el Sevilla nunca se rinde. En la Supercopa dio una nueva muestra de ello. Los sevillistas no pudieron ganar, pero sí que pueden estar muy orgullosos de su equipo.




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