El 12 de junio de 1993 un gran santo, Juan Pablo II, visitó por segunda vez nuestra ciudad para clausurar el XLV Congreso Eucarístico Internacional. Se cumple el 25 aniversario de esta efeméride, que permanece imborrable en la memoria de los sevillanos y de quienes tuvieron la gracia vivir esas jornadas inolvidables. De todo aquello quedaron palabras e imágenes. Las palabras sirven para aprender y meditar. Las imágenes, para recordar y agradecer a Dios tantos y tan grandes beneficios

En palabras de Monseñor Carlos Amigo “Vinieron obispos de países que, por vez primera, podían participar en un acontecimiento de esta dimensión universal. Catequistas africanos, que tanto saben de signos y culturas ancestrales y de la permanente actualidad del Evangelio. Jóvenes casi recién convertidos al cristianismo y que venían desde los países de oriente con la frescura de quien va a contemplar el misterio prometido de una Iglesia Universal. Evangelizadores de América, siempre pioneros de nuevas experiencias pastorales y de un amor incansable a favor del hombre necesitado. Hermanos, en fin, de otras confesiones cristianas y de otros ritos. Todos adoradores, en espíritu y en verdad, para honrar a Dios y adorarle presente en la Eucaristía. Y para celebrar juntos el mandamiento de hacer memoria de la Cena del Señor y del precepto nuevo de la caridad fraterna”.

Cuando en la mañana del día 15 de junio un boeing 727 de la compañía Iberia se elevaba velozmente, llevando a bordo al Papa Juan Pablo II, nos quedó a todos, junto a la nostalgia de su ausencia, la inolvidable sensación de que en Sevilla habíamos vivido uno de los mayores acontecimientos eclesiales de la historia: el XLV Congreso Eucarístico Internacional con un testigo excepcional, San Juan Pablo II.

Miguel Oliver

Miguel Oliver

Para profundizar más, en este evento único, hemos entrevistado al que fuera secretario general del Congreso: D. Miguel Oliver Román. Es una persona afable e inteligente con un amplio currículum. Fue párroco del Stmo. Corpus Christi, Arcipreste de San Bernardo, Delegado Nacional para los Congresos Eucarísticos Internacionales, Rector del Centro de Estudios Teológicos, Canónigo Magistral de la Catedral, Vocal de la Comisión Nacional y Diocesana para Diaconado Permanente y Ministerios Laicales. Juan Pablo II le nombró Monseñor Prelado de Honor de Su Santidad.


J. M. ¿Para qué sirve y por qué se organizó el XLV Congreso Eucarístico Internacional en Sevilla?

Mons. O. El Congreso Eucarístico, que en los tiempos modernos se ha introducido en la vida de la Iglesia como peculiar manifestación de culto a la Eucaristía, es una reunión del pueblo cristiano, de todas las razas, lenguas y naciones, alrededor de Jesucristo en el sacramento de su Misterio Pascual, y en torno a un gran número de obispo, presbíteros y diáconos, y del representante (Legado) pontificio, y, en ciertos casos, como ha sido el de Sevilla, del Papa en persona. Es una exaltación de la Eucaristía celebrada, adorada y vivida. Monseñor Amigo tenía mucha ilusión para que Sevilla fuera sede de un Congreso Eucarístico. Cuatro años antes Juan Pablo II, desde Seul, en la clausura del XLIV Congreso Eucarístico anunció que el próximo sería en Sevilla. Esta elección fue inspirada por la conmemoración del V Centenario de la Evangelización de América.

J. M. ¿Cuáles fueron sus frutos?

Mons. O. El lema escogido fue “Christus, Lumen Gentium” (Cristo, luz de los pueblos). Se trabajó a nivel mundial. Se logró un mejor conocimiento y un mayor compromiso con la Eucaristía.

J. M. ¿San Juan Pablo II manifestó un especial cariño a Sevilla?

Mons. O. Juan Pablo II siempre manifestó siempre un gran cariño a nuestra ciudad. Sevilla es una ciudad mariana y Juan Pablo II tributaba una verdadera devoción a la Virgen. Por ese motivo viajó al Rocío y en una preciosa homilía recalcó que el Rocío debe ser algo más que las marismas, los coros, … sino que el centro debe ser la devoción mariana.

J. M. ¿Qué impresión se llevó de Sevilla?

Mons. O. Se llevó una impresión muy buena de Sevilla. Es conocido que los peregrinos españoles cuando regresaban de Roma le cantaban las sevillanas del adiós y a él le encantaba. Recuerdo que finalizado el Congreso fuimos a Roma y al finalizar la cena nos pidió que le cantáramos la sevillana del adiós.

J. M. ¿Guarda algunas anécdotas de la estancia del Santo Padre?

Mons. O. Recuerdo que, al finalizar la Santa Misa, el Papa va a la sacristía para cambiarse y comprueba que no está su casulla. Se formó un cierto revuelo por la desaparición de la ropa de su santidad. Después de una pequeña búsqueda se descubrió que la casulla la había cogido un sacerdote mayor, con algún problema mental, su intención era subastarla para atender a sus pobres feligreses. Al enterarse Juan Pablo II esbozó una sonrisa. Otra anécdota ocurrió en la segunda noche, en la cena le sirvieron un pescado con una salsa especial y llamó a uno de los empleados para pedirle la receta. Me gustaría resaltar que San Juan Pablo II junto con San Juan XXIII y Santa Teresa de Calcuta han sido las tres personas más carismáticas que he conocido.

Agradecemos Monseñor Oliver que nos haya permitido realizar esta entrevista, pese a estar convaleciente de una factura de vértebras debido a una caída. Le deseamos una pronta recuperación.