Funeral solemne por María del Carmen Gil Otero, esposa de Otto Moeckel

Cientos de personas – si es que no pasaron del millar-, abarrotaron la Colegiata del Salvador para participar en la misa solemne celebrada en memoria de Carmen Gil Otero, esposa de Otto Moeckel Von Friess, fallecida el pasado 10 de agosto.

La ceremonia eucarística que tuvo lugar en el céntrico e inmenso templo  sevillano propició que numerosas personas pudieran ser convocadas y reunirse en torno a la familia de la difunta, ya que en la fecha de su fallecimiento, ocurrido en pleno verano, se encontraban fuera de Sevilla y al recibir la triste noticia desde sus lugares de vacaciones se vieron impedidas de asistir a tiempo a su entierro.

Las grandes naves central y laterales de la Colegiata pudieron albergar a tantos como quisieron rodear de afecto a los familiares de Carmen Gil Otero: sus hijos, María del Carmen, Reyes, Otto, Mayte, Emilio, Joaquín -el prestigioso abogado-, Enrique y Ana; sus hijos e hijas políticas; sus nietos, Carmen, José María, Patricia, Otto, Christian, Alberto, Teresa, Manuel, Leticia, Mercedes, Emilio, Blanca, Marta, Quino, Claudia, Quique, Enma, Fernando y Beltrán; y sus biznietos, Carlota, Annais, Carmela, Miguel y Mariana; también su hermana Celia. Otto Moeckel, viudo de Carmen Gil Otero, no pudo acudir por problemas de salud, pero su presencia se hizo sentir con las miradas puestas en el asiento que hubiera ocupado y sobre el que figuraba una flor blanca llena de enorme valor simbólico, representando la intención inquebrantable de sus deseos y de su espíritu.

El funeral constituyó, además y principalmente de un acto religioso solemnísimo, todo un acontecimiento social que contó con la asistencia de personalidades relevantes de carácter oficial, autoridades e incluso artistas y gentes amigas procedentes de diversos ámbitos de la ciudad. Quisieron estar presentes el Alcalde de Sevilla, el Teniente General Jefe de las Fuerzas Terrestres españolas, el Presidente de la Audiencia Provincial de Sevilla, el Decano del Colegio de Abogados, el Rector de la Universidad de Sevilla, El Decano de la Facultad de Derecho de Sevilla, el Secretario General del Ayuntamiento, el Presidente del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla, el Hermano Mayor del Baratillo, así como los de otras corporaciones, los diseñadores Victorio y Lucchino, el cantaor José Perez el Sacri, el subdirector del Diario de Sevilla Carlos Navarro Antolín, el escritor Francisco Robles, Felíx Machuca, Luis Carlos Peris, el director de ABC de Sevilla Álvaro Ybarra, el director de la gerencia de ABC Álvaro Rodríguez Guitart el diestro y empresario Fran Rivera, el empresario de la Plaza de Toros de Sevilla Ramón Valencia, el pintor Ricardo Suárez, el Presidente del Real  Aeroclub Enrique Moreno de la Cova, el periodista Jesús Vigorra, los diestros Paco Ojeda, Manuel Jesús “El Cid” y Raúl Gracia “El Tato”, etc.

 

 

La Eucaristía fue oficiada por el sacerdote don Andrés Ybarraconcelebrada con don Florentino Córcoles Calero y don José Miguel Verdugo, cuidada litúrgicamente hasta el detalle de las vestiduras negras del clero.

Las distintas partes de la ceremonia estuvieron apoyadas de principio a fin por las interpretaciones musicales de la Orquesta de Cámara y Coral dirigidas por Arturo Artigas. Fue sin duda la gran colaboradora de un clima espiritual de altura, sosteniendo continuamente un máximo nivel de solemnidad, que fue convirtiéndose a lo largo del funeral en un auténtico regalo para Sevilla, que recobraba de ese modo tanto sentido de la medida como ha perdido. Era otro tiempo en este tiempo, otro mundo dentro de este. Fue como si se le devolviese a la ciudad la posibilidad única y excepcional de un canon por el que se rigió magistralmente en otras épocas. Lo hizo posible un repertorio exquisito y bien seleccionado, además de una ejecución musical y coral impecable cuya sonoridad hacía aún más grandilocuente y colosal la contemplación de las altas bóvedas y cúpulas del impresionante templo. De un tono interpretativo elevado, colaborador con la oración y el recogimiento, las piezas se iban sucediendo, como la destacada entrada con el Coro 58, de Bach, en “La Pasión según San Mateo”; o como cuando en la consagración se escuchó el himno dedicado a la Virgen de la Caridad de Sanlúcar de Barrameda, la tierra natal de Carmen Gil; y a continuación el himno de España; sonando durante la comunión “Virgen del Valle”, de Vicente Gómez Zarzuela, la marcha preferida de Carmen Gil en la Semana Santa de Sevilla.

 

 

Al término de la comunión y antes de que el sacerdote oficiante pusiera fin a la Eucaristía con los deseos de paz a los fieles, Joaquín Moeckel subió al presbiterio y pronunció desde el atril unas palabras de agradecimiento a cuantos se congregaban en la Colegiata del Salvador, iglesia de hondos significados para sus padres, pues fue dicho templo aquel al que Carmen Gil asistía a las misas de su parroquia siendo soltera; el mismo templo que para su marido Otto siempre ha representado ser la sede de la primera hermandad a la que perteneció (antes que a El Baratillo)  siendo un niño por los años 30:  la del Amor, profesando una gran devoción a Jesús en La Borriquita. Ese mismo templo al que, andando las décadas, salvó uno de los hijos del matrimonio, Joaquín, cuando amenazando grave ruina su techumbre, el abogado sevillano dio el primer paso de una aportación económica que, desde su pionero ejemplo, concitó la colaboración del más potente sector empresarial, sin olvidar a los humildes particulares que voluntariamente se sumaron a una proeza general, incitada por Joaquín Moeckel.

El afamado jurista mostró su gratitud especial al alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y a las autoridades civiles, militares y judiciales. Puso mucha intención en resaltar que su padre, Otto Moeckel, no era para su familia un ausente en el funeral de su esposa, sino todo lo contrario: alguien a quien tenían por presente en sus ánimos, junto a ellos, y visible en aquel mismo lugar en el asiento principalísimo sobre el que una flor blanca lo mostraba emotivamente y con pleno corazón en el funeral por la gran mujer de su vida. “A don Otto no se le ha echado en falta porque está en su sitio y se ha cumplido todo lo que él quería: sacerdotes, con casulla, de negro, la misa cantada solemnemente en latín, tal como él nos había dicho”, aclaró su hijo.

Para cerrar su intervención en nombre de toda su familia, Joaquín Moeckel eligió en lugar de sus propias palabras las que el arzobispo emérito de Sevilla, don Carlos Amigo Vallejo, Cardenal de Sevilla, le había enviado manifestando sus condolencias en un mensaje lleno de esperanza cristiana en la Resurrección: “En esta iglesia del Divino Salvador, de Sevilla, de entrañable recuerdo para mí, es mi intención hacer llegar a toda la familia, amigos y cercanos de mi amiga María del Carmen Gil Otero, que en paz descanse, a su esposo, hijos, nietos y biznietos, mi cercanía y afecto en este momento”.

El conjunto del solemne funeral terminó con un auténtico desfile de cientos de personas saludando y abrazando efusivamente a toda la familia Moeckel, mientras la orquesta de Arturo Artigas interpretaba en versión para cuerda y piano la popular marcha “Caridad del Guadalquivir”, de gran inspiración popular, debida al compositor Paco Lola, para acompañar cada Miércoles Santo y tras su paso de palio a la dolorosa de la Hermandad del Baratillo.

El funeral por Carmen Gil Otero hizo latir la convicción más profunda de que la muerte no es el final, expresando desde una gran espiritualidad cristiana que no es posible, más que terrenalmente, eso que solemos llamar “el último adiós”.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *