Chiringuitos financieros: Cazadores sin escrúpulos de ahorradores incautos

Recientemente se habla, o mejor dicho se repite hasta la saciedad cuan consigna castrense, el hecho de que España va saliendo de la crisis y ello supone una progresiva reactivación de la economía y de los mercados más afectados por la prolongada recesión.

Cierto que la mejora de la coyuntura es de por sí es motivo de alegría, alegría que se traducirá en mayor creación de empleo, aumento de la calidad de vida en cuanto a la ciudadanía media y atracción de capitales extranjeros.

No obstante y de manera paralela no debemos olvidar que todo lo bueno tiene su contraparte negativa, lo que en este caso comprende la atracción de desaprensivos, estafadores y, parafraseando la gran pluma de D. Antonio Burgos, “aprovechateguis”.

Con éstas mis modestas líneas de hoy, analizaré un potencial peligro que con nocturnidad, premeditación y alevosía va instalándose-o mejor dicho, reinstalándose- en nuestro país: los chiringuitos financieros.

  • ¿Qué es un chiringuito financiero y cómo es su forma de proceder?

Con tan llana expresión se hace referencia a aquellas personas o entidades que ofrecen servicios de inversión sin estar legitimadas para ello, aparentando una solvencia en mercados financieros que no es más que humo e irrogándose un compendio de potestades que jamás han tenido.

Para poder prestar servicios de inversión dentro del territorio español, deviene imprescindible encontrarse registrado como “entidad autorizada”, calificación cuyo otorgamiento es competencia exclusiva y excluyente de la Comisión Nacional del Mercado de valores (CNMV), y que se consigue tras cumplimentar una serie de formalidades legales y administrativas que no describiremos para no cansar al lector.

Estos tinglados suelen instalarse sobre todo en grandes ciudades y zonas costeras, lugares donde la afluencia de personas y capitales es rotante de manera continuada y es más fácil vender, venderse y lograr una mayor impunidad y dificultoso seguimiento de las estafas perpetradas o por perpetrar.

Para revestir sus turbias actividades de mayor legitimidad tienden a escudarse tras nombres de grandes firmas y bancos de inversión internacionales (sin su permiso o, en el mejor de los casos con su anuencia), con dañino ánimo de confundir al incauto so falsa creencia de que su dinero estará seguro por ser parte de un gran conglomerado.

Una vez comienza el juego y se ha convencido a la víctima, se pone en marcha la maquinaria de la típica y tópica estafa piramidal, consistente en atrapar más incautos para dar una propinilla a los ya atrapados y redondear el engaño haciéndoles creer que la misma equivale a los remanentes de sus inversiones.




  • ¿Cómo reconocer a semejantes estafadores?

1.- Normalmente contactan a las potenciales víctimas por teléfono o con correos electrónicos tipo spam.

2.- Una vez se ha producido el contacto, los comerciales de turno comienzan un discurso agresivo, con expresiones tales como “ahora es el único momento”, “no deje que pase la oportunidad de su vida” e inclusive “si no se suma a la aventura se arrepentirá

La verborrea suele ir acompañada de toda suerte de folletos en los que se promete el cielo con previsiones y rentabilidades absolutamente falsarias -cuando no imposibles- y, como se ha demostrado reiteradas veces en los tribunales de justicia, aventurándose de lleno por las sendas de la ilegalidad.

3.- Muchas veces las negociaciones y firmas de contratos tienen lugar en hoteles y cafeterías, pero si al incauto de turno se le invita a las oficinas se dará cuenta de que las mismas parecen haber sido montadas aprisa y corriendo.

4.- La información sobre las inversiones que dan siempre es vaga, aparte de que no se viene en examinar los conocimientos del inversor.

5.- Cuando se les pregunta por la permanencia y ataduras en general que conlleva todo contrato tampoco dan respuesta.

6.- Los honorarios y comisiones que van a percibir jamás se saben de antemano y mucho menos los especifican, abanderando pues una política de hechos consumados por enterarse los afectados de los costes de gestión cuando ya se han cobrado.

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