Muere “el Risitas”, inventor de un mundo dividido en dos, Sevilla y Chipiona, con ecuador en el Cerro del Fantasma

Imposible conocer de dónde procede y cómo se reproduce, con contumacia y persistencia, ese espíritu burlón, ese ADN pícaro, desenfadado, escurridizo, sufriente y surrealista que acompañó desde niño a Juan Joya Borja “el Risitas”, un hombre humilde, que aprendió a saltarse el aburrimiento de los días tristes y de las soberbias emplumadas.

Su destino era el de los embarcados en un galeón o en un tejado, aventurarse a vivir la vida con todas las calles por delante y las tabernas abiertas para el reposo de sus horas tristes, despreocupado del porvenir y del futuro como un lirio de los evangelios, hasta que un día, un minero de la gracia, un explorador de almas como Jesús Quintero, lo rescató como a un náufrago en una travesía y lo quiso subir a bordo de su nave de inauditos, donde desparramó un desparpajo que no se imparte en las universidades y una personalidad circense que deslumbraba a los japoneses, a los mahometanos o a los esquimales solitarios sin entenderle ni palabra de lo que decía.

Nacido para torear las penas de los días, para destripar los sinsabores, para destapar la otra cara de la luna, para escapar de la amargura, para encogerse de hombros a lomos del descaro necesario que solventa los problemas, hizo de su manera de reírse, de sus chistes dislocados y de su manera de narrar sucesos ligados por el hambre y la necesidad un acontecimiento que sujetaba a las masas ante el plasma del siglo XXI y que todavía hoy suma por millones las visitas en youtube con su improvisada manera de abochornarse sin conocer la vergüenza.

A la hora de cobrar, de beber, de comer o de “yatúsabe”… “el Risitas” asomaba apenas el último rastro de pudor que aconseja la prudencia a los ratones coloraos para comerse el queso sin quedar atrapado en la costilla. Fuera de eso, todo era un desbordamiento, un festival de fruiciones y glotonería, una noria de improvisaciones para cruzar cada mañana y cada tarde sin pisar una oficina ni comprometerse a los horarios que llenan los pucheros pero arruinan la vida.

Chipiona era en su imaginación un paraíso al otro lado del mundo, porque el ecuador de su planeta para “el Risitas” y “el Peíto” se situaba a la altura del Cerro del Fantasma y el Everest de sus días era una telera grande del pan de Las Cabezas en la que montarse a horcajadas y cabalgar una España del Barroco y del esperpento como si aún existieran los Puertos hacia las Indias.

“El Risitas” pidió ser ingresado el pasado mes de septiembre en el Hospital de la Caridad tras sufrir la amputación de una pierna. Ayer fue trasladado al Hospital Virgen del Rocío, donde dijo adiós a la vida.

Descanse en paz.




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