Muere Benedicto XVI. Uno de los grandes 

Recuerdo la tarde de abril de 2005 en que fue elegido Papa, porque yo seguía expectante ante el televisor la inminente noticia y cuando fue presentado en el balcón del Vaticano me arrodillé emocionado y recé por su pontificado. Un pontificado que no se auguraba fácil, porque le tocaba suceder a un grandísimo Juan Pablo II, cuya muerte aún llorábamos; y que encabezó durante ocho años hasta que ya no se sintió con las fuerzas requeridas, dejándonos con su renuncia bastante desorientados a todos. Le recuerdo en la vigilia del aeródromo de Cuatro Vientos, en la JMJ de Madrid de 2011, arrodillado impertérrito y sonriendo ante la impresionante tormenta que se levantó. Protector de la liturgia y del cuidado del culto hacia Dios, que tan fácilmente nos hemos acostumbrado a banalizar incluso en la Iglesia. Adalid del diálogo entre la razón y la fe reivindicando el valor del destello divino en el razonamiento humano, al que los creyentes no podemos renunciar. Auténtico y literal pontífice entre la fe y la modernidad -que no hay que confundir con el fatuo modernismo-, y defensor de un laicismo positivo que coloca a la Iglesia capaz de abordar sin complejos cualquier debate con el mundo. Hombre fuerte y a la vez humilde, señal inequívoca de la grandeza de su alma, que sin embargo tuvo que soportar el continuo ataque de los enemigos más fanáticos de la Iglesia, que intentaban presentárnoslo infructuosamente como un terrible guardián irracional de la Iglesia. Amante de España, de su historia y de su transcendencia en la defensa y expansión de la fe católica; así como un gran valedor de la sangre de sus mártires del siglo XX. Un intelectual políglota y enamorado de la música. Un teólogo gigante del pensamiento. Un Papa cuyo extenso y profundo magisterio sólo podremos valorar con el paso de los años. Uno de los grandes.




 

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