Fallece el maestro de casi todos, Jesús Quintero

Tenía el don de Maradona, capaz de aglutinar a seguidores que le vitoreaban sin descanso, casi hasta el suicidio colectivo.

Quiso ser actor a la manera del gran Vittorio Gassman, pero se enredó en la radio con la música chicle y usó parte de los mejores años de su vida en perfeccionar con voz de galán y tenacidad absurda la señal horaria de Radio Nacional de España.

Salió indemne (es un decir) de labor tan obsesiva y compaginó el talento expresivo que adquirió en ese esfuerzo con la facultad para vislumbrar el genio allí donde emanara hasta conseguir que las proezas de terceros brillaran con luz propia.

Andaluz comprometido, convicto y confeso, onubense por nacencia, de San Juan del Puerto, se transformó en un explorador apache entre las chumberas de los artistas, capaz de encontrar un caño de agua entre las piedras resecas del desierto, pero luego exploró nuevos modos de amasar las ondas en una roulotte y puso a todos a correr por una loca colina sevillana preñada no de florecillas silvestres, sino de humo violeta y de pastillas de colores contra la jindama existencial.

Entrevistador incansable, cazatalentos de olfato desmedido y vendedor de alfombras voladoras, se arruinó tantas o más veces de las que se hizo rico, apenas por ese desinterés tan propio de quien no puede escapar de su cárcel de bohemio mientras elevaba al estrellato a figuras deslumbrantes o a pícaros y desahuciados.

Tocó las nubes y bajó a los infiernos tantas veces como le dictó su antojo para fabricarse un mito de preguntas sin respuesta y de predicador de hermosas y falsas utopías, pero cuando ensayaba almidonarse con la ingrata coherencia, pergeñaba seductoras patrañas fuera del tiempo y del espacio que agrandaron su leyenda viva de silencios y de talento colosal en la radio y la TV.

Asistir a sus conversaciones me hacía llorar de risa siempre, porque era un narrador oral impecable, de la mejor estirpe de Pericón y El Beni, al que Solón o Marco Aurelio habrían tenido como relator de cabecera.

Impostaba la voz como nadie y si hubiera leído el Quijote o el Poeta en Nueva York en voz alta ante un micrófono puedo apostar a que no habría incurrido en una sola errata. Habría podido ser un cantaor con pellizco o un excéntrico magnate, un benefactor de causas perdidas o un ilusionista en un corral de tratantes de cualquier cosa, pero eligió quedarse en la navegación y en la aventura, como un corsario azotado por el viento de la libertad rabiosa en busca de otros mares.

Era mitómano y miedoso incorregible, veloz en el regate seco a la manera de Mágico González y certero con la anécdota como un Guillermo Tell de barrio, hasta que el tiempo y el panorama abrupto del periodismo de superficie le convirtieron en un profeta que clamaba sus admoniciones profundas y sus contradicciones menores desde el monte de los eremitas en un tiempo desquiciado.

La ingratitud y la desidia de esta tierra, que acostumbra a enterrar a los vivos antes que a los muertos, le será eterna, sospecho. Descansa en paz, maestro de casi todos. Mientras viva alguno de los que trazamos palabras en un papel para que las predicaras con tu voz de verso, seguirás flotando con nuestro agradecimiento.




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