Un Real Decreto busca a los soldados que hacían la mili en el desierto durante “la última guerra española”. Pretende compensar con mil euros su participación en la contienda a ellos o a sus herederos
Durante la guerra, ocultada por el franquismo, visitaron el frente Carmen Sevilla y Miguel Gila, al estilo de Marilyn Monroe en Corea. A raíz de aquellos hechos, Franco disolvió la Guardia Mora de su escolta por considerarla poco fiable

Un Real Decreto publicado en el BOE el pasado 12 de mayo saca a la luz una de esas historias incongruentes de la burocracia española que arruina la reputación de nuestra sempiternamente oxidada Administración así como la acusada desidia de nuestros políticos, a la vez que engrandece la memoria de esos anónimos españolitos que por mal fario y enajenación, o por buen propósito y entrega, contribuyeron a hacer de nuestra Historia un apasionante cine de verano que reconforta la memoria colectiva y del que a menudo sentirse orgullosos por la Nación engendrada a lo largo de siglos con la sangre y el sufrimiento de sus hijos olvidados.

El citado Real Decreto 325/2021 viene a dar cumplimiento a la Ley 38/2007 aprobada en el Congreso, mediante la cual se daba reconocimiento a “la entrega y sacrificio” (sic) de quienes estando destinados en la provincia de Ifni, en el Sáhara español, cumpliendo el servicio militar obligatorio, les pilló casualmente la guerra desatada entre 1957 y 1959, la última guerra colonial española.

El Real Decreto ahora aprobado hace un llamamiento a todos los que participaron en esas condiciones de tropa de reemplazo en aquellos hechos, o a sus herederos, para otorgarles una cantidad de 1.000 euros a modo de compensación por su esfuerzo y sacrificio, aunque en muchos de los casos serán sus hijos o nietos herederos los que se permitirán una comilona y brindar por sus abuelos con el casi simbólico ‘regalo’ recibido.

Nótese lo sangrante de dicha situación habida cuenta que el más joven de los afectados contaría al menos en aquellas fechas con 18 años, edad mínima para hacer la mili, a lo que habrían de sumarse los 62 o 64 años transcurridos, lo que arroja como resultado que el superviviente más joven de aquellos hechos contaría ahora mismo con 80 años y varios años más si en el momento de hacer la mili tenían una edad mayor que 18. A buen seguro, a estas alturas muchos de ellos habrán fallecido.

Un acto de reparación tan tardío revela una infausta desconsideración hacia quienes entregaron hasta la vida en defensa de los intereses nacionales colectivos, pero al menos pone de relieve (o debería servirnos para ello), 62 años más tarde, el espíritu de entrega y sacrificio de los anónimos participantes como una pequeña parte de lo mejor de nosotros mismos.

Los hechos bélicos a los que se refieren el citado Decreto y la citada Ley son, de por sí, un apasionante trozo de nuestra historia militar y política colectiva, pues se trata de los acontecimiento registrados meses después de la obtención de la independencia por parte de Marruecos, en 1956.

Todo comenzó la confusa noche del 23 de noviembre de 1957 en la que sería la última guerra colonial española, cuando empezaron a llegar noticias al Cuartel General de que la capital, Sidi-Ifni, y otros acuartelamientos repartidos en la pequeña provincia de Ifni estaban siendo atacados por una fuerza no del todo identificada, pues se trataba de miembros del Ejército de Liberación (EdL), brazo armado del partido Istiqlal, partido único sobre el que se acababa de fundar el naciente Reino de Marruecos, que había obtenido su independencia el año anterior.

Hasta el momento de su independencia, Marruecos, que no existía como tal Reino unificado, había quedado dividido tras la II Guerra Mundial en tres grandes Protectorados y una ciudad internacional, la de Tánger.

La mayor parte del centro y sur del territorio constituían la zona de Protectorado de Francia; el Protectorado norte alrededor del Rif (Tetuán, Larache, Asilah, Alcázarquivir, etc) quedó bajo dominio español, así como también el Protectorado Sur, por debajo de la ciudad de Tarfaya, compuesto por la gran provincia del Sáhara Occidental, con capital en El Aiún, y una pequeña franja en la costa, desgajada del resto, la de Ifni, al norte, con capital en Sidi-Ifni, frente al archipiélago canario.

La presencia española en Ifni databa del año 1478, cuando Diego de Herrera fundó un fortín al que nominó como Santa Cruz de la Mar Pequeña y la Corona de Castilla reclamó para sí la soberanía del territorio. Luego, aquello se olvidó ante el acoso de las tribus de los alrededores hasta el punto que no se sabe identificar con precisión dónde estuvo ubicado aquel fortín.

Tras la guerra con Marruecos de 1860, España obtuvo el derecho a perpetuidad sobre dicha franja, incorporada como provincia, pero no fue hasta 1934, durante la II República, que se hizo ocupación efectiva del territorio por el coronel Capaz. Tras la Guerra Civil, aquel territorio quedó casi en el olvido, pero siempre como provincia española, a la que el franquismo trató de ennoblecer aprovechando su presencia en el Protectorado del Norte.

En 1956, Francia, que sufría las convulsiones descolonizadoras e independentistas en sus colonias del norte africano, sobre todo en Argelia, cedió la independencia a Túnez y Marruecos para centrarse en el asunto de Argelia, de modo que un mes más tarde España abandonó también su Protectorado del Norte, pero no así el establecido en el sur, al considerarse que la autoridad del nuevo rey, Mohamed V, padre de Hassan II y abuelo de Mohamed VI, aún no alcanzaba a tan apartados territorios.

La invasión del Sáhara Occidental con “la marcha verde” aún quedaba lejos (en 1975, aprovechando la moribundia de Franco), pero la pequeña franja de Ifni quedó de inmediato rodeada por el dominio marroquí y el 23 de noviembre de 1957 el improvisado ejército del partido Istiqlal atacó por sorpresa los pequeños acuartelamientos, mal dotados y mal aprovisionados, del ejército español en la zona.

Por aquel entonces, España contaba allí apenas con la II Bandera de Paracaidistas, de muy reciente creación, y los Tabores (pequeños batallones) II y IV de Tiradores de Ifni, además de una pequeña tropa indígena poco de fiar.

Entre los soldados que prestaban servicio en Ifni, se encontraba un número indeterminado de soldados de reemplazo cumpliendo el servicio militar obligatorio, mayormente por sorteo, que ni el nuevo Decreto publicado la semana pasada acierta a identificar ni a saber qué número alcanzaba y es la razón por la que ahora desea localizarlos para otorgarles la reducida compensación de mil euros que al menos le permitirá al Ministerio de Margarita Robles evitar un acto de calidad y significación patriótica al que su Gobierno no parece muy proclive, sino más bien todo lo contrario.

Los hechos de campaña, no obstante, registran momentos de heroicidad, arrojo y valor más que considerables y es el motivo que los hace dignos de figurar en la memoria como acto de defensa de la soberanía nacional y de la integridad territorial, estando al frente como gobernador el general Gómez de Zamalloa.

Pero aquella guerra nunca existió, porque el Régimen franquista, habida cuenta la inadecuada imprevisión y la precaria situación de las fuerzas allí aposentadas, prefirió ocultarla a la población en todo momento en las noticias y se desarrolló con un general desconocimiento de sus detalles, pues representaba una afrenta bastante ignominiosa para la jerarquía del Régimen la situación de semi olvido y abandono, si bien, dada la lealtad exigida, los oficiales acallaron sus protestas para evitar consecuencias mayores.

Lo que en principio se creyó que había sido un ataque contra el polvorín y el aeropuerto de la pequeña capital se supo muy pronto que era un ataque coordinado contra otros muchos emplazamientos y fortines del interior en toda la provincia en incluso lejos de allí, en el Sáhara, a más de 200 kms al sur de Sidi Ifni.

Los muy limitados recursos y la exigencia desde Madrid de dar una primera respuesta rápida y contundente a los ataques dificultaron una adecuada evaluación de la situación, pero en menos de 24 horas se decidió avanzar hacia el puesto de policía de Tzelata, que tenía al mando al teniente Emilio Cuevas Puente (luego coronel), que estaba siendo asediado por fuerzas del EdL, así como un centenar de tiradores con el capitán Niceto Llorente Sanz al frente, que también había quedado aislado en una posición cercana.

Unos 60 hombres de la Brigada Paracaidista, bajo el mando de un joven teniente de 26 años, Ortiz de Zárate, con tres camiones y una ambulancia, fueron enviados a socorrer y liberar a aquella guarnición que resistía de manera encomiable al asedio.

 

 

En el momento de la partida, Ortiz de Zárate, proclamó: “Entraré en Tzelata o en el cielo…” y tres días más tarde cumplió en buena parte su palabra e ingresó en la gloria de la mano de su valerosa acción, tras ser rodeados por numerosos efectivos marroquíes a 3 kms del cuartel asediado y encontrar resguardo en un montículo con escasa munición, sin apenas víveres ni agua.

Cuentan las crónicas que, después de tres días de hostigamiento por el enemigo, el radiotransmisor Marconi a pedales que portaban no lograba establecer contacto con el cuartel de la capital para solicitar refuerzos, de modo que Ortiz de Zárate lo echó colina abajo.

Durante esas achicharradoras jornadas bajo el sol en las que se alimentaron con trozos de pan untados en leche condensada y con apenas dos cantimploras de agua en su poder, resistieron numerosos ataques y sólo obtuvieron de ayuda unas cuantas pasadas de ametralladora, completamente ineficaces, por parte de unos obsoletos aviones alemanes Heinkel He-111, incapaces de cargar bombas, que patrullaron la zona.

Al tercer día, ya con varios heridos, Ortiz de Zárate, que siempre estuvo en primera línea de combate, recibió tres disparos en el pecho, mientras en el cercano puesto de policía al que se dirigían para abortar el asedio se resistía igualmente con eficacia y sacrificio a los constantes ataques de cientos de soldados del EdL.

Al teniente lo relevó el sargento Moncada, que se negó a salir del puesto de mando, de tal modo que fueron los cabos primero quienes dirigieron a la tropa hasta alcanzar los nueve días de asedio, cuando ya la falta de agua les hacía sangrar por los labios y apenas quedaba munición para repeler los ataques.

El mismo 23 de noviembre en que comenzó el asedio, los intensos y constantes ataques de los rebeldes habían originado en el grupo de Tiradores de Tzelata un muerto, cinco soldados y un sargento heridos, un policía musulmán muerto, un brigada herido grave (Luis Gutiérrez Nalda) y tres policías más heridos.

En el puesto de Tzelata, el 1 de diciembre, después de ocho días de asedio, cae gravemente herido por fuego de mortero el soldado del Servicio de Transmisiones Joaquín Fandos, de Burriana (Castellón), quien se había desempeñado durante esos días con una heroicidad y sacrificio encomiables, muriendo al día siguiente.

El día 2 de diciembre, por fin, un cornetín en la lejanía avisaba de la llegada inminente en su apoyo de uno de los Tabores de eficaces tiradores españoles e indígenas con el capitán de Tiradores Rafael López Andión al mando, lo que logró poner fin a la situación desesperada de los reductos de policías, tiradores y paracaidistas asediados. Cinco paracaidistas muertos y cuatro heridos fue el balance final de aquellos episodios.

Pero no fue el único caso de aquella campaña que duró casi año y medio. En el fortín de Tiliuin, 60 tiradores quedaron aislados por cientos de atacantes que defendían a la población civil del acoso. El 25 de noviembre saltaron sobre el lugar 75 paracaidistas desde cinco viejos Junkers JU-52 de apoyo y se lanzaron armas y víveres, quedando aislados con el resto de la guarnición, hasta el 3 diciembre cuando la Sexta Bandera de la Legión logró romper el cerco y volver a Sidi-Ifni por tierra tras destruir las fortificaciones dejadas atrás.

Aquella misma Navidad de 1957, imitando las visitas de personajes famosos como Marilyn Monroe a las tropas norteamericanas en Corea, hicieron acto de presencia para animar a los soldados en Ifni la actriz Carmen Sevilla y el humorista Miguel Gila, aunque al tratarse de un asunto tabú, se recomendó dar escasa o nula publicidad a los hechos.

En su libro de memorias que publicó el periodista Carlos Herrera en 2005, Carmen Sevilla recuerda que pasaron allí la Navidad y el Año Nuevo junto a las cantantes Marisol Reyes, conocida como “la novia de Madrid”, y la argentina Elder Barber, y que día y noche se escuchaban bombazos en los alrededores.

 

 

Visitaban las trincheras y distintos destacamentos, donde ella no paraba de bailar junto a los soldados y Gila hacía sus números de humor con el teléfono en mitad de una situación de grave desabastecimiento que les hacía pasar hambre. Asimismo recuerda que aquel Fin de Año, “el general Samayoa” (se refiere a Gómez de Zamalloa) la invitó durante las campanadas, a falta de uvas, a dar doce mordisquitos a un bombón que le ofreció amablemente.

A su regreso a Madrid, Carmen Sevilla recordaba haber visitado el Estado Mayor, en Cibeles, donde le hicieron entrega de una camello de plata y brillantitos que decía: “Te recordaremos y agradeceremos toda la vida el haber estado con nosotros”. Tiempo después, Carmen Sevilla fue nombrada madrina de la Legión y de los Paracaidistas de Tierra.

Al mes siguiente, enero de 1958, más al sur, en Edchera, ya en el Sáhara Occidental, se produjeron los ataques más importantes de la contienda, lo que obligó a desplegar a varias banderas de la Legión y con el apoyo de más de 130 aviones españoles y franceses se logró doblegar al enemigo durante el mes de febrero de ese mismo año.

En abril se firmó el primer acuerdo de paz que entregaba la provincia de Ifni a Marruecos, quedando reducida la posición española al control perimetral de la capital, Sidi-Ifni, que también resultó asediada durante largos meses, aunque sin apenas derramamiento de sangre, siendo abastecida la ciudad por mar durante ese tiempo mediante tres buques.

A raíz de la contienda, Franco decidió la disolución de la Guardia Mora, formada por beréberes, que le había acompañado desde la Guerra Civil como escolta por considerarla no del todo fiable, ya que podría ser infiltrada por agentes marroquíes al servicio del Rey de Marruecos.

Una década más tarde, en 1968 se firmaba la cesión y entrega de la ciudad de Sidi-Ifni a Marruecos y al año siguiente, 1969, se arriaba la bandera de España en la capital de la antigua provincia, que aún en las clases de geografía de los colegios se estudiaba como una más de las provincias de nuestro mapa político.

La intención de recompensar a los participantes que cumplían el servicio militar durante aquella última contienda española recuerda en todo a lo sucedido con el coronel alemán Von Lettow y su mítico regimiento de askaris (tropas indígenas) en Tanzania que participaron del lado alemán en defensa del África Occidental durante la Primera Guerra Mundial, un relato que incluí en mi reciente libro “Ruanda, Cien Días de Fuego”

Casi 50 años después de la contienda, el coronel, que falleció en 1964, no había dejado de luchar en pos del reconocimiento de aquellos bravos soldados que le acompañaron durante las batallas libradas en el apartado territorio de la entonces Tanganika, resultando el único cuerpo de ejército alemán durante la conflagración que había resultado invicto, lo que le permitió entrar en Berlín con sus tropas prusianas desfilando bajo la Puerta de Brandenburgo.

Pero Von Lettow no se olvidó de los indígenas victoriosos dejados atrás y varias décadas después, a comienzos de los años 60, logró que el Bundestag aprobase una compensación para sus batallones de askaris.

Había transcurrido tanto tiempo que el Gobierno alemán no sabía cómo hacer efectiva la indemnización ni cómo localizar a aquellos nativos, de modo que hizo correr un llamado para que todos los implicados en la contienda a las órdenes de Von Lettow se personasen en unas dependencias de la capital tanzana.

Aun así, dada la carencia de toda clase de documentación identificativa, resultaba imposible averiguar si los ancianos que aquel día se habían reunido en el punto de encuentro habían pertenecido a dicho cuerpo de ejército.

Finalmente, un militar alemán sugirió la entrega de escobones y palos a los allí reunidos y les mandó formar en un patio. Inmediatamente, comenzó a impartir órdenes en su idioma y todos los presentes, en una escena cándida pero emocionante, ejecutaron con precisión los movimientos ordenados, lo que demostraba que habían sido miembros de los batallones de Von Lettow y eran dignos de recibir la compensación aprobada por el Legislativo germano.

Falta por ver si el llamamiento realizado ahora por el Gobierno para localizar a los soldados ocasionales que participaron en “la última guerra de España” serán invitados a relatar sus peripecias en el desierto o a usar el berebere para dar cumplimiento al mandato legal que permita otorgarles la compensación que les corresponde.




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