Un decepcionante Pablo Casado hace pensar en que el gran líder del Partido Popular es Almeida

Es un secreto a voces que revelan ya hasta las redes del propio Casado: el líder del Partido Popular ya no es sentido como tal por sus electores, que le recriminan a diario y en cientos de mensajes el apoyo a los sucesivos estados de alarma. Casado se ha convertido en un político desconcertante y ambiguo, al que parece haber desenmascarado la crisis sanitaria. Su docilidad y sumisión constante al Gobierno comunista, además de su miedo a Sánchez  -que lo tiene hipotecado como presumible responsable de un rebrote-, están mostrando a un Pablo Casado hasta ahora desconocido para sus votantes, débil y escaso de talante político para salvar a España en un momento crucial en el que el líder de la oposición no da la talla, favoreciendo el hundimiento del país. Ni siquiera el conjunto del Partido Popular cierra ya filas con él para apoyar la nueva prórroga del estado de alarma. Y en los círculos internos de su formación ya se habla de elevar nacionalmente a Almeida como la gran figura carismática que evite en el PP un futuro descalabro electoral.

Millones de personas están pendientes de la decisión que, de aquí al miércoles, tome Pablo Casado para aprobar o no, al frente de los diputados populares, la nueva prórroga del estado de alarma solicitada por el presidente Sánchez.

Casado es quizás demasiado joven para haber llegado a aprender que nada importante se consigue partiendo desde el concepto de seguridad. Y ante la opinión pública es el político al que la crisis sanitaria ha ido mutando más que lo haría el propio virus. Toda una paradoja por la que los ciudadanos han tenido constancia del degradado sufrido por un líder que ha pasado, en cuestión de apenas un mes, de la energía a la debilidad, de las convicciones profundas a la inseguridad, y de las decisiones firmes a la relatividad.

Aparte, Casado se ha convertido para sus electores, a dúo con García Egea,  en una irritante colección de incongruencias, como dar su beneplácito de prórrogas a un Gobierno que considera roto.

Para muchos populares, Casado es un político más lento que reflexivo, justo cuando la grave encrucijada nacional exige reflejos mentales rápidos, conciencia inmediata de la jugada a Sánchez y a Iglesias (por no citar a un Gobierno de incompetentes). Casado no sabe apostar fuerte ni doblegarle el susto a quien, más astuto que él, lo convierte en un político timorato. Le falta el recurso del factor sorpresa para asombrar a su adversario, Sánchez. Le urgen tales facultades,  porque en el tablero está en juego España.

Mientras Casado se debate entre los temores que Sánchez sabe meterle en el cuerpo, ya ha habido barones relevantes del Partido Popular con el valor suficiente para haber manifestado que el estado de alarma debe acabarse yaNo se han doblegado ni al chantaje de suprimir en esa posibilidad los ERTE, ni tampoco se han arrodillado por 16.000 millones de euros a fondo perdido que el Gobierno activará  para las comunidades autónomas. Un caramelo no reembolsable para obtener la entrega de otros quince días que le permitan seguir desguazando el Estado Social y Democrático de Derecho.

Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Juan Manuel Moreno no quieren más prórrogas del estado de alarma, puesto constitucionalmente en tela de juicio por muchos juristas, que lo consideran haber traspasado ilegalmente la línea normativa que lo separa del estado de excepción. Un estado de alarma como un caballo de Troya para introducir el aniquilamiento del Estado de Derecho, de la misma democracia y sus instituciones y principios fundamentales, fulminar la separación de poderes, erradicar a la Corona…

Hasta el presidente Quim Torra y el lehendakari Iñigo Urkullu coinciden con el sector más destacado de los presidentes autónomos populares. Y ERC se lo ha puesto muy difícil al Gobierno. Gabriel Rufián no tuvo rodeos ni disimulos en el Congreso, incluso amenazó con hacer inviable la legislatura actual.

La soberbia proverbial de Sánchez se ha encerrado en la única alternativa del plan A que es el estado de alarma. No hay plan B. O yo, o yo.

En círculos del Partido Popular que desean protegerse confidencialmente de sus deseos, ya se anima a la posibilidad de que el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, diese el gran salto desde lo municipal a lo nacional, liderando a la formación para librarla de un más que probable fracaso electoral por culpa de Casado. Los últimos sondeos en intención de voto en Madrid han dejado muy claro la sensibilidad con que la ciudadanía ha percibido la ejemplar gestión de Martínez-Almeida en la crisis sanitaria. Ha sido visto al pie del cañón, con indiscutible desenvoltura ante un fenómeno nuevo y desbordante. Su actitud llegó a ser halagada hasta por un socialista histórico y ex presidente del Gobierno como Felipe González. Martínez-Almeida ha sido el gran descubrimiento de la política española, tanto que las encuestas le auguran hacerse con la mayoría absoluta en la próxima convocatoria municipal. Sin embargo, la idea de llevarlo al marco nacional, cada vez más confesada en privado por populares decepcionados con Casado, no parece que seduzca al alcalde de Madrid, pues le parecería no estar acorde con el compromiso seriamente adquirido con su electorado.

Martínez-Almeida es, hoy por hoy, la única gran figura del Partido Popular emergida de la crisis sanitaria. Simultáneamente a su engrandecimiento ante la opinión pública de todo el país, un tibio Pablo Casado va quedándose negativamente en la memoria indeleble de millones de españoles decepcionados con su “complicidad” necesaria para posibilitar la dictadura que llevará a España al más absoluto de los desastres económicos.




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