Última tarde con Teresa, que en Sevilla tocaba el tambor. Hoy, único día del año para visitar su increíble convento en el Barrio de Santa Cruz.

Falleció el 4 de octubre de 1582, pero cuentan las crónicas de entonces que “fue enterrada al día siguiente, 15 de octubre”, convirtiendo así el día de su muerte en una suerte de distopía imaginaria que consumió 10 días en el transcurso de apenas 24 horas…

La confusa situación que causaba y causa el hecho parecía adelantada por encargo mismo del estilo místico de aquellos versos de la protagonista en vida, obra excelsa de la figura literaria conocida como “paradoja”, que consiste en afirmar algo que implica contradicción y que recorre esa y otras composiciones poéticas suyas:

“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero…”

Lo que había sucedido, en realidad, es que aquella noche de su muerte (en Alba de Tormes, Salamanca) entraba en vigor en España, Italia y Portugal (los primeros países en adoptarlo), el calendario gregoriano (por el Papa Gregorio XIII), que venía a sustituir al hasta entonces vigente, conocido como calendario Juliano desde que lo estableciese Julio César en el año 46 a.C.

Fue en el Concilio de Trento, que tuvo lugar a mediados de aquel siglo (1545-1563), donde se adoptó el acuerdo de reajustar las fechas perdidas desde que el Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, había establecido las fechas principales de la Pascua y otras fiestas religiosas.

La Iglesia, tan pendiente siempre de la apabullante Ciencia (a pesar de la leyenda negra construida en sentido contrario, en parte por los errores temporales de la propia Ciencia), logró conservar en los monasterios desde los albores de la Alta Edad Media toda clase de saberes acumulados durante siglos y obligó a realizar el reajuste necesario, pues se comprobó que, desde Julio César, el equinoccio que marca la entrada de la primavera andaba ya por el 11 de marzo según el calendario y no por el 21 de ese mismo mes, ya que en la medición y subdivisión de los días en minutos y horas y en meses desiguales (incluso añadiendo un día bisiesto cada cuatro años), la exactitud total resultaba imposible y el desfase era cada vez más grande.

Hablamos, claro está, de Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, Santa Teresa de Ávila o Teresa de Jesús, que, como todo el mundo sabe, es, desde época reciente, catalana, porque así lo ha decidido la idiotez perenne de los socios del sanchicomunismo que nos abarrota y nos agrede.

Tal día como hoy, 15 de octubre, por tanto, es la única vez en el año que abre sus puertas al público el Convento de San José, también conocido como Las Teresas, en el Barrio de Santa Cruz, lugar donde se estableció finalmente el carmelo que la propia Santa Teresa de Jesús había fundado unos años antes con la compra de las primeras casas para la Orden, primero en la calle Armas (hoy Alfonso XII) y luego en Pajería (hoy calle Zaragoza).

El actual convento de clausura cuenta con una losa de aquella casa de la calle Zaragoza como recuerdo de su estancia de dos años aquí.

La visita de la Santa a aquella ciudad invadida por los mercaderes, los pícaros y la abundancia gracias a las inmensas riquezas que cada seis meses llegaban de América en la Flota de Indias resultó algo improvisada.

En 1574 se encontraba en Beas de Segura (Jaén) cuando, enterado de su estancia allí, el visitador de la Orden en Andalucía, Jerónimo de la Madre de Dios, que venía de fundar en Sevilla el Convento de Nuestra Señora de los Remedios (hoy Museo de Carruajes) de carmelitas descalzos, desvió su camino para encontrarla.

El encuentro supuso una gran alegría para ambos y el monje le propuso enseguida que se atreviese a fundar uno de carmelitas descalzas en la capital del Mundo: Sevilla.

Al parecer, Teresa se opuso por razones que se desconocen, tal vez porque prefería apartar sus fundaciones del mundanal ruido y en aquel tiempo Sevilla constituía el paradigma del bullicio y la mundanidad mayor del orbe, pero el fraile terminó por convencerla y partió el 18 de mayo con seis religiosas y tres religiosos, todos en cuatro carros.

La primera noche la pasaron en una ermita en Sierra Morena y luego se dirigieron hacia Linares y Espeluy. El 22 de mayo llegaron a Córdoba y un día después a Écija. En la Ermita de Santa Ana estuvo la comitiva​ hasta el 25 de mayo, donde los Terceros franciscanos terminaron por fundar un convento en 1625 y la ermita se transformó en la actual iglesia conventual. Ese mismo día alcanzaron Mairena del Alcor y al día siguiente llegaron a Sevilla.​

Las religiosas se instalaron en una casa sin ninguna comodidad, sin muebles y sin comida, además de que no tenían dinero.

El arzobispo de la época, Cristóbal Rojas Sandoval, no quería que se fundase un carmelo sin renta y alegaba que ya había demasiados conventos en la ciudad, así que Teresa tenía decidido abandonar, aunque no comprendía por qué en una ciudad tan rica había más dificultades para fundar un convento que en los modestos lugares que había visitado.

Finalmente, el arzobispo accedió a sus pretensiones y les envió algunas limosnas, pero lo que supuso la salvación fue que, el 12 de agosto de 1575, desembarcó el hermano de Teresa, Lorenzo, que había hecho fortuna en América como conquistador y estaba deseoso de encontrarse con su hermana, después de 34 años sin noticias de ella.

Lorenzo, viudo desde la muerte de su esposa en la ciudad de Quito en 1567, había llegado con sus tres hijos: Francisco, de quince años, Lorenzo, de trece, y Teresa, de nueve, la cual pasó una temporada en el convento con su tía Teresa.

Con el dinero de su hermano, las religiosas compraron una casa de acuerdo con sus necesidades en la calle Pajería y el convento comenzó a funcionar ese mismo año. La inauguración solemne se hizo el 3 de junio de 1576 y con ese motivo el arzobispo organizó una procesión en la que participaron los clérigos y las cofradías.

Las calles se cubrieron de flores y hubo música y cánticos religiosos. El arzobispo instaló el Santísimo Sacramento en la capilla del Convento de San José y antes de partir bendijo a Teresa y luego, para asombro de todos, le pidió a Teresa que le bendijera a él.​

Inmediatamente después, la polémica Teresa, que incluso fue denunciada por su heterodoxia y tuvo que comparecer ante el Tribunal de la Santa Inquisición, dejó Sevilla acompañada de su hermano Lorenzo y sus tres sobrinos. En el viaje de regreso hicieron noche en Almodóvar del Campo y Malagón. Llegaron a Toledo el 23 de junio de 1576.

Cuatro años después de la muerte de Teresa de Ávila o Teresa de Jesús en aquel confuso día de 1582, su coetáneo y admirado San Juan de la Cruz, entonces vicario de los carmelitas descalzos, autorizó la compra de unas casas medievales de un tal Pedro de Morga, rico banquero, y las monjas se trasladaron aquel año a su actual sede.

A la inauguración acudió San Juan de la Cruz, que, en junio de 1586, escribió a la priora del convento de Caravaca de la Cruz: “Ya estoy en Sevilla, en la traslación de nuestras monjas, que han comprado unas casas principalísimas, que aunque costaron casi catorce mil ducados, valen más de veinte mil. Ya están en ellas y, el día de San Bartolomé pone el cardenal el Santísimo Sacramento con mucha solemnidad”.

Con el tiempo se fueron añadiendo casas del entorno al actual convento, en torno al patio original del palacio de los Morga, que actúa como claustro. El convento conserva obras excelentes del milanés Vermondo Resta, autor de muchas obras en Sevilla, entre ellas la escalera de la fuente de Mercurio en el Alcázar y muchas más, pero también de pintores de primerísima fila, así como un retrato de la propia Teresa de Jesús que se considera el más exacto de su propio rostro.

Además de ricos artesonados e infinidad de curiosidades de gran valor, este convento sevillano posee en una de sus tres sacristías una colección de objetos personales y reliquias de la Santa, entre ellos una colección de nueve cartas personales de la Santa y el ejemplar autógrafo de “Las moradas del castillo interior” que poseía su amigo Jerónimo de la Madre de Dios, el cual se lo donó a un rico mercader sevillano, Pedro Cerezo Pardo, quien a su vez lo donó al convento como dote cuando una de sus hijas, Catalina Cerezo, ingresó en la Orden. El ejemplar que se exhibe, no obstante, es un facsímil, dado su alto valor.

Considerada “Doctora de la Iglesia”, a la altura de San Isidoro de Sevilla, de San Agustín de Hipona o de Santo Tomás de Aquino, en esa misma vitrina de la sacristía sevillana hay dos imágenes del Niño Jesús, una de ellas que trajo de Quito su sobrina, Teresa de Cepeda, que es conocido como el “Quitito”. También hay una campana, relicarios con trozos de su velo, la capa con la que murió en Alba de Tormes que le puede ser impuesta a algunas embarazadas para rogar por un buen parto y… ¡un tambor!, aficionada como era la Santa a cantar villancicos y canciones, pues a sus religiosas les exigía estar siempre contentas y transmitir alegría.

El cuerpo de Santa Teresa fue pronto desvelado que permanecía incorrupto, motivo por el cual resulta asombroso el desmembramiento colosal al que fue sometido antes de ser depositado en un sepulcro de plata bajo nueve llaves en el convento de Alba de Tormes, tres de las cuales están en posesión de la Casa de Alba.

En 1588, sólo seis años después de su fallecimiento, unos médicos le extrajeron el corazón, que se encuentra en un relicario de 1671 en dicho convento.​ Para entonces ya le había sido desmembrado un brazo y una mano el mismo año de su muerte.

Aquella mano fue llevada a Ávila y tres años después se la regalaron a los carmelitas del Convento de San Alberto de Lisboa. De ahí pasó al convento de Olivais. Tras la revolución portuguesa de 1910, de carácter anti clerical, que acabó con la monarquía, las monjas se llevaron la reliquia a España.

En 1924, la mano estaba en el convento de carmelitas descalzas de Ronda, pero en 1936, durante la Guerra Civil Española, las monjas la escondieron para evitar el saqueo del Frente Popular. Estos exigieron que les fuera entregada y terminaron confiscándola, argumentando que querían protegerla de profanaciones. En 1937, cuando las tropas del bando nacional tomaron Málaga, la encontraron en el equipaje del republicano José Villalba Rubio y los militares se la regalaron a Francisco Franco para que le guiara en su labor de regeneración de España.

Franco mantuvo “el brazo incorrupto de Santa Teresa” en su dormitorio a lo largo de todo su mandato y acostumbraba a llevarla en sus viajes. Tras la muerte del dictador, en 1975, su mujer, Carmen Polo, se la entregó al arzobispo de Toledo el 9 de diciembre y éste, a su vez, se la devolvió al carmelo de Ronda el 21 de enero de 1976, donde también se conserva el ojo izquierdo de la Santa. ​

Hay reliquias de su cuerpo en muchos otros lugares. Por ejemplo, el Convento de San José de Ávila tiene una clavícula y el Convento de Santa Teresa de Ávila tiene un dedo anular. En 1614, el año de su beatificación, se mandó a Roma el pie derecho, que se encuentra en la Iglesia de Santa María della Scala y en la Basílica de San Pancracio de Roma hay un trozo de la mandíbula superior.

La Catedral de Santiago de Compostela tiene muelas de Santa Teresa, así como un convento de Puebla de Zaragoza, México y el Convento de San José de Toledo.​

En el Convento de San José de Sevilla, en la sala antes mencionada, hay parte de un dedo y parte de una costilla y también tiene una reliquia de la Santa la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen de San Juan de Aznalfarache, así como se conserva un dedo de la Santa en Sanlúcar de Barrameda y otro en la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto de París.

Ninguna queja habrá presentado la Santa en el Cielo, tampoco por la paradójica fecha incierta de su efeméride, pues en el mismo poema, su aprecio por la muerte como acceso a la vida más deseada, le hacía decir:

“Vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte, perderte”

…..




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