Sevilla sigue a los pies de Santa Ángela de la Cruz en el 38 aniversario de su beatificación 
Por Juan Pablo II y en el campo de la Feria 

Fue el 5 de noviembre de 1982, por la mañana temprano. Quienes estuvieron presentes no podrán olvidarlo jamás. El papa Juan Pablo II beatificó ese día (convertido desde entonces en el de su festividad católica) a la hasta entonces venerable Ángela de la Cruz, fundadora del Instituto de las Hermanas de la Cruz. Miles de personas se congregaron en el campo de la Feria, ante la primera línea de edificios de Tablada (donde viene a caer la calle del Infierno), para presenciar este auténtico regalo a los sevillanos que significó beatificar aquí, en su tierra, a Madre. Al cabo de cerca de cuarenta años sigue en el corazón de Sevilla, como lo demuestra su monumento asomado a la calle Imagen, lleno hoy de testimonios de recuerdo y amor por Santa Ángela. 

 A día de hoy resulta inenarrable la emoción sentida por miles de personas que abarrotaron el campo de la Feria ante el altar  (de Laureano de Pina)  levantado en el campo de la Feria, sobre los terrenos que ubican la denominada calle del Infierno, con atracciones y circos. La puesta en escena para la liturgia prevista no pudo estar más acorde con la solemnidad del acto. Se consiguió una maravillosa y gigantesca evocación catedralicia y hasta vaticana, con un alto baldaquino en el que, a manera de Gloria de Bernini, un inmenso cuadro de Sor Ángela había sido pintado por el imaginero Antonio Dubé de Luque. En la actualidad puede contemplarse, prácticamente a nuestra altura, en el vestíbulo de la capilla donde reposan los restos de la santa.

Los colores pontificios eran pinceladas amarillas y blancas por todas partes. El gentío se contuvo y se organizó por amplias parcelas, separadas por breves y estrechas calles, estudiadas en su anchura para que pasara el papamóvil. 

Cuando la gente advirtió la presencia de Su Santidad Juan Pablo II  -la primera vez que un papa visitaba España-  aquello fue un hervidero de vivas y salutaciones. Sevilla a pleno pulmón gastándoselas como Sevilla se las gasta cuando llega la hora. 

Era entonces alcalde de la ciudad Luis Uruñuela y el arzobispo (aún no cardenal) Carlos Amigo Vallejo. Fue día laborable, pero pareció absolutamente festivo, como si nadie trabajara en tan excepcional ocasión.

Cuando se llegó al justo momento en que durante la celebración eucarística el papa pronunció el nombre de Sor Ángela para elevarla a la categoría canónica de beata, cientos de palomas fueron soltadas al aire y bajo el cielo azul de Sevilla.  

El carismático Juan Pablo II, después santo, y anunciado en aquel viaje oficial como “testigo de esperanza” y bajo el lema mariano Totus tuus (todo tuyo, dedicado a la Virgen), fue despedido de una manera allí original y por primera vez, que después se haría clásica en las grandes y posteriores despedidas de Sevilla para dedicar a los grandes personajes y en los grandes eventos: de pronto, como una gran y emocionante sorpresa de inmediato coreada por miles de gargantas y siguiendo un feliz y multitudinario compás de palmas, se escuchó a Los Amigos de Gines cantando las sevillanas del adiós, “Algo se muere en el alma”. Sevilla buscaba retrasar como fuera el final de unos instantes históricos. Ni Sevilla los olvidó, ni tampoco Juan Pablo II, que años después y cada vez que se daba en el Vaticano la oportunidad de la presencia de sevillanos, seguía recordando y entonando los versos de aquel adiós por sevillanas. 

Galería de Beatriz Galiano

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