Sevilla se encamina hacia su pseudo Feria de Abril
La ciudad ha quedado relegada a una imitación o parodia de sí misma

Después de la pseudo Semana Santa pasada, Sevilla se dirige en estos primeros días de abril a encontrarse con el hueco de su segunda Feria suspendida. El Ayuntamiento de las catetadas ofrece a la ciudad la posibilidad de una patética imitación del Real y sus casetas con la colocación de farolillos en calles principales del centro.

Sevilla ha terminado convertida en una triste imitación o parodia de sí misma. A una Semana Santa de altares y sin salir cofradías, va a seguir ahora la segunda fiesta de primavera reducida también a un sucedáneo, un lamentable remedo del Real que pretende hacer imaginación de los bares como si fueran casetas, con la ridícula idea de adornar con farolillos las calles principales del centro.

Por lo visto no ha habido bastante con la Semana Santa, que al final tuvo a la gente de un lado a otro como si lo fuera, transitando la ciudad entera camino de los templos para visitarlos, o llenando bares, terrazas y veladores, además de comercios. En definitiva, una multitud flotante que, de no haber llevado mascarilla, nadie podría haber supuesto ni identificado que vivía en tiempos de una pandemia. Sin la obligatoriedad de llevar mascarilla, no hubiera quedado a la vista la más mínima señal de una especial situación sanitaria. Todo estaba poblado como si la gente se buscara moverse de un lado a otro con un cierto espíritu de sublevación en busca de su legítima libertad de movimientos. Una cosa parece haber quedado muy clara: no hay verdaderamente miedo a los contagios, no se siguen las recomendaciones políticas de permanecer en casa, con autoconfinamientos, voluntariamente, sin necesidad de órdenes ni decretos; y si no hay miedo, también puede extraerse una deducción, y es que la gente no cree a los políticos ni a los denominados expertos (casi siempre fantasmas). No hay que ser negacionistas, pero tampoco alarmistas, pudiera pensar la gente que no se ha cortado un pelo para vivir con normalidad de desplazamientos por la ciudad.

Cientos de personas se tomaron lo de los altares como si las cofradías hubieran salido todas las tardes. Colas, colas y más colas, impresionantes colas para acceder a los templos donde radican las hermandades. Hubo casos asombrosos como el de la calle Cristo del Calvario, que contenía en paralelo y por ambas aceras las que se dirigían, por un lado, hacia la Parroquia de la Magdalena, originada ante la puerta principal del cerrado Hotel Colón -en Canalejas-, y por otro la que enfilaba hacia la Iglesia de Montserrat, cuyo final llegaba hasta la calle Rafael González Abreu. En el caso de la Hermandad del Valle, la cola era un largo trecho equivalente a la mismísima calle Laraña, doblando la esquina de la casa palacio de los Motilla para continuar desarrollarse en Cuna. ¿Para qué hablar también de La Amargura, La Macarena, el Gran Poder o la Esperanza de Triana, con casos similares?

Ha sido la gran ocasión de los priostes, no cabe duda, a prueba de imaginación, recursos ornamentales y hasta conocimientos históricos de sus hermandades para evocar estampas del pasado, como la de la Hiniesta sobre el paso del crucificado de la Buena Muerte (que adelanté sin necesidad de confidentes ni canales secretos de información, sólo me faltó suponer que también estaría la Magdalena, que para mí atenuó el impacto visual que hubiera sido la Virgen a los pies del Cristo). No todos los priostes acertaron. Algunos altares han sido impresentables, algunos que incluso me duelen mucho, por mi gran devoción a sus titulares; pero los priostes parecían haber montado el escaparate de una tienda de artículos cofradieros.

Que no se repita -esperemos que no se repita- una Semana Santa que ni es Semana Santa ni es na. Por más que Asenjo la entienda muy reflexionada y muy meditada y menos distraída de lo fundamental con los cultos internos, la asistencia a los mismos dista años luz en comparación con las formas y maneras de la religiosidad popular en torno a sus sagradas imágenes. Está muy claro que Sevilla no es pueblo proclive a las abstracciones como la Eucaristía, sino de ver y tocar. Ceremonias y misas ha habido que no han registrado ni el lleno del aforo mínimo permitido. El clero no sabe revisarse, ni autocriticarse, es complaciente con sus liturgias y homilías… termina aburriendo a las ovejas. La Iglesia no sabe buscar sus atractivos, no seduce, no atrae, ha desdibujado y desfigurado demasiado el rostro verdadero de Dios como para ser un reclamo vivo para las nuevas generaciones. En veinte años más, con una o dos generaciones de futuros fallecidos que sustentan ahora una escuálida asistencia, los templos sin cofradías estarán listos, como la vocaciones. ¿Quién entre los más jóvenes quiere ser hoy cura o monja?

Y mientras esta semana se va alejando, con el avance de los días, el recuerdo abundante en vacíos de la Semana Santa que nunca existió (por más que alguna hermandad la pusiera muy grande en los tamaños tipográficos de su convocatoria de cultos y actos de veneración), el Ayuntamiento juega a la llegada de una Feria que no es ni chicha ni limoná, anunciando que instalará farolillos, animando a sentirnos en casetas por entrar en un bar, pidiendo a las sevillanas que se vistan de flamenca, y montando una calle del Infierno a escala. Sevilla imitándose, Sevilla en parodias, como si Espadas y Cabrera fueran Martes y Trece.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *