La expectación no puede ser mayor. Hasta la Torre del Oro parece simbolizarla. La ciudad está encantada de convertirse el próximo sábado, 2 de febrero, en la anfitriona de los premios Goya del cine español. Los recibimientos y las acogidas son parte de las especialidades de Sevilla.


Excepcionalmente, por segunda vez  -la primera fue en Barcelona-, los premios Goya se van a entregar fuera de Madrid. Y el caso de Sevilla, con su encanto y atractivo natural, ha roto todas las previsiones, por no decir los esquemas. Por ejemplo, si la media de académicos que solicitan acudir cada año a la gala es de doscientos, con Sevilla han manifestado su voluntad de estar presentes nada menos que ¡seiscientos! La organización está desbordada y se ha visto obligada a realizar un enorme esfuerzo por poner límites. Sin ir más lejos, en la alfombra roja que conducirá hasta el auditorio de Fibes los pasos de los asistentes más relevantes, entre actores y actrices o políticos. Ha tenido que imponerse la necesidad de numerus clausus de los reporteros acreditados. No queda un milímetro de posibilidades para que en la línea de cámaras quepan algunas más. A tope las acreditaciones para quienes fotografiarán la llegada de las celebridades, los caballeros de smoking y las damas de traje largo. Se exige  glamour.

Sevilla no cabe en Fibes, pues cuentan que hay codazos para conseguir un asiento del auditorio. Pero la ciudadanía es ya feliz de saber que su hospitalidad vuelve a ser proverbial. Y que todo aquí, hasta los Goya, acabarán marcados por el carácter especial  -no sólo el color-   de una ciudad única para desenvolverse ante los ojos fascinados que la miren en directo y a través de la televisión.