Sevilla: las huellas del vacío

El optimismo que los políticos, y en el caso de Sevilla su alcalde, quieren contagiar a la población choca contra las desesperanzas y realidades de una ciudad a la que el largo  -y seguramente inconstitucional-  estado de alarma ha dejado absolutamente lastimada. Las calles ya no son lo que fueron en transeúntes. Las tiendas apenas palpitan. Los veladores se esfuerzan en los llenos permitidos. La clase política disimula su responsabilidad echándole la culpa entera a una pandemia. Pero los ciudadanos siguen convencidos de que los políticos  -también en Sevilla-  han sido los peores para las peores circunstancias, un montón de mediocres incompetentes para haber sabido equilibrar sanidad con economía.

 Quizás una quincena de vuelos internacionales que aterrizaron ayer con turistas en el Aeropuerto de San Pablo, animen a una Sevilla decaída que ya no tiene fuerzas para reírle la gracia a los políticos, no digamos al Gobierno central comunista, que a lo largo de la pandemia ha perdido no ya las miles de vidas que no sabe ni contar, sino hasta el ser socialista con el que llegó al poder. Ha quedado irreconocible hasta para Felipe González y miles de afiliados, por cuyas cabezas pasa la idea de fundar “otro PSOE”.

En Sevilla, el alcalde Juan Espadas no ha hecho en tanto tiempo otra cosa que sumarse a los enloquecidos decretos de Sánchez, todavía convencido enfermizamente de su éxito: el fracaso de millones de españoles sin trabajo, cientos de empresas cerradas, ERTES que no se cobran, ingresos mínimos vitales que significan de todo menos mínimos tan pronto como se pague el alquiler. Un desastre muy propio de la egolatría de un presidente sin más rumbo que su vanidad.

Y aquí, en Sevilla, Espadas con sus irremediables triunfalismos de siempre, vendiendo el falso éxito de un sello para Sevilla como ciudad segura. ¿Segura de qué? Está la gente obligada a llevar mascarillas y amenazada de multas de 100 euros  -encima de cómo han dejado a esa gente-, y se da el gustazo mediático de presumir sobre un sello de seguridad nada menos. Esto es de locos. Esto es de remedar en los políticos, y especialmente en los socialistas y podemitas, aquello que quedó escrito sobre la construcción gigantesca y tamaña de la Catedral: Gestionemos una pandemia de tal manera  -sin proteger a los sanitarios, sin tener respiradores, comprando mascarillas inútiles y test defectuosos, desmantelando la democracia, dejando morir a miles de ancianos, etc.-, de tal manera que las generaciones venideras nos tomen por locos, o por miserables, o por sinvergüenzas.

Sevilla es una especie de Ecce Homo, como si por su piel desierta de vida discurriera ahora una inédita Semana Santa que repitiera una y otra vez durante los días que ni se saben, el calvario que están pasando miles y miles de personas.

Mientras cientos de padres y madres de familia hacen colas de hasta siete horas para que la beneficencia y el altruismo de los particulares les provean de una bolsa de comida que llevarse a la boca, el alcalde ya está preocupado con gastar miles de euros en la reparación de los carriles bici, como si lo de esas familias a las que ha hundido un confinamiento que está por ver si fue legal, no necesitara de una urgente reparación para la que se recabaran todos los fondos necesarios, claro está que sin el fácil truco de clavar con más impuestos. Que ya veremos.

El verano se ha echado encima. La ciudad oficial del oficial Ayuntamiento sólo se dedica a grandes declaraciones de futuro y compromisos grandilocuentes del más puro estilo papel mojado y sin vincular de la ONU. Anuncia, que algo queda.  Sevilla no está seguraEspadas ha olvidado lo que era vivir seguros, cuando no había mascarillas, nos dábamos la mano, un abrazo o besos y, si salía por ejemplo el Baratillo, en la calle Adriano no cabía un alfiler. Eso era la seguridad. ¿Cómo va a estar Sevilla segura mientras tenga el virus detrás de la oreja y  tema a los rebrotes? Sevilla está además económicamente achicharrada. Y por no tener con qué protegerse de la que está cayendo, ni los toldos ha puesto un Ayuntamiento que proclama incesantes y lamentables delirios de grandeza.

 

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