Sevilla invadida por bicicletas y patinetes sin vigilar

Los sevillanos han llegado al límite. Las bicicletas y los patinetes, circulando y aparcando a su libre albedrío, están colmando el vaso de la paciencia de los transeúntes. Viven amargados experimentando un día y otro que el Ayuntamiento no tome medidas suficientemente eficaces para acabar con el estado de peligro constante y vulneración de derechos que sufren los ciudadanos.

 

Las imágenes, una vez más, que hoy publica este periódico, demuestran hasta el caso de una persona mayor con movilidad física reducida que encuentra en una acera el obstáculo de una bicicleta atada a un tubo del mobiliario urbano, impidiéndole el paso y sometiéndola al riesgo del tráfico rodado si intenta pasar por la calzada. Muchos se preguntan si es esta la movilidad sostenible de la que habla el alcalde.

La opinión pública hace ya tiempo que está al tanto del déficit policial por el que atraviesa la ciudad, con menos de 300 agentes de los que deberían cubrir su plantilla, lo cual se hace notable en tantas deficiencias diarias respecto de la vigilancia urgente que necesita Sevilla.

Por otro lado, el delegado de Seguridad municipal, Juan Carlos Cabrera, parece incapaz de enfrentar definitivamente las competencias que corresponden a su cargo, como si no abarcara más que una política de bandazos en la regulación de las bicicletas y los patinetes, auténtico papel mojado de una normativa más que deficiente, que los ciudadanos desean que emane de la Dirección General de Tráfico, a quien originalmente corresponde, sin delegarse por más tiempo a los ayuntamientos.

En este estado de cosas, el alcalde da la impresión de no tener la vista puesta en una Sevilla real, sino imaginaria, de la que proyecta y proyecta incesantemente como si sólo perteneciera al futuro, como si no existiera aquí y ahora llena de problemas que, en gran medida, afectan constantemente a la seguridad de los peatones. Entre otras burlas a la legalidad, se están dando los casos de empresas de patinetes que desembarcan en el casco histórico con cientos de sus ejemplares, que sueltan en medio de las calles sin disponer aún de licencia municipal para hacerlo.

Los sevillanos ven ya en Juan Espadas a un político de vuelta que no se juega su permanencia en las próximas Elecciones a la alcaldía. Relajado en esa despreocupación, dicen que no es sensible a las crispaciones diarias en las que se ha convertido andar por Sevilla, ideada en falsas peatonalizaciones, con avenidas como la de la Constitución que entre unas cosas y otras (bicicletas, patinetes, tranvía, mantas, músicos, etc.) apenas dejan el espacio peatonal de cualquier calle estrecha de Sevilla. Espadas se dedica a proclamar sueños del porvenir y se atreve con cuadraturas del círculo como afirmar que, a pesar de todo lo que la ciudad está padeciendo en su forma de vivir -cada vez más inhabitable, como con el turismo-, Sevilla no pierde su esencia.

Sevilla




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