Se acaba la segunda Semana Santa suspendida 
¿A la tercera será la vencida? 

Esto se está acabando. Esto que llamo esto, es una rara Semana Santa sin serlo, al menos para miles de sevillanos. Por mucho que el arzobispo se empeñe en meditaciones de culto interno, no hay nada más rápido en la historia de la fe en Dios de esta ciudad que una cofradía en la calle. No hay más grande altar que un paso. Ante ellos y a lo largo de nuestras vidas hemos esperado lo mejor del cielo para nosotros. Se ha demostrado estos días sobre los presbiterios de muchos templos, por más que Asenjo tuviera sus reservas al respecto. Se va terminando este raro tiempo en el que lo de llamarlo Semana Santa no pasa de tener un mero valor instrumental para entendernos. Ya pensamos en la de 2022. A la tercera, ¿irá la vencida? 

Los que recortan los sueños, los que hacen un oficio de pinchar globos antes de que suban, ya están vaticinando que tampoco habrá Semana Santa en 2022. Es lo suyo en su papel de pesimistas y amargados de por vida, les tocó ser así en el reparto de suertes que es nacer. Pobres. Eso es genético y no son tan culpables como se cree. No tienen ni la posibilidad del “ya veremos” que vive en los labios de quienes todo lo guiamos por la Esperanza, esa que en mayúsculas habita los cuatro puntos cardinales de Sevilla.

Se va yendo esta rara Semana Santa de 2021, que hace recordar a la de los complicados años de la República española, cuando también las visitas a los templos suplieron a las salidas procesionales, con la excepción histórica de La Estrella el Jueves Santo (que no Domingo de Ramos como muchos creen) de 1932. Ya saben, el día en que se convirtió en La Valiente.

Las colas para entrar en las iglesias donde residen canónicamente las hermandades, han sido de antología, de prueba del algodón sobre la fortaleza y solidez popular de las cofradías como vehículos de la fe en Dios. En el conjunto de la Iglesia, no hay nada comparable a ellas, que en muchos casos ni siquiera se sienten Iglesia, sino envidiadas por un clero incapaz de saber atraer a los templos a miles de personas como sí saben hacerlo las cofradías, ilimitadamente, moviendo a un fervor y a una devoción a Dios y a la Virgen que ya quisieran tener a su alcance y atractivo las aburridas misas y homilías, nada en consonancia con la alegría que supone creer en Dios. Los curas, la mayoría, no se enterarán de esto nunca. 

Volviendo a las colas, daban la vuelta por la primera esquina que favorecía su desahogo, que podía contenerlas para no saturar las aceras. Sevilla parecía vivir una Expo cofrade, rememorando las colas de 1992 en la Cartuja. Han sido los días de los templos y las exposiciones como si fueran pabellones. Sólo hubiera faltado  -como con buen humor me decía alguien-  un pasaporte que llevar para conseguir los sellos de las hermandades, como si fueran los del pabellón de España, Bélgica o Marruecos, para presumir el Domingo de Resurrección de cuántos se había conseguido la estampación. 

Por cierto, que hablando de exposiciones recordé aquellas de estrenos de las hermandades, las que en los años 70 del siglo pasado se celebraban en el Salón Colón del Ayuntamiento, el que asoma sus ventanas a la Plaza Nueva, donde casi siempre coincidía con la Feria del Libro, entre azahares recién abiertos. Luis Arenas dejó para siempre aquellas imágenes en su libro “Sevilla Eterna”. En ese Salón Colón hoy tienen lugar los plenos y las bodas. Y nunca olvidaré el impacto que causó la muestra de la túnica de piel de camello que Cerezal confeccionó al Señor del Prendimiento, de Los Panaderos. Todo un éxito que copiaron después otras imágenes, como el famoso Jesús, el nazareno de Alcalá de Guadaira que procesiona por los pinares de Oromana en la madrugada del Viernes Santo.

Estos días se van con una mínima inclemencia del tiempo, muy clásica de la llegada de la luna del Parasceve que mueve en el calendario, hacia arriba o hacia abajo, las fechas de la Semana Santa. Algunos paraguas se abrieron en la tarde del Jueves Santo, emprendiendo huidas del centro en los autobuses. Fue un Jueves Santo de sagrarios en los que la mantilla tuvo su rima obligatoria en la mascarilla, forzando un atuendo hasta donde la belleza de la mujer sevillana hubo de renunciar a la mitad de su rostro. Esperemos para el año que viene el tiempo de lo entero y sin restricciones.

Fotografías de Beatriz Galiano

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