Restaurado magistralmente el Cristo de la Buena Muerte, de Los Estudiantes

Ha vuelto a su capilla universitaria el Cristo de la Buena Muerte. Cuatro meses ha durado la restauración llevada a cabo por Pedro Manzano en su taller de Triana, donde comenzó el pasado 9 de septiembre.

La portentosa imagen esculpida por Juan de Mesa hace casi cuatro siglos  -los que se cumplirán el año que viene, 2020-, ya preside otra vez el altar mayor de la capilla de la Universidad, junto al edificio del Rectorado, la antigua Real Fábrica de Tabacos, en la calle San Fernando.

Se han revisado los ensambles de la talla, el cierre de sus fisuras, la conservación de los componentes metálicos,  la corrección de la mano izquierda en su encuentro con el travesaño de la cruz, limpieza del polvo en general y, por último, la protección de la encarnadura y policromía, toda la superficie pictórica.

Por esta vez, y con semejante imagen, que llegó a copiarse por el propio Juan de Mesa por encargo de los Jesuitas  (el crucificado que centra el altar mayor de la Catedral de La Almudena, en Madrid), por esta vez no hay que lamentar que una restauración no se haya convertido en una modificación, provocando el choque visual en sus devotos al encontrarse con una imagen que, al regreso de unos talleres, haya perdido sus señas de identidad, con restauradores que tienen la osadía de argumentar que como devuelven las obras es como originalmente las hicieron genios de la talla de Mesa, Martínez Montañés, Pedro Roldán, Sebastián Santos o Castillo Lastrucci. Una arrogancia intolerable propia de ineptos que se atribuyen a sí mismos la calificación de expertos. Está claro que Manzano entiende a la perfección que el tiempo también esculpe. Ha quedado demostrado con el Cristo de la Buena Muerte que sabe desenvolverse sabia y hábilmente por la difícil y complicada línea divisoria que existe entre la restauración y la fidelidad. Las cofradías sevillanas, que ya cuentan por desgracia con casos en los que el remedio fue peor que la enfermedad, deberían tomar nota de esta restauración absolutamente ejemplar.

Fotografías: Beatriz Galiano



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