Más de cuarenta grados todos los días: la cruz de los sevillanos 

Enfilando el mes de julio su recta final, la de su última semana, ahí quedó para los sevillanos el suplicio diario de más de cuarenta grados. Sin tregua y sin respiro siquiera según las horas. Ha sido como en la copla: mañana, tarde, noche y madrugada. Los cinéfilos le llamarían sesión continua. 

Julio se ha lucido en Sevilla. Será inolvidable en este verano tórrido y sin descanso colmado encima por las mascarillas obligatorias. Cuando el futuro  -esperamos que lo más pronto posible-  traiga por fin un mundo normal en el que la pandemia sea historia, seguramente nos recordaremos irreconocibles en estos aguantes. Nos parecerá mentira haber sido capaces de vivir con mascarillas cruzando las calles bajo un sol de justicia, soportando de tal guisa temperaturas superiores a los cuarenta grados, un día detrás de otro, completitos, con todas sus 24 horas, sin un mínimo alto el “fuego”. ¿Llegarán a creernos las generaciones venideras que hubo un verano así, será el último? O aparece el Fleming del coronavirus o vamos listos.

La memoria de muchos  -muy propio de estos casos-  ya ha empezado a remontarse a veranos parecidos. A los “viejos del lugar” este mes de julio no les parece tan raro y les suena de antaño. Incluso los científicos ya aseguraron el año pasado que el julio de 2019 había registrado las temperaturas más altas del planeta en los últimos 140 años, como declaró la NOAA (Administración Nacional de Océanos y Atmósfera de Estados Unidos).

El buen humor de los sevillanos puede con todo, con el calor también, que cuando llega a estos límites empieza a llamarse la caló. Las ocurrencias chistosas no faltan, como la que cuentan de quien fue a comprar al súper un sobre de palomitas para hacerlas en el microondas, y mientras volvía a su casa empezaron a explotarle en la bolsa. O sea: Sevilla, un horno. 

¿Cómo se presentará agosto? Los pronósticos alcanzan con cierta seguridad  los primeros siete días, incluso los catorce, informando acerca de mantenerse prácticamente la tónica de julio, con algunas cortesías pasajeras de treinta y tantos grados. Poco. Pero algo es algo. 

De momento se va julio, que ya prepara maletas para que el sábado, día 1, llegue agosto. El relevo apenas será perceptible, iremos de uno a otro. Julio nos dejará su quemada estampa de una ciudad prácticamente desierta por la que solo transitan los implacables rayos del sol. Es una ciudad, como tantas, herida por un estado de alarma y un confinamiento excesivos. Se habla mucho de los daños económicos causados por la pandemia, pero la pandemia  -aun siendo devastadora en todos los sentidos-  está cargando con más culpas de las que le corresponden. La mala gestión del Gobierno central ha dejado, en el caso concreto de Sevilla, una ciudad irreconocible en soledades de calles ardiendo y sin turistas, con el personal ahora confinado voluntariamente en sus casas, al amparo del aire acondicionado y los ventiladores. En las calles, apenas deambulan o se confortan en el oasis de los veladores unas pocas de almas. El resto es territorio del inmisericorde astro rey.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *