Los sevillanos, hartos de políticos y medios alarmistas, se echan a la calle 

Lo dicen con enojo: que ya no aguantan más el miedo que los políticos y los medios de comunicación más convencionales y serviles les quieren meter en el cuerpo. Los sevillanos han decidido plantarle cara a esta situación crítica, en la que tienen claro asumir el riesgo diario de enfrentar salud y economía. La ciudad ha vuelto a estar de bote en bote en el centro, la gente se siente resucitada, necesita vivir al aire libre, como lo hizo siempre, antes de un confinamiento de dudosa constitucionalidad y de quedar sometida a un largo estado de alarma que para muchos juristas vulneró derechos fundamentales, como el de la libertad de movimientos.  

Sevilla vuelve a estar habitada y transitada públicamente por miles de personas que se mueven en masa por las calles del centro. Es como una protesta popular encubierta y tácita, un modo de manifestarse en contra de los políticos, “los peores para las peores circunstancias” según la opinión pública. Pero igualmente la ciudadanía está harta del bombardeo de los medios de comunicación sobornados o convencionales, buscando a diario encoger el corazón de la gente con las noticias incesantes  -como si no hubiera otras-  sobre los contagios, ingresos, muertes… cifras arriba, cifras abajo, como si en cada oscilación se buscaran miserablemente las subidas de audiencia de las televisiones y los periódicos. 

El gentío que llena las calles parece gritar basta. Se extiende cada vez más la idea en la ciudadanía de que al virus hay que combatirlo con precauciones, con mascarillas, sí; pero también con valentía, porque una vida suspendida una y otra vez en esto o en aquello, puede acabar en una vida desaparecida, hundida económicamente. Inexistente y tragándonos a todos en la indigencia, en el paro, en la delincuencia o en los saqueos, cualquiera sabe a dónde podemos ir a parar a base de restricciones. 

Los políticos, los torpes y denostados políticos, ya sabe la gente que no se atreverán con más confinamientos a nivel nacional. La economía destruida, más que por un virus,  por la ambición de un loco ansioso de poder, contento en su papel de nuevo caudillo de España, ya no aguanta una vez más el lujo inconstitucional del estado de alarma que invadió las fronteras del de excepción. Habrá todos los confinamientos quirúrgicos o asimétricos que se quieran, pero no volverá a establecerse por decreto gubernamental en todo el territorio. Entre otros motivos porque ya se ha ido a Europa a pedir dinero para los desastres causados por la mala gestión y las ocurrencias de un dictador socialista aliado con comunistas. Y no se puede ir más. Los imbéciles y mediocres políticos ya saben que se acabó lo que se daba. Y encima es un dinero que ha quedado pendiente de envío a condición de aprobarse en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado. 

Salvo por el uso de las mascarillas, los sevillanos e incluso los primeros turistas que pasean y disfrutan de Sevilla en esta nueva era, se diría viendo las calles que ya se sienten en un espíritu más allá de la nueva normalidad, como si todo se hiciera reconocible poco a poco en el mundo que fue antes de la pandemia. 

A los transeúntes les conforta incluso que los coches patrulla de la Policía Local o la Policía Nacional crucen sin aspavientos ni alarmas por en medio del gran ambiente masificado que va de unas tiendas a otras o se sienta por las terrazas de los bares. Los agentes observan tranquilos el agitado y feliz panorama de la ciudadanía que se rehabilita en sus costumbres, la que recobra sus pulsos de antaño, antes de que se conociera el fenómeno de una pandemia. 




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