Las averías de Sevilla entre las fotos y las motos

Hubo un tiempo en Sevilla, allá por los años 70 y 80, con dos Hipólitos por antonomasia. Y ahí siguen los dos. Eran dos talleres, el uno de motos, en la calle Joaquín Costa, junto a la Alameda de Hércules (hoy en la calle Velarde 17, entre las dos Maestranzas, la de la Plaza de Toros y la del Teatro), y el otro dedicado a la reparación y venta de cámaras fotográficas, ubicado en el sitio más singular y novelesco que imaginarse puedan, en la misma torre del Alcázar de la Plaza de la Alianza.

Los dos perviven, como tales, aunque regentados ahora por sus hijos y herederos.

El taller de motos de Hipólito era el centro neurálgico de las viejas Ducati de entonces, monocilíndricas y con un ruido de taqués que sonaban como si el motor fuese una caja llena de almendras golpeando contra las camisas de acero y las válvulas del engendro de dos ruedas.

El Hipólito de las motos era un hombre parco en palabras aunque afable que colocaba la punta de un destornillador entre las aletas de los cilindros y pegaba la oreja en el otro extremo del mango haciendo hueco con la mano para diagnosticar a oído lo que se cocía allí dentro de la máquina a modo de fonendoscopio.

En el taller de las cámaras de fotos se reparaban los intríngulis mecánicos de los disparadores y las lentes atascadas, tal vez el único lugar en Sevilla en el que alguien se atrevía a desmontar las cajas oscuras y los muelles que accionaban aquellos artilugios con un rollo de película en el que quedaban inmortalizados los momentos mágicos o cotidianos de nuestras vidas que hoy desbordan la capacidad de almacenaje de nuestros teléfonos móviles.

La calle Joaquín Costa era por entonces el corazón normalizado de un resbaloso y provinciano mercado del lenocinio que se asemejaba demasiado a un escenario de la posguerra, un lugar por el que pocos se atrevían a cruzar si no era en busca de la añeja carne de alquiler que se expendía en los lupanares del entorno, olorosos a ungüentos y a lejía o a zotal.

“La Alameda” entonces era la casta denominación que recibía “el barrio de las putas” y quien te mandaba allí de palabra era como si te quitara de en medio mandándote “a follar al parque” o “a freír espárragos”.

Un par de cafetines asiduamente poblado de un lumpen de proxenetas, además de las comadronas comepipas sentadas a la puerta de un caserío ruinoso o gritándose de esquina a esquina, y un viejo club de alterne llamado “La Vaquita”, que aumentó su fama en unas sevillanas de inspiración popular cuando ardió tras una reyerta “por el amor de alquiler de una mujer”, completaban toda la oferta comercial de aquel lugar, que era como un islote de secreta pornografía en el fragor de un entorno de pisos ruinosos con inquilinos que aún no recibían el nombre de okupas.

Las sevillanas en cuestión a las que me refiero versionaban una letra de Aurelio Verde para Los de la Trocha que se tituló “La historia más triste”, aunque todo el mundo las conocía por el título de la radionovela que las inspiró, “Simplemente María”, dedicadas al impacto que produjo su emisión en los oyentes de toda España.

Los anónimos y espontáneos letristas de la guasa descompusieron aquella historia en otro relato vinculado al local de alterne de la calle Joaquín Costa, muy próximo al taller de las motos de Hipólito, que decía así: “Al pasar por la Alameda lo primero que se ve/ La Vaquita echando humo por culpa de una mujer/ Simplemente colorín, simplemente colorao/ no te vayas a creer que este cuento se ha acabao”.

El otro taller de Hipólito, el de la reparación de las cámaras de fotos, sigue donde siempre, en el interior del torreón extremo de la fortaleza palaciega, posiblemente un lugar impensable para suponer que allí se aloje un negocio de estas características.

El pequeño taller, situado al pie del torreón, tiene un pequeña puerta a la espalda, casi oculta, que linda con los arriates que embellecen la parte exterior de la muralla y pasa desapercibido de no ser por los cartelones móviles que ocasionalmente coloca el hijo de Hipólito en la puerta, cuando el negocio permanece abierto. Y no siempre.

En su interior, oscuro, como corresponde a la base de una fortaleza medieval, una luz macilenta tiñe las estanterías polvorientas donde duermen las Yashicas, las Hasselblad o las Mamiya desvencijadas, con sus diminutos espejos arruinados y sus tripas de metal abiertas, y al fondo del local, propiedad de Patrimonio del Estado y con una renta mínima que se inició en 1968, asciende la minúscula y secreta escalera que permite encaramarse a lo alto del privilegiado adarve que circunda el barrio de Santa Cruz por esta esquina con la calle Joaquín Romero Murube.

Cabe decir que esta calle de Joaquín Romero Murube es de más o menos reciente creación, pues hasta principios de siglo aproximadamente el espacio de la misma lo ocupaba un hermoso caserón con patio que prolongaba la fachada del Palacio de la Diputación hasta unirse con el lienzo de la muralla, cegando el paso que ahora se abre hasta la mencionada plaza de la Alianza.

Sea como fuere, el taller de cámaras de fotos de Hipólito, ahora de su hijo, aunque especializado en algo tan concreto como la mecánica analógica de las cámaras de siempre, logró mayor auge a partir de que el barrio se convirtió en un polo de atracción turística de tal nivel que las continuas filas de visitantes que recorrían las callejuelas encontraban allí el repertorio necesario de carretes para reponer la materia prima en sus ya obsoletos artefactos, hoy sustituidos por la digitalización y por el uso aplastante de las cámaras incorporadas a nuestros teléfonos celulares.

Por su parte el otro taller, el de las motos, el del hijo del otro Hipólito, comparte ahora su entorno con los ocasionales aficionados a la ópera, a la música o al teatro y con los aún más ocasionales aficionados a la tauromaquia que en días marcados merodean por los alrededores o buscan un rincón adecuado donde improvisar una tertulia sobre canto o sobre toros en torno a un café o una cerveza.

Sólo les enlaza el nombre de los propietarios originales de cada negocio, aunque también les une que en uno y otro lado reciben con frecuencia las llamadas equivocadas interesándose por sus servicios, en el taller de motos queriendo reparar una Nikon y en el taller de fotos preguntando por una Vespa o una Kawasaki.

Dos generaciones, dos talleres tan dispares, unidos por el nombre original de sus propietarios, que en griego significa “caballo desatado” y se refiere al hijo de Teseo y una amazona, que murió arrastrado por los corceles de su propio carro.

Al Hipólito de las motos le ocupaban los caballos de fuerza de sus motos. Al otro Hipólito le llegan los clientes a menudo a bordo de los coches de caballos que merodean por el barrio.

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