La “reina de los autozascas” amplía su colección con una joya. Cosificada y mercantilizada hasta los huesos…

La “reina de los autozascas”, Irene Montero, ha vuelto hacerlo. Es campeona mundial en arruinarse a sí misma con su palabrería de metralleta de frases huecas, inabarcables, subordinadas hasta el agotamiento, pero, sobre todo, que se contradicen con palabras anteriores suyas y con los hechos.

Posó para Fashion&Arts, una revista de modelitos y modelazos ‘sofistiquée’ y poco más tarde emprendió un discurso insustancial e incoherente en el que consideraba intolerable la cosificación y la mercantilización de la mujer y del estereotipo, motivo por el cual, decía, la ley debía contemplar cualquier cosas que le pase a una mujer por serlo como “una violencia machista”, cuando es obvio que lucir la propia estampa en revistas de moda femenina constituiría en tal caso un ejemplo inapelable de lo que denuncia.

Pero ha ido a más y ahora es Vanity Fair la revista elegida por la ministra para pegar el barrigazo con sus contradicciones…

Nueva sesión de fotos, nueva sesión de maquillaje y peluquería, elección cuidadosa de vestuario (prestado o regalado por la revista o por las marcas), intensos preparativos de luces y escenarios… todo un ejercicio de mercantilización de la propia imagen para consumo de masas y de cosificación de su cuerpo para los complejos posados que requiere una producción de este tipo.

Pero la estúpida contradicción de Irene Montero se agrava en este caso, aún peor, porque hasta hace unos días reclamaba desde su departamento ministerial que las series de cine y TV no podían llenar sus producciones de mujeres guapas y conminaba a que las actrices y protagonistas fuesen mujeres carentes de ningún atractivo físico.

Sin embargo, en la entrevista que se acompaña dentro del número de Vanity Fair, una publicación que pone en alquiler todas sus páginas y que se deja colonizar publicitariamente de cabo a rabo todo su contenido, la ministra de Igualdad se descuelga con el mayor autozasca imaginable: “El acceso a la belleza es un derecho”, afirma, sin caer en la cuenta que hace unos días ha clamado contra la aparición pública de mujeres bellas en cine y TV.

Para colmo, en la entrevista realiza una confesión que arruina toda su impostura cuando afirma: “Estoy descubriendo que la moda no es siempre impostura, también es una forma de expresar cómo eres”. ¡Enorme hallazgo!, porque lo que acaba de descubrir la ministra es… ¡un prejuicio del tamaño de un cachalote!, otro más de los muchos que acumula la ceguera de un comunista, incapaz de comprender y tolerar al otro y tan aficionado a tachar con motes peyorativos a quienes expresan la disidencia o la discordancia con la religión en la que comulgan.

Y reincide en ello: “Mi suegra, que es abogada sindicalista, siempre nos explica que tiene la responsabilidad de ir tan bien vestida o más que los abogados de la patronal. Como si ser progresista implicara pasar penurias. Precisamente lo que la izquierda defiende es un reparto más justo. El acceso a la belleza es un derecho”, dice.

Imposible incurrir en más topicazos juntos ni en aclarar mucho mejor que está inundada por el sectarismo tuerto de su sesgada catalogación del entorno social que la rodea. O será mejor decir “que la rodeaba”, porque todo esto parece haberlo descubierto, incluido el gusto por la moda o por el vestir bien (cosa que ella aún no logra ni a golpe de reportaje por encargo), a raíz de su acceso a un pastizal que recibe por sus tareas como ministra, como diputada, como secretaria de su partido, etc. Pisar moqueta, ,al parecer, desasna un poco el sectarismo y alivia en algo la meninge intolerante, aunque le obligue a incurrir en la contradicción permanente que ahora vemos.

A este paso, lo único que cabe esperar de la ministra, después de haber abogado intensamente por el cierre de los prostíbulos (de mujeres, ¡ojo!) y para implementar sus hechos contradictorios, será verla acudir entre elogios a un prostíbulo masculino. Todo lo que le pase será por ser mujer, por serlo; o sea, una violencia machista, pero sarna con gusto no pica. Bienvenida a la realidad, Irene.




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