La judería sevillana y el vínculo con la Capilla Sixtina

Hay un hilo escondido que une al antiguo barrio de la Judería sevillana con la Capilla Sixtina que pintó Miguel Ángel Buonarrotti y está en el nombre cristiano que recibe este lugar así como la iglesia parroquial de esta collación: San Bartolomé.

Para encontrar ese vínculo e identificar al Santo en el fresco inmenso del Vaticano es necesario conocer algo más sobre la vida del Apóstol, uno de los doce discípulos de Jesús, así como la relación que guarda el Santo con muchos de los barrios judíos de casi toda Europa.

Bartolomé aparece citado en tres de los evangelistas con ese nombre de origen griego y que pudiera significar “hijo de Ptolomeo”, menos en el relato de Juan, donde figura con el nombre de Natanael.

Según el relato evangélico, Bartolomé estuvo presente tanto en la ascensión a los Cielos de Jesús tras la Resurrección (primer dato de interés para encontrar su figura en la escena del gran Juicio Final de la Sixtina) como en su aparición a los apóstoles en el Lago Tiberíades. En esta segunda ocasión, Bartolomé le pidió a Jesús que le mostrase al demonio Belial y, tras mostrárselo, le dijo: “Písale la cerviz y pregúntale cuanto quieras”.

Pero esto no nos da ninguna pista para identificarlo en el grandioso fresco de la Sixtina.

 

 

La advocación de San Bartolomé está vinculada en muchas ocasiones a los barrios judíos de buena parte de Europa y para esto sí hay una razón, aunque por lo general desconocida, ya que se trata del patrón de la gente que curte el cuero (y, por extensión, también de las modistas) y es bien conocido que la curtiduría de pieles era una tarea muy frecuentemente asociada a los judíos. No en vano, en nuestro caso, en el actual barrio sevillano de San Bartolomé existen dos plazuelas llamadas de Curtidores y de Zurradores, dos labores de las que se encargaban los judíos del barrio. No está mal como pista para encontrar una explicación. Pero veamos más.

La antigua judería de Sevilla se encontraba dentro de la muralla de la ciudad, pero, a su vez, delimitada por otra muralla interior que se extendía aproximadamente desde el callejón del Agua anexo a la muralla del Alcázar hacia la plaza de Santa Marta y Mateos Gago para unirse con la calle Conde Ybarra a la altura de la iglesia de la Candelaria (San Nicolás) y desde ahí, cercando la plaza de las Mercedarias, volvería a unirse a la muralla exterior ya muy cerca de la Puerta de Carmona.

La Judería sevillana sólo tenía dos puertas, las cuales se cerraban al llegar la noche. Una la de extramuros, que era la Puerta de la Carne; la otra, por la que se accedía desde la ciudad, situada en torno a la parte de alta de Mateos Gago en dirección a la Iglesia de San Nicolás.

En el interior de dicho barrio llegó a haber tres sinagogas. Una de ellas estaba ubicada en lo que hoy es la Plaza de Santa Cruz, donde luego hubo una iglesia de ese mismo nombre, hoy desaparecida. Curiosamente, la ubicación de esta iglesia se correspondería siglos después inadvertidamente con el lugar en el que Arturo Pérez-Reverte situó la acción imaginaria en torno a una misteriosa iglesia de ficción que nominó como de Nuestra Señora de las Lágrimas en su novela “La piel del tambor” y que aún hoy muchos turistas buscan infructuosamente.

La segunda sinagoga de la Judería sevillana, también desaparecida, estuvo donde hoy se ubica la iglesia de Santa María la Blanca. Y la tercera, que fue la última en ser demolida, ya en el siglo XVIII, ocupaba el espacio de la actual iglesia de San Bartolomé.

 

 

No obstante, antes de construir la actual parroquia, hubo otra iglesia del mismo nombre al borde mismo de la Judería, tal vez donde actualmente está el convento de las Salesas de la Plaza de las Mercedarias, que sin duda se llamó San Bartolomé porque, como ya se ha dicho, los curtidores y zurradores desarrollaban su tarea justo al lado y era la advocación que prestaba protección y atendía a las plegarias de los trabajadores fabriles no judíos, o por si algún judío decidía ensayar su conversión.

Pero seguimos sin demasiadas pistas para descubrir a San Bartolomé en el fresco inmenso de la Sixtina, aunque, si nos fijamos bien, en primer plano y de cuerpo entero, justo al pie de Dios Padre, sobre una nube, encontramos una misteriosa figura barbuda y semidesnuda que porta en una mano un cuchillo y en la otra mano…

 

 

Tras la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo en 1248, las órdenes fueron respetar la práctica religiosa tanto de musulmanes como de judíos, así que en este sentido no hubo problemas mayores de convivencia entre las tres comunidades del Libro, hasta que en 1391, un arcediano de Écija, Fernando Martínez, que llegó a Sevilla, incendió a sus feligreses con prédicas exaltadas e hirientes en contra de los judíos.

En marzo de aquel año, un grupo de seguidores de sus discursos asaltó la ciudadela de la judería sevillana, saquearon tiendas y maltrataron a sus moradores. Los alguaciles detuvieron de inmediato a varios alborotadores, que fueron condenados a la pena leve de algunos azotes.

Habida cuenta el pequeño castigo recibido, el 6 de junio de ese mismo año, enardecidos otra vez por el arcediano astigitano, la plebe asaltó de nuevo el barrio y esta vez no sólo saquearon, sino que asesinaron a miles de sus moradores. Se cree que unas cuatro mil personas perecieron aquel día, producto de la salvaje intolerancia de la plebe que desobedeció las órdenes reales. Los pocos judíos que lograron huir, terminaron regresando a sus hogares poco a poco, lo que explica que en el momento de decretarse la expulsión de todos los judíos de España, en 1492, en Sevilla casi no tuvo efecto debido a que se trataba ya de una muy reducida comunidad.

Pero, por fin, para encontrar la pista definitiva que nos oriente en nuestra búsqueda en la Capilla del Vaticano hay que conocer algo de la vida y el martirio del Apóstol. Dice la tradición que Bartolomé predicó y quiso extender la Fe en Cristo por alejados territorios, en la India (otros señalan Arabia) y, sobre todo, en Armenia y Azerbaiyán.

En ambos lugares, este Santo tiene una larga tradición dentro de la Iglesia apostólica, pues se cuenta que, tras resucitar a un hijo del rey Polimio del que expulsó a un demonio, dicho rey se convirtió al Cristianismo. Pero un hermano de Polimio, también rey, de nombre Astiages, ante la escasez de seguidores de los dioses paganos en su reino, ordenó a Bartlomé que adorara a los dioses paganos. Como se negó, fue flagelado y, finalmente…, ¡desollado vivo! Y esta es la pista definitiva que nos permite localizar fácilmente en el inmenso fresco de Miguel Ángel a Natanael.

Parece, por tanto, que la representación de San Bartolomé solía hacerse con una piel humana entre sus brazos, a modo de un lienzo que portase en las manos, que no era otra cosa que su propia piel tras el martirio padecido, de ahí que su advocación sirva como patrón de los curtidores y las modistas. Algunos especialistas creen ver en el rostro que aparece dibujado sobre la piel que porta el Santo en la Sixtina un retrato deformado del propio Buonarrotti.

Asimismo, es frecuente que un demonio figure a los pies del Santo, como ocurre en el caso de la imagen que se venera en la iglesia sevillana, ya sea por el pasaje evangélico en el que se le atribuye la conversación con Jesús en el Lago Tiberíades sobre Belial o por el milagro que obró al expulsar a un demonio.

Con el tiempo, la representación más frecuente se redujo a un gran cuchillo en su mano derecha que recuerda aquellos hechos y así es que como aparece en el altar de la iglesia parroquial hispalense, en la que fue bautizado otro gran pintor, esta vez sevillano, de nombre, no por casualidad…, Bartolomé Esteban Murillo.




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