La guerra de las Cajas en tiempos del Vietcong derrotó al Hospital de las Cinco Llagas. Un boyero de Huévar metido a cirujano cardiovascular. 50 Aniversario de la primera cirugía coronaria de España, que se realizó en Sevilla

Sevilla tuvo que ser… y en un hospital con casi 450 años de historia, llamado de la Sangre o de las Cinco Llagas, hoy sede del Parlamento de Andalucía, edificio patrocinado por la dama Catalina de Ribera en 1559, otro Rivera, el doctor jiennense Ramiro Rivera López realizó la hazaña de la primera intervención quirúrgica de coronarias en España, el 5 de octubre de 1970, efeméride que cumple el próximo lunes 50 años.

Las circunstancias que rodearon aquel gran avance de la técnica médica resultan de enorme interés para la intrahistoria de Sevilla, pues mientras todo eso sucedía en los quirófanos y salas del hospital en aquellos años, se desató una lucha de colosos que atravesó de medio a medio al histórico Hospital de las Cinco Llagas, edificio que patrocinó la mujer que hoy da nombre a los Jardines de Murillo a la vez que financió también la construcción de la Casa de Pilatos y una amplia reforma del Palacio de Dueñas, dos de las casas nobiliarias más importantes de la ciudad.

 

Abajo a la izquierda puede verse la pista de atletismo del Polideportivo Macarena sobre cuyo solar se levantó el Hospital Universitario que sustituyó al Hospital de las Cinco Llagas.

 

Tres años antes, en 1967, el doctor sudafricano Christian Barnard ocupaba las portadas de revistas y periódicos de medio mundo por haber logrado el primer trasplante de corazón, aunque el paciente sobrevivió escasamente 18 días y falleció de una neumonía. Y un año antes, el 20 de julio de 1969, en plena guerra de Vietnam, EE.UU. colocaba al primer ser humano sobre la superficie lunar con la misión del Apollo XI.

En Sevilla, en los incipientes años 70 de nuestra era, la batalla no era con napalm ni el enemigo eran los vietcong, pero se daba la circunstancia de que Mariano Borrero Hortal, yerno del todopoderoso presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, ocupaba la presidencia de la Diputación sevillana, la cual disponía de unos servicios de atención médica dentro del viejo Hospital, y ocupaba a su vez la presidencia de la Caja de Ahorros San Fernando y del Instituto Nacional de Previsión (hoy Seguridad Social).

Por su parte, el rector de la Universidad, de quien dependía la mayor parte de aquel hospital y de donde obtenía buena parte del presupuesto universitario, era en aquellos días Manuel Clavero Arévalo, catedrático de Derecho Administrativo, además de presidente del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla.

Sucedió entonces que se desató la idea de un proceso de fusión entre ambas entidades financieras y se entabló una batalla por dilucidar quién presidiría la entidad resultante. El profesor Clavero, que defendía la titularidad universitaria de aquellos servicios hospitalarios, por los que los distintos departamentos de la Facultad de Medicina recibían unos ingresos por cada paciente que atendían procedente del INP que dirigía Borrero, terminó por impedir la fusión de las dos entidades para proteger la autonomía presupuestaria de la Universidad.

Entre 500 y 750 pesetas al día pagaba la Seguridad Social por enfermo hospitalizado y los departamentos médicos, todos ellos adscritos en aquel momento a la Universidad por ser el único hospital que ostentaba esa condición, recibían entre 200 y 250 pesetas por cada uno de ellos .

Pero Borrero Hortal, al parecer, trasladó su lucha por el control de las Cajas a este terreno de la Ciencia y de la atención médica y acumuló aquello como una afrenta. Acaloradamente, decidió vengar lo ocurrido, por lo que, aprovechando que un techo de escayola se había desprendido en una de las salas de las Cinco Llagas, declaró el estado ruinoso del edificio, sin ser cierto, lo que obligaba al traslado definitivo de sus instalaciones, cegando así la capacidad de obtener ingresos añadidos al presupuesto de la Universidad por parte del rector.

 

Vista del Hospital de la Sangre en los años 60 cuando aún funcionaba como tal. En la trasera había una amplia zona de aparcamientos también para uso del Polideportivo.

 

Los catedráticos de cada departamento vieron de repente disminuir sus presupuestos, aunque alguno, por ejemplo un malhadado catedrático de Quirúrgicas, apellidado Zarapico, de aspecto tosco, intenciones inicuas y oblicuos fines, prefería invertir aquel dinero extra en comprarse fincas de olivos en su pueblo de La Campana, antes que invertirlo en modernizar sus Servicios, como sí hicieron el de Ginecología y Obstetricia, Prof. José María Bedoya, el de Pediatría, Prof. Suárez Perdiguero y tantos más.

Según recuerda ahora el Dr. Ignacio Font, quien a su faceta como cirujano cardiovascular y albacea y heredero del legado de su celebérrimo padre añade la condición sorprendente de ayudante de carretas de la Hermandad del Rocío de Huévar desde 1981, el Hospital de las Cinco Llagas no estaba ni mucho menos en ruinas en aquel tiempo y prestaba atención tanto a pacientes de la Diputación como a personas que provenían de la Seguridad Social.

Había salas, recuerda Font, con las camas instaladas sobre las lápidas de mármol de los enterrados en el interior del edificio por causa de una antigua epidemia de cólera, lo cual era muy llamativo y sorprendió incluso a los especialistas canadienses que ayudaron al desarrollo del servicio de Cirugía cardiovascular.

Con la reforma del edificio, muchos años después, para adaptarlo a sede del Parlamento andaluz, dichas lápidas desaparecieron del lugar, como así lo recoge en un capítulo dedicado a este venerable Hospital el profesor americanista Francisco Morales Padrón en su libro “Sevilla insólita”, publicado en la colección temas hispalenses de la Universidad. Desconocemos el paradero actual de todo aquel material extraído, que en nada habría tranquilizado a los actuales ocupantes de la vieja sede sanitaria hoy modernizada.

No fue hasta 1972 que el Hospital de la Sangre cerró sus puertas. En ese tiempo la Residencia Sanitaria García Morato (hoy Hospital Universitario Virgen del Rocío) seguía ampliándose con los hospitales anexos de Traumatología, el Maternal, etc. así que los servicios del Hospital de la Sangre y los antiguos departamentos de carácter universitario se desparramaron por otras instalaciones, entre ellas el San Lázaro, donde se proyectó una Unidad de Cardiovascular que no llegó a abrirse nunca, hasta la apertura definitiva del Hospital Virgen Macarena y el Policlínico, que logró mantener su carácter docente como entidad universitaria.

Por esos años de cambios se doctoraba también en la misma Facultad de Sevilla el que andando el tiempo y tras un largo período de formación en Stanford (Palo Alto, California) y varios países más, llegaría a Jefe del Servicio de Cirugía Cardiovascular en el Virgen Macarena, el profesor Carlos Infantes Alcón.

Hasta el cierre de las Cinco Llagas, en la UCI de aquel hospital se realizaban guardias de seis horas como máximo porque el jefe del servicio de Cardiovascular estimaba que no podía mantenerse la atención necesaria más allá de ese plazo, de modo que los estudiantes, que desde quinto curso prestaban asistencia en prácticas y se turnaban en dicha Unidad, solían dormir unas horas al día en unos camastros entre los anaqueles y estanterías ubicados en el Torreón Real del “Hospital de las Cinco Mil Llagas” (como lo denomina con sorna el Dr. Font), frente al Arco de la Macarena.

 

Hospital Universitario Virgen Macarena, en construcción. Fue inaugurado el 5 de Diciembre de 1974.

 

Recuerda que a menudo caían piedrecillas y arena de la ajada techumbre de aquella torre donde procedían al reparador y exigido descanso, pero también recuerda que, una vez reincorporado a la Unidad, no podían abandonar en ningún momento el lugar, siendo multados gravemente por el jefe del Servicio cuando alguna vez eso ocurrió por descuido u olvido.

Es un lujo conversar con el doctor Ignacio Font Cabrera sobre Sevilla en su, como mínimo, triple condición de cirujano cardiovascular de los tiempos pioneros, hijo del gran compositor musical José Font de Anta y ayudante de carretas en la Hermandad rociera de Huévar, pero también por su excelente memoria y por su manera personal de narrar los recuerdos que acumula, buena parte de ellos llenos de anécdotas emocionantes o divertidas relacionadas con sus peregrinaciones al Rocío como contraguía de un Simpecado esplendoroso, uno de los mejores de la Romería del Rocío, y en cuyo frontal figura una jaculatoria proverbial que terminó de unirle para siempre a dicha Hermandad: “Salud de los enfermos”, reza allí.

Desde que operó y trató a una paciente de la Hermandad de Huévar a principio de los 80, el Dr. Font no ha querido separarse nunca de su función como boyero y nunca falta a la peregrinación con el pueblo de Huévar…

Su pasión por la tarea junto al Simpecado es tan intensa como por la cirugía cardiovascular, pero cuando acompaña a la Señora acostumbra a decir que él es un boyero que se ve obligado a trabajar como cirujano. Todos los que le conocen hablan maravillas y cada primavera se convierte en el más afanoso y atento vigía de sus animales de tiro, a los que susurra y trata con parecido mimo al que otorga a sus pacientes.

Se asombra mucho de todo lo que lleva aprendido de “los bichos”, y también de las personas, en cada peregrinación, sin perder de vista nunca a los animales y en permanente contacto con el espíritu religioso que les envuelve como peregrinos.

Empezó como ayudante de carretas con el boyero de Camas, un padre de familia con 16 hijos, que aportaba además los animales de su vaquería. Hasta que cierto desdichado día le salió ardiendo y lo perdió todo.

Cuenta el cirujano y carretero Font que el matador de toros Paco Camino, enterado de la desgracia, mandó a su paisano que se llegase a su finca y cogiese los dos bichos que creyese más oportunos. Así lo hizo y se trajo dos vacas espléndidas, porque decía siempre que las vacas se entregan más y son mejores que los bueyes: “Tienen mejor corazón”, le explicaba el carretero al cirujano de eso mismo.

A Font le gusta recordar cómo las vacas protegían desde la propia yunta a un ternero recién parido, todo el rato pendientes de él y dispuestas a darlo todo por protegerlo. Y me cuenta que cada año, sin faltar nunca, a la vuelta de la peregrinación acostumbran a enterrar una botella de mosto de la cosecha del año anterior en la Raya Real y se la beben al año siguiente cuando pasan por aquel lugar.

Al boyero y jefe de carretas que tomó el relevo le cayó encima la desgracia de que una de sus vacas se escapó una noche, fuera de la Romería, de un cercado y provocó un gravísimo accidente de tráfico que le acarreó el pago de una indemnización tremenda cuyo pago se prolonga por muchos años, lo que ahora obliga a traer a los animales de otro lugar.

Sólo dos años han faltado en la Raya: la primera un año de riadas y la segunda este 2020 por culpa de la pandemia, así que el vino de la cosecha de 2018 sigue allí enterrado y no será fácil tampoco que se lo puedan beber el año próximo, 2021, pero le importa más, mucho más, el, orgullo de acompasar sus pasos al quehacer de los bueyes junto a un Simpecado que bordaron las mujeres de Huévar con un esmero excepcional y que en todo su conjunto es una de las más brillantes obras orfebres de la Romería.

En todo caso, Ignacio Font sabe que cuando toque volver, él seguirá mirando de reojo a los bueyes, desde atrás, sin que lo vean a él ni al jefe de carretas, para que no se espanten y siempre repasando la jaculatoria del Simpecado (“Salud de los enfermos”), para que le sirva de guía, como la “Estrella de la mañana” (la otra jaculatoria en el frontal del Simpecado), en una vida entregada a los afligidos de cuerpo o alma.




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