Fallece Don Otto Moeckel, el industrial de nombre capicúa que cuidó de El Baratillo

 

Con 92 años recién cumplidos el pasado 4 de febrero, anoche, mientras Andalucía cerraba su Día festivo, nos daba su adiós eterno D. Otto Moeckel Von Friess, tan alemán como cofrade, tan andaluz como prudente y responsable, un hombre machadianamente bueno al que le gustaba “levantarse pensando en alemán y acostarse pensando como sevillano”, según me confesó cierto día de recuerdos apacibles y soñadores.

Su familia llegó a una Sevilla donde apenas si se conocía el vino tinto al comenzar el siglo, para electrificar los tranvías con la moderna tecnología de entonces, antes de la Exposición Iberoamericana que elongó la ciudad y transformó en avenidas de atardeceres lujuriosos las explanadas baldías. Pero el niño de nombre capicúa, con la sangre cruzada de Baviera y de Sajonia, se quedó electrocutado para siempre por el amor hacia María del Carmen Gil Otero, con la que disfrutó hasta el mes de agosto de 2019 (fecha de fallecimiento de su esposa) de los 8 hijos, 19 nietos y 5 bisnietos que alumbraron.

Una tarde venerable de parsimonias y recuerdos me relató, con su luminosa mirada azul celeste, que con Belmonte, Arruza y Gitanillo aprendió que no es lo mismo un ¡ooole! que un ¡uy!, aunque su padre, quizá por un estricto sentido germánico de la disciplina y de aprovechamiento del tiempo, sólo se quedaba a ver cuatro toros antes de abandonar la plaza.

Don Otto, el niño que presumía de nombre capicúa y que iluminaba sus tardes con cirios encendidos y admiración a las estrellas que brillaban en la plaza del Arenal, se libró de ser enrolado por su país de origen en las Panzer Divisionen apenas por unos meses, cerca de cumplir los 16 años, y la ruleta de la vida le regaló un universo nuevo de costales e ilusiones que derrochó con la disciplina teutona de sus orígenes y se desgastó en el esfuerzo de poner concierto a la hermosa anarquía de los sentidos en un mundo nuevo que despertaba después de una guerra entre hermanos a la vez que iniciaba otra más al norte, en la Europa de sus ancestros.

El año en que el ABC republicano de Madrid presagiaba en marzo que la Semana Santa de Sevilla sería un fracaso y que no asistiría casi nadie, D. Otto, el cofrade, con 10 años recién cumplidos, se puso por primera vez su túnica y su capirote de la Hermandad del Baratillo: la guerra había terminado el 1 de abril y dos días más tarde amaneció el Domingo de Ramos, el primero de una paz ansiada pero herida.

Andando el tiempo, Don Otto, que a todos sus hijos (menos a Joaquín) y a sus nietos, los inscribió en el registro civil con ese nombre propio anexado, convertido ya en un reconocido industrial de la ingeniería técnica, llegó a Hermano Mayor de la Hermandad del Baratillo por su dedicación y entrega permanente, cargo que ocuparía años más tarde su quinto hijo, el conocido abogado y activista social Joaquín (no Otto) Moeckel.

Con más de 70 años a sus espaldas se convirtió en el capirote en activo con más trienios de Sevilla y desfilaba un mismo año con Jesús Despojado, con el Baratillo, con La Carretería y con el Santo Entierro, pero todos los que trabajaron a su lado subrayaron siempre sus elegantes modos, su entrega absoluta y su prudente juicio en cada asunto que afectaba a su tan querida Hermandad, motivo por el cual le fue concedida la Medalla de Oro de la misma y obtuvo el reconocimiento de la Real Maestranza de Caballeria con la Medalla de Plata, así como la Pro Ecclessia et Pontífice concedida por Benedicto XVI a petición del cardenal Carlos Amigo Vallejo.

Anoche, al terminar el Día de Andalucía, perdíamos a “uno de los nuestros”, que se levantaba pensando como alemán pero se acostaba y se dormía pensando como sevillano. Y así habrá llegado al Cielo de los hombres buenos.

D.E.P.




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