Emprende la navegación la taberna “Quitapesares”

“La Goleta” y el otro local de Mateos Gago continúan varados por las obras de la calle y ‘amarrados’ a un ERTE

Reabre la taberna “Quitapesares”, la del siempre añorado Pepe Peregil, la de la plaza Jerónimo de Córdoba, ahora en manos de su hijo Álvaro, siempre atento, siempre optimista, siempre amigable dentro y fuera del mostrador, con ese puntal de gracia marca de la Casa que heredó de la estirpe manzanillera de su padre.

No suenan los fandangos improvisados de José María Pérez Blanco ni se inundan de saetas las paredes del local, pero Alvarito ha querido estar de los primeros con la cruz de guía de los viejos taberneros de Sevilla en el reloj de La Campana de esta “nueva normalidad”, que tiene aires de Santo Entierro o de canina más que de alegría de San Gonzalo o Santa Genoveva por el barrio.

Y ya está Álvaro debajo de la trabajadera, con un pie adelante, dispuesto a dar la chicotá que luzca como siempre en esta estación de penitencia en que se nos ha convertido la pandemia china, mientras permanecen a refugio sus otros dos locales de fama, la taberna “La Goleta” y su local de tapas anejo, en la calle Mateos Gago.

Allí, en la rampa frente a la giganta, todo es Bosnia-Herzegovina, la calle abierta en canal por obras del Ayuntamiento para acondicionar el alcantarillado y ni un sólo local abierto, sin que pueda saberse si alguien pretendió hacerlo y las obras lo impidieron o si el motivo es una ciudad sin visitantes, asolada, vacía y triste como nunca, que parece en estado de moribundia o que duerma una siesta de los años 50.

El fragor de las máquinas, en todo caso, ha sustituido al bullicio de paseantes y turistas en la calle Mateos Gago, lo que obliga también a “La Goleta” a permanecer varado y a fijar atraque en ese puerto ignoto de los ERTE hasta que llegue el momento adecuado de zarpar.

Tuerce el gesto Alvarito, como el marinero que barrunta nubes y aguaceros, cuando le preguntas sobre la fecha prevista para reiniciar la singladura desde ese lado del océano de Sevilla.

Y mientras hace cábalas y rumia la tempestad que viene de China, carga en la vespa fosforito que le permite surfear las olas de un lado para otro, dos cajas de vino, una bolsa inmensa de chismes y latas de refresco y un cajón de botellines de cerveza en el asiento, que sujeta con los riñones contra el transportín de la motocicleta.

A la espera del buen tiempo, “La Goleta” funge ahora como el almacén de mercaderes de las Indias que provee de materias primas al “Quitapesares”, el local en manos de su madre que no le rinde el alquiler para ayudarle a superar esta navegación de cabotaje, sin alejarse demasiado de la costa de turistas, que no llegan ya de lugares lejanos como Australia y Nueva Zelanda, desde donde Álvaro recibía felicitaciones y agradecimientos, como mensajes en una botella, por los buenos ratos dispensados en el minúsculo local a la puerta de cuyo mingitorio se recuerda que está prohibido correr por los pasillos.

Feliz singladura a los valientes, Álvaro, que los vientos sean propicios y nadie tenga que quemar las naves.


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