El vendedor de incienso

Si algo define ya al Ayuntamiento de Sevilla del muy turístico, muy viajado, muy congresista y muy grandilocuente Juan Espadas, es la incongruencia. Pero tampoco hay que sorprenderse de esto en el ADN socialista.

El Ayuntamiento del diplomático Juan Espadas, que por querer estar a todas hasta puede parecerte de derechas siendo de izquierdas, que por querer apuntarse a todas las simpatías es capaz de saludar en un cóctel hasta a las columnas del patio, este Ayuntamiento le ha echado un cubo de agua de ordenanzas absurdas al incienso de la calle Córdoba.

Normal, por más que extrañe e indigne a miles de sevillanos. Normal. Porque este es el alcalde al que le encanta pisar Fibes, pero no las calzadas de la ciudad que da pena ver cómo están por todas partes, salvo en cuatro remiendos publicitarios como el de la semana pasada por Almirante Apodaca o la Plaza del Cristo de Burgos. Este es el alcalde que se inauguró en sus responsabilidades políticas subiéndose el sueldo, en la única ocasión que unió en su contra los pareceres de Vox y de Podemos (el PP de Beltrán Pérez le dio sus bendiciones, que por lo visto a partir de ganar más se oposita mejor; y que recuerda al humorista que harto de actuar en festivales benéficos dijo aquello de que “cuando voy sin cobrar estoy muy bien, pero cuando cobro… estoy de gracioso!!!”). Y este es el alcalde que fue un día capaz de todas sus energías por acabar con los veladores de La Campana, y el mismo alcalde que ahora fulmina, en virtud de una norma inhumana, un humilde puesto de incienso junto a la puerta del patio de los naranjos del Salvador, que servía para que tirara palante una familia. El mismo, el mismísimo alcalde que se relaja con los manteros de la calle Tetuán, esquina a Rioja, o los de la Avenida, de los que parece que la gente que no puede andar por allí se sabe las horas fijas e invariables de sus apariciones mejor que la policía municipal. El mismo alcalde de la fantasía de las peatonalizaciones, que permite espectáculos sin tributar por ocupación de la vía pública, donde hay ya auténticos cuadros flamencos que no pagan impuestos como los tablaos, y se les permite a diario ocasionar la concentración de numeroso público en círculo obligando a dar rodeos a los transeúntes.

Está sobradamente demostrado, con estos y montones de ejemplos más, que las calles de Sevilla están abandonadas al libre albedrío de los más insensatos, no organizadas ni vigiladas para hacer eficaz el respeto que exige la convivencia de miles de personas. Y que el lamentable caso de un hombre que se ganaba la vida pegado a un muro de la calle Córdoba, sin molestar a nadie ni obstaculizar el paso de los peatones, hace recordar a los socialistas en los primeros tiempos de la recién llegada democracia: se les llenaba la boca hablando del “pueblo”, lo que iban a hacer por el “pueblo”. Al cabo de  los años de tantos atropellos sufridos por los más débiles, por los más obreros de la O de las siglas del PSOE, no cabe otro remedio que preguntarse: ¿Quién era el “pueblo”? Está claro que los falsos dioses socialistas no estaban pensando entonces en gente llana y sencilla como el vendedor de incienso.

 

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