El turismo de Sevilla en estado de coma

Por más que ahora el Ayuntamiento y la Junta quieran reanimarlo, el turismo de Sevilla vive en un profundo estado de coma. Los titulares triunfalistas del alcalde Juan Espadas no consiguen levantar el vuelo ya se ponga como se ponga dando cifras felices de aviones que aterrizan en San Pablo. ¿Con cuántos extranjeros? Porque la zona monumental languidece sin ellos, con sus calles desiertas, los bares cerrados, y los pocos que están abiertos ofrecen a la vista el triste aspecto de sus veladores mayormente vacíos y apenas con clientes. Va a ser muy difícil devolverle el pulso y que vuelva a abrir los ojos un sector importantísimo que se debate entre la vida y la muerte.

El alcalde de Sevilla sigue tan inamovible como incomprensible, aferrado a una idea fantástica de la ciudad que los sevillanos no advierten en la realidad.

Esto no es de ahora. No es consecuencia de la pandemia. Viene de lejos lo de Juan Espadas y su falta de percepción ajustada de las cosas. Le gusta el gran angular. Le es innato verlo todo estirado y deformado con tal de que le cuadre todo en el marco de sus meras ilusiones. La grandilocuencia es su inercia, mientras es capaz de mostrar a los Reyes de España  que el barrio más pobre del país lo tiene Sevilla en las Tres Mil Viviendas. Y lo tiene después de que preside el Gobierno de la capital durante unos pocos de años. Pero regresa de allí, resuelve el compromiso con unas cuantas de palabras bien violadas, y vuelve a sus figuraciones irrenunciables sobre una Sevilla que no existe.

Sin embargo, ahí tiene a las calles medio vacías, levantadas en obras justo cuando más oportunos y necesarios hubieran sido los aplazamientos de estas para atraer al turismo ofertando belleza, no ladrillos y montones de tierra en el entorno nada menos que de la Catedral, camino del Barrio de Santa Cruz.

No hay apenas un alma transitando el casco histórico, el perímetro más emblemático de Sevilla. Todo se siente solo: el Alcázar, la Plaza del Triunfo, el Patio de Banderas, los callejones y plazuelas de la vieja Judería, la misma Avenida, con sus cafeterías muertas de pena… Es lo que ha dejado el socialcomunismo (o el comunismo ya, para ir en corto y por derecho). Es lo que queda de un larguísimo estado de alarma que ha metido los pies en el de excepción,  según tantos juristas de relevancia. Todo este desastre económico por toda España y del que, por supuesto, no se libra Sevilla,  ahora lo cuenta el PSOE como resultado de los estragos del coronavirus. Falso. Estas son las consecuencias de una dictatorial adicción al confinamiento abusivo de Pedro Sánchez, un político lamentable sin sentido de la medida ni de la contabilidad. Lo único cuantificable para Pedro Sánchez es el tamaño de su egocentrismo y su ambición, que pone a todos en peligro.

Juan Espadas no pasa ya de ser un reflejo del partido al que pertenece. Y ha alargado hasta Sevilla las mismas quimeras de Sánchez para toda España. También las mismas ruinas. O peores.

 

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